
Series: crítica de «El Caballero de los Siete Reinos» («A Knight of the Seven Kingdoms»), de Ira Parker y George R.R. Martin (HBO Max)
Un joven caballero errante y su misterioso escudero viajan a un torneo en busca de ganarse la vida, pero un simple gesto de decencia frente a un príncipe cruel termina desatando una prueba de honor mortal que, en silencio, ayudará a moldear el futuro de Westeros. Desde el 18 de enero, por HBO y HBO Max.
Retomar la saga Juego de tronos se había vuelto un desafío más que complejo para sus diferentes creadores. De hecho, puede afirmarse que las últimas temporadas de la serie original ya habían perdido bastante el rumbo, sobre todo a partir de la ausencia de nuevos libros de George R. R. Martin que sirvieran de guía para el cierre de una trama tan extensa y ambiciosa. Con La casa del dragón ocurre algo relativamente similar: si bien existe una contraparte literaria, los textos de Martin en este caso adoptan una forma más cronológica e histórica, antes que una construcción basada en escenas y diálogos entre los personajes. La serie resultante de esa singular adaptación funciona con mayor o menor eficacia, pero está lejos de haber alcanzado el impacto cultural que tuvo y aún tiene GoT.
En El Caballero de los Siete Reinos queda claro de entrada que la búsqueda de Ira Parker y su equipo es otra, muy distinta en apariencia a lo presentado en las series anteriores. No hay espectaculares escenas de créditos in una música bombástica acompañando los acontecimientos. De hecho, la primera vez que suena la melodía de GoT es para hacer una broma bastante gruesa. Si queda alguna duda, esa escena un tanto escatológica confirma lo que se preveía: la adaptación de Cuentos de Dunk y Egg se presenta a sí misma como una comedia, una versión ligera y relativamente paródica del universo que el propio Martin creó. Esto no siempre será así, pero la presentación y los primeros episodios invitan a entrar al universo de Canción de hielo y fuego en plan humorístico, casi como una relectura en clave Monty Python de los usualmente grandilocuentes hechos que ocurren en ese universo.
Si bien eso irá ligeramente cambiando con el avance de la historia –y a partir de los hechos dramáticos que en ella se viven–, los compactos seis episodios de menos de 40 minutos que componen la primera temporada de A Knight of the Seven Kingdoms son la mejor noticia que le sucedió al mundo GoT desde «la Batalla de los Bastardos» que tuvo lugar en la ya lejana sexta temporada de esa serie. No por su espectacularidad ni mucho menos –salvo por una larga secuencia de acción cerca del final de la temporada, la búsqueda de El Caballero… es muy distinta– sino porque recupera la sensación de estar viendo algo cuidadosamente concebido y desarrollado por un equipo creativo que tiene muy claro lo que busca y cómo obtenerlo.

El Caballero de los Siete Reinos, en términos temporales, transcurre entre La casa de los dragones y Juego de tronos (en líneas generales, un siglo después de la primera y uno antes de la segunda), pero en términos estéticos sucede en un mundo un tanto distinto. Las diferencias no pasan solo por el humor y la ligereza sino por la ausencia de elementos fantásticos (ya no quedan dragones), por lo contenido de su universo narrativo (salvo por algunos flashbacks, todo sucede en un solo lugar y con un grupo relativamente limitado de personajes) y por el mundo un tanto más popular y campesino que el que se ve en aquellas series. Si bien hay aquí lugar para intrigas palaciegas y aparecen, en mayor o menor medida, las reconocidas familias creadas por Martin, el eje de la acción pasa por otro lado. Y el protagonista es un hombre común –o relativamente común en este contexto– que es primero testigo y luego partícipe casual pero importante de la gran historia de los Targaryen en particular y de Westeros en general.
Dunk es un caballero errante y nómade de nula reputación que era escudero de Ser Arlan de Pennytree, un veterano y alcohólico caballero cuya muerte da comienzo a su picaresca epopeya. Sin dinero ni objetivos, sueña con anotarse en el torneo de Ashford, enfrentando a otros más reputados caballeros. Pero el asunto no le será nada sencillo porque nadie lo conoce ni tampoco parecen recordar a Ser Arlan, quien trabajó para muchos de ellos. En camino a Ashford, un poco a su pesar, terminará arrastrando consigo a un niño calvo que se dice llamar Egg y que quiere ser su escudero. El chico se ha fugado de su casa y se ha rapado para que no lo reconozcan.
