
Estrenos online: crítica de «El falsario» («Il falsario»), de Stefano Lodovichi (Netflix)
Un pintor se convierte en falsificador de cuadros y se mete en la conflictiva vida política y criminal de la Italia de los años ’70 y ’80. Estreno de Netflix.
Antonio «Tony» Chichiarelli fue uno de esos personajes reales que parecen de ficción. Los que no conocemos su historia veremos Il falsario pensando que es una fascinante y enigmática criatura inventada para la ocasión, un personaje que aparece ligado a varias de las situaciones criminales importantes de la Italia de los años ’70 y ’80. Pero no. Más allá de las libertades que la película de Stefano Lodovichi se toma respecto al personaje real, «Tony» (o «Toni», como se lo llama en el film) existió y estuvo conectado con todo lo que aquí se muestra, desde el crimen político más importante al robo más grande la historia de ese país.
La leyenda de Chichiarelli se cuenta a través de la relación entre tres amigos de Abruzzo que llegaron a Roma a fines de los años ’60 con sueños de establecerse y triunfar allí. Toni (Pietro Castellitto) era un pintor que empezó retratando turistas en la Piazza Navona hasta que, gracias a su carisma e intensidad, logra meterse en el mundo de la noche y del delito de la capital italiana. Allí conoce a Donata (Giulia Michelini), una mujer de la que se enamora y que le recomienda un negocio mucho más lucrativo: vender por mucho dinero falsificaciones de famosos cuadros a la alta sociedad romana. Y a partir de eso el hombre empezará a hacer dinero pero también a conectarse con una banda criminal relacionada políticamente que empieza a usar sus talentos como falsificador para otros asuntos delictivos mucho más peligrosos que ese.
A la par de la incursión de Toni en el mundo del hampa romano, sus amigos Vittorio (Andrea Arcangeli) y Fabione (Pierluigi Gigante) se convierten, respectivamente, en un reconocido cura y en un miembro de la organización subversiva Brigadas Rojas. El primero irá entrando en crisis con su vocación –por motivos que se revelarán más adelante– y el segundo conectará a Toni al episodio más llamativo de su vida romana: el secuestro de Aldo Moro, ex primer ministro italiano y presidente de la Democracia Cristiana. En el marco de ese tenso escándalo político que tuvo al país en vilo durante meses, los servicios de Toni serían utilizados por ambas partes, ya que tenía conexiones también con los Servicios Secretos. Y ese es solo el inicio de las cada vez más rimbombantes aventuras –el robo vendrá más adelante– de un personaje con una literal vida de película.

El falsario es una producción importante en términos de presupuesto y reconstrucción de época, con la Roma de los ’70 recuperada de una manera vívida y reconocible: las ropas, los autos, las canciones (Cerrone, Boney M., Renato Zero, etcétera) y la escenografía ampulosa de esos «años de plomo» italianos atravesados en partes iguales por la política y el crimen organizado. En ese marco Toni aparece como un joven arrogante y despreocupado al que no le importa con quienes se conecta en tanto le sirva en lo económico y, principalmente, para transformarse en alguien respetado en esos círculos de poder. Es por eso que, pese a que su mejor amigo sea un militante revolucionario, a Toni se lo ve muy cómodo con criminales, mafiosos, políticos de derecha y peligrosos agentes del Servicio Secreto que necesitan de su talento para negociar con las Brigadas y, supuestamente, para intentar rescatar a Moro.
Entre el thriller político, el policial del crimen organizado y la historia personal de un vivillo de provincia que quiso –y por un tiempo supo– triunfar en las grandes ligas romanas, El falsario funciona muy bien como un acercamiento lateral a un mundo descripto y narrado en incontables ocasiones por il cinema italiano, especialmente por autores como Marco Bellocchio, que se ocupó de él en la película Buongiorno, Notte y la miniserie Esterno notte. Si bien la película de Lodovichi no tiene la complejidad dramática y la dimensión emocional de esos clásicos recientes, es igualmente un film más que digno e inquietante, especialmente en el marco de las producciones originales de Netflix, entre las que sin dudas se destaca.
La película funciona también gracias al carisma de Castellitto (hijo del reconocido Sergio) como un personaje excéntrico, contradictorio y seguramente bastante más oscuro de lo que se muestra en el film. Las vicisitudes políticas de la época quedan aquí en segundo plano pero se incorporan lo suficiente a la trama para que al menos sus contradicciones esenciales queden claras. En ese marco denso y dramático, las picarescas aventuras de Chichiarelli pueden parecer menores, pero se integran a la perfección a un clima de época en el que se mezclaban aventura, riesgo, crimen, compromiso político y, sobre todo, una alocada ambición por llegar a ser alguien.



