
Estrenos: crítica de «Primate», de Johannes Roberts
¿Qué pasa cuando un chimpancé con rabia se queda encerrado en una casa con un grupo de adolescentes? Esta película de suspenso y terror trata de descifrar eso. Estreno en cines #ARG: 8 de enero.
En el vacío de estrenos grandes que se da cada año en enero en los Estados Unidos suelen aparecer muchos thrillers, películas de terror y de suspenso de bajo presupuesto, con elencos no del todo conocidos y una apuesta muy directa al género puro y duro. De todas ellas, Primate es la que más directo va al grano. No hay mucha vuelta, lore o trama compleja que elaborar, adivinar o resolver. En ese sentido, el director Johannes Roberts se apoya en la tradición del cine clase B para proponer un thriller sencillo cuya trama completa puede resumirse en una sola frase: ¿qué pasa cuando un chimpancé con rabia se queda encerrado en una casa con un grupo de adolescentes? Alguno podrá decir que Primate es más que eso, pero en lo esencial no lo es. Se trata de sobrevivir a un mono furioso durante poco más de 80 minutos de película. Y listo.
Su simpleza la vuelve medianamente efectiva. Puede no ser original ni buscarle la vuelta a las viejas películas de animales salvajes, pero lo que propone tiene su añejo encanto. Por un lado, porque no pretende ser políticamente correcta –ni con los animales ni con los que lo cuidan ni con algunos detalles personales de los protagonistas– y, por otro, porque no desvía su atención de «la tarea». Hay un mono violento suelto y hay gente que preferiría no ser su víctima. Y punto. Lo demás, es pura cháchara.

La trama es igualmente básica, de manual. Lucy (Johnny Sequoyah) y sus dos amigas de la escuela (encarnadas por Victoria Wyant y Jessica Alexander) regresan de sus vacaciones a su casa en Hawaii. Allí vive su padre sordomudo (Troy Kotsur), su hermana menor, Erin (Gia Hunter) y, sobre todo, Ben, un chimpancé al que han educado y entrenado muy bien–más que nada su madre, que falleció hace poco– y que prácticamente convive con los tres. En el medio hay unos chicos con ganas de enfiestarse a los que conocieron en el avión. Y, como quedó claro de entrada en un flash-forward inicial que abre la película: Ben no las tiene todas consigo. Está, digamos, un poco nervioso.
Ese nerviosismo se convertirá en violencia a lo largo de una noche en la que todos se quedan solos en el elegante caserón hawaiano familiar, uno que incluye piscinas, una vista hermosa y, sí, un chimpancé amaestrado. Los adolescentes quieren divertirse, confían que el mono hará lo suyo y, como papá está de viaje presentando un libro sobre sus logros con el monito en cuestión. Pero el mono tiene otros planes. Y de ahí en adelante será cuestión de ver cómo zafar ahí. Un plan de coincidencias caprichosas –el formato de la pileta, la específica situación de los celulares– y hasta la propia discapacidad del padre impedirán que el asunto se pueda liquidar más rápidamente aún. Primate ofrecerá algunos nudos a su desarrollo pero son menores.
No hay mucho más para cortar. Roberts no tiene personajes relevantes, una historia sorprendente ni, al menos por ahora, planes de expandir esto a una franquicia. Por eso, el virus que le causa la rabia al mono no tiene –en principio– ningún costado mítico o raro. Lo que sí tiene Roberts en la cabeza es tratar de armar escenas de suspenso y terror de alto impacto que involucren, por lo general, al mono haciendo lo suyo con el rostro de otra persona, como si fuera algún tipo de plastilina. Y por fuera de los muchos veces malogrados intentos de sobrevivir del mono, Primate no tiene mucho para decir sobre nada. Es una simple y efectiva máquina de ficción. No será demasiado, pero es mejor que mucho de lo que circula en el género.



