
Estrenos online: crítica de «Sisu: Camino a la venganza» («Sisu: Road to Revenge»), de Jalmari Helander (Flow, Claro Video)
Después de la Segunda Guerra, un legendario asesino finlandés solo quiere llevarse su casa a casa, tablón por tablón. Pero los soviéticos tienen otros planes para él. Para alquilar en distintas plataformas.
Aatami, el protagonista de Sisu, no tiene paz. En la anterior película, tuvo que encargarse de liquidar a los nazis que destruían todo a su paso en su país natal, Finlandia. Ya en 1946, con la guerra terminada, nuestro silencioso y brutal antihéroe creía estar listo para vivir tiempos de paz y prosperidad junto a su familia, pero apenas la película empieza vemos que, al regresar a su hogar, se encuentra con que han matado a su mujer y a sus hijos. Esta vez no fueron los nazis, sino los soviéticos. Es que, se nos aclara al principio, la disputada región finlandesa en la que vivían, Carelia, fue anexada por la Unión Soviética, y fueron ellos quienes los liquidaron. Pero Aatami (Jorma Tommila) no busca venganza. Quiere llevarse la casa, tablón por tablón, a lo que sigue siendo Finlandia y vivir allí. Pero no le será sencillo.
El único otro personaje relevante del film es Igor Draganov (Stephen Lang, el villano de la saga Avatar, trabajando acá en la otra punta de la escala presupuestaria), un presidiario ruso que mató a la familia de Aatami y al que le prometen libertad a cambio de liquidar también al hombre. Es que los soviéticos saben lo peligroso que es –su fama de killing machine trascendió las fronteras y con ella nació un mito– y, sabiendo de su presencia en la URSS, no quieren problemas con el tipo. Así que Draganov y buena parte de las fuerzas militares de la zona van a buscarlo para terminar con él. Es obvio que no le será fácil. Y eso es todo lo que hace falta saber, a modo de contexto, para asomarse a esta serie de llamativas, espectaculares y graciosamente ridículas secuencias de acción que se desgranan en poco más de 80 minutos.
Dirigida otra vez por Jalmari Helander, Sisu: camino a la venganza se destaca por su rigurosidad formal. Es una película, como la anterior, casi sin diálogos (los pocos que hay están dichos en un inglés básico con un exageradísimo acento ruso) y que se organiza como una mezcla de dibujo animado con films de acción tipo Mad Max o John Wick. Esta no tiene casi combates mano a mano, pero todos los medios de transporte e implementos utilizados en ella (camiones, maderas, tanques, trenes, aviones, misiles) son puestos en juego por Helander como si su protagonista fuera un Buster Keaton del cine de acción. Con bajo presupuesto, mucho menos efectos que un film menor de Hollywood, y con un ingenio salvaje para resolver situaciones absurdas, la secuela de Sisu vuelve a funcionar como un ingenioso muestreo de cómo reemplazar falta de recursos con talento e imaginación.

El barbado y imperturbable Aatami (aquí de entrada se nos recuerda que «Sisu» no es su nombre, sino que esa palabra es un concepto finlandés similar a «coraje» o «resiliencia»), montado a algún medio de transporte y junto a su perrito y los simbólicos tablones con los que quiere reconstruir su casa y su vida, se enfrenta, sucesivamente, con soldados de a pie, luego con vehículos motorizados, más tarde con aviones, tanques y trenes, y siempre se las arregla para engañarlos y liquidar a sus enemigos. Su ingenio (y el de la película) pasa por usar tablones como insólitas armas o rampas, un tanque de un modo particularmente acrobático y mejor no hablar de la utilización que le da a algunos misiles. Si a eso se le suma una resistencia al dolor que el propio Rambo envidiaría, el tipo tiene todo para sobrevivir. Y eso no le cae nada simpático a Draganov, que va detrás suyo sin poder creer como Aatami logra recomponerse y volver a convertirse en amenaza cada vez que cree haberlo controlado.
Pese a su reputación como intensa película de acción, la secuela de Sisu suma puntos también como un controlado relato de suspenso. No todos son constantes enfrentamientos. Helander arma secuencias tensas de escape, de silenciosos movimientos de Aatami para fugarse de un lado u otro, preparar alguna sorpresita o buscar soluciones a problemas en los que se ha metido. Si a eso se le suma el efecto cómico que generan algunas de esas escenas violentas por sus llamativas ideas –y hasta un toque emotivo que aparece sobre el final–, quedará claro que la propuesta de Sisu no es tan obvia y simplista como puede parecer. De todos modos, por el impacto que producen, es obvio que las escenas de acción son lo que más llama la atención.
La saga Sisu, ni hace falta aclararlo, no busca ningún tipo de realismo o credibilidad: es un cartoon con actores que debe ser visto, más que cualquier otra cosa, como una comedia. Es una pena, en ese sentido, que la película llegue a través del streaming ya que se trata del tipo de films que se disfruta aún más con una sala llena de gente compartiendo el asombro por cada as de la manga que saca su protagonista (en más de un caso, literalmente) y cada etapa que supera de este simpático videojuego bélico. Si después de estas dos películas Helander no consigue un trabajo en Hollywood, es porque la industria está mirando para cualquier lado.



