
No-estrenos: crítica de «The Baltimorons», de Jay Duplass
Esta comedia dramática transcurre durante Navidad y se centra en un hombre que visita de urgencia a una dentista con la que termina viviendo una serie de extrañas aventuras.
De qué hablamos cuando hablamos de «una película navideña»? ¿De una historia que transcurre durante la Navidad? ¿De una que festeja eso que algunos dan por llamar «espíritu navideño»? ¿De las dos cosas a la vez? ¿De ninguna de ellas? Difícil decirlo, ya que no hay tantos puntos en común entre muchas de las películas navideñas que se conocen como tal, desde Qué bello es vivir a Duro de matar pasando por tantas otras. En el caso de The Baltimorons –así como en la reciente Los que se quedan, de Alexander Payne– lo que se reconoce como navideño pasa tanto por la época como por el consabido espíritu pero, más que por cualquier otra cosa, por transmitir una empatía, un cariño y una infinita comprensión por las criaturas que la recorren.
Tras varias películas y series codirigidas con su hermano Mark, Jay Duplass –también actor, visto en series como Transparent e Industry— debuta como solista en la dirección con esta divertida, cálida y emotiva película que se coloca directamente en el panteón del mejor cine navideño de los últimos años. Lo que cuenta no es particularmente novedoso ni original, pero con muy pocos recursos y un elenco de actores desconocidos logra retratar las vidas de dos personas que se cruzan en un momento determinado de sus vidas y ese cruce cambia –o puede llegar a cambiar– sus vidas para siempre.
Michael Strassner escribió el guión y protagoniza esta película que empieza –en lo que representa un homenaje al clásico de Frank Capra– con un intento de suicidio de su personaje, Cliff, intento que resulta fallido ya que el cinturón con el que intenta colgarse en el altillo de su casa no aguanta su peso. La situación es obviamente dramática pero Duplass la presenta en tono cómico. De allí el film salta varios meses y recién ahí podemos ver y conocer bien a Cliff, que lleva seis meses sin beber y parece feliz con su sobriedad. Está en pareja con una chica llamada Brittany (Olivia Luccardi) –que está muy preocupada por que Cliff no recaiga en la bebida– y juntos están yendo a la casa de la familia de ella a festejar la Navidad.

Un accidente fortuito lo cambia todo: Cliff, que es bastante torpe, se tropieza en una escalera, se golpea la cara contra una puerta y pierde un diente. Tras varios intentos fallidos consigue una dentista que atiende en esa fecha y va a su consultorio a ponerse una corona provisoria. Ella se llama Didi (Liz Larsen) y pronto nos damos cuenta por qué trabaja en esa fecha: su ex marido se ha vuelto a casar con una mujer más joven y su hija le postergó los planes navideños. Didi le resuelve el problema a Cliff y él, que había escuchado la conversación que la mujer tuvo al teléfono con su hija, le hace bromas y, un poco drogado por la anestesia, hasta coquetea con ella, que es bastante mayor que él. La mujer, algo seca, no le da lugar.
Cuando Cliff se va del consultorio se da cuenta que la grúa se ha llevado a su auto mal estacionado. Y ahí empezará la verdadera aventura, una que, de entrada un tanto forzadamente, los llevará a compartir horas y horas de una serie de situaciones que pasarán de lo absurdo a lo emotivo, de lo cómico a lo melancólico, acercándolos cada vez más mientras, respectivamente, se ayudan a superar sus conflictos, traumas y limitaciones. En el caso de Didi, todo lo ligado a las tensiones con su ex, la nueva pareja de este y su hija. Y en lo que respecta a Cliff, que solía ganarse la vida en grupos de improvisación cómica pero lo dejó todo al abandonar el alcohol, su temor a que volver a hacer comedia lo lleve a caer en la bebida. Su novia, además, no quiere ni que pise un comedy club.
Usando un similar estilo casual y callejero que caracterizaba a las películas que dirigía con su hermano Mark en la época del mumblecore (films como The Puffy Chair, Cyrus o Jeff, Who Lives at Home), Jay en solitario lleva a los personajes a recorrer Baltimore, yendo de los suburbios al centro y de ahí a distintas zonas de la ciudad, yendo de la playa de estacionamiento de los autos llevados por la grúa a los barrios de moda y de ahí al río Patapsco que cobija a esa populosa urbe de Maryland, usualmente retratada en los medios y la ficción como un lugar denso y peligroso (ver The Wire), pero que luce muy diferente aquí. Elespíritu de improvisación que Cliff sabía manejar en el escenario ahora lo usa en situaciones de la vida común, metiéndose y saliendo de situaciones extrañas con carisma, recursos y, entre ambos, algo de audacia.
Hay algo en la naturalidad de los personajes y los ámbitos que recorren que le dan a The Baltimorons –el título tiene que ver con una rutina cómica que Cliff hacía en su época– un aura de verdad. Si a eso se le suma que no hay actores conocidos, por más que la trama se maneje casi siempre por caminos ya probados las cosas no pierden su credibilidad. Uno, acostumbrado a tanto actor con edad, físico y hasta dentadura perfecta y adecuada, se sorprende al ver una película llevada adelante por gente real, que no tiene ni la edad ni el aspecto ni los tics de las estrellas. Y es eso lo que acrecienta más la sensación de honestidad que transmite la película, una que no necesita subrayar nada para dejar en claro que tiene el corazón en el lugar correcto.