La serie transcurrirá con ese torneo como marco de contención espacial y temporal. Si bien Dunk (Peter Claffey, quien antes de actuar fue jugador de rugby) tiene varios flashbacks que detallan parte de su historia personal y su relación con Ser Arlan (Danny Webb), aquí no hay montajes paralelos que, como era costumbre en GoT, nos muestran qué hacen otros personajes mientras tanto. Lo que sí mantiene de las primeras temporadas de esa serie es el nivel de precisión y detalle, al punto de que por momentos parece cubrir los acontecimientos que se suceden minuto a minuto. De hecho, otra serie podría haber resuelto todo el torneo que conforma el grueso de la primera temporada –y al libro El caballero errante, la primera de las tres breves novelas que integran la saga Cuentos de Dunk y Egg— en tan solo uno o dos episodios. Acá no es así. Y en el detalle está su fuerza.
Dunk es el clásico personaje entre inocente, bonachón y algo tontuelo de tanta picaresca literaria histórica, especialmente medieval. Su mundo parece limitado a la devoción por su maestro –quien no parece demasiado interesado en él en los flashbacks— y a tratar de ganarse el respeto de los poderosos, aún cuando la mayoría de las veces equivoque el camino y sea bruscamente ignorado. Cuando Dunk y Egg llegan al torneo de Ashford, la serie se abre a una galería de personajes de bajo rango que, salvo por una notoria excepción, no pertenecen al mundo del poder: el herrero Steely Pate (Youssef Kerkour), la titiritera Tanselle (Tanzyn Crawford), los primos Fossoway –Ser Steffon (Edward Ashley) y su escudero Raymun (Shaun Thomas)–, y el peculiar Ser Lyonel «Laughing Storm» Baratheon (Daniel Ings).

Lo saben bien los que leyeron las novelas: el eje central de la primera temporada pasará por el encuentro de Dunk con algunos miembros del Clan Targaryen, que se han llegado hasta Ashford para participar en el torneo en cuestión. En su intento de participar de la contienda, Dunk encontrará apoyo de parte del amable príncipe Baelon (Bertie Carvel), heredero del trono, pero se verá desafiado por su hermano Maekar (Sam Spruell) y especialmente por el hijo de este, el áspero y brusco príncipe Aerion (Finn Bennett). Y el cruce entre todos ellos impulsará el conflicto que, del cuarto episodio en adelante, tomará sí características más violentas, épicas y hasta cierto punto similares a los de las series precedentes.
El centro emocional de la temporada –bah, de toda la serie– pasará por la relación entre Dunk y el pequeño y muy inteligente Egg (un notable Dexter Sol Ansell, de diez años al filmar esta temporada), una pareja despareja en todos los sentidos posibles: tamaño, clase social y, si se quiere, desarrollo intelectual. Se trata igualmente de dos personas que, con el correr de los episodios, irán descubriendo que son más parecidos entre sí de lo que ellos mismos creen, ya que por detrás de sus obvias diferencias es claro que ambos tienen buen corazón y son seres honorables en medio de en un universo en el que la traición, la crueldad y la ventaja personal prima y prevalece por sobre casi todo.
Entre el western, las películas de samurai y las humanistas epopeyas de viajes, El Caballero de los Siete Reinos se ofrece como un giro importante en términos de tono y estilo al formato cada vez más grandioso y épico que parecía haber tomado la serie. Sus momentos de humor –verbal y físico– funcionan muy bien por más que por momentos se sientan impuestos desde afuera más que naturales a los hechos que se narran. Y eso mismo permite que, cuando lleguen los momentos más álgidos y violentos, lo hagan de una manera fluida y no forzada. De hecho, cuando se produce la consabida batalla (no spoilers aquí, pero es un «juicio por combate» que será clave en la historia), impactará por su intensidad, su violencia y, sobre todo, por su inesperada profundidad emocional.
No es un tono fácil de conseguir el de la serie ya que se trata de un tipo de humor que, fuera de control, puede dar paso a una sátira hecha y derecha de la que luego es muy difícil salir para tomarse en serio el resto de los acontecimientos. Pero aquí, Parker (guionista de House of the Dragon) y su gente han logrado lo impensado: que el universo de George R.R. Martin recupere esa atmósfera terrenal que supo tener en sus inicios, cuando uno podía sentir el polvo, la suciedad y hasta respirar el aire de Westeros en sus imágenes y sonidos. Guiñando un poco el ojo al espectador con sus bromas pero en lo profundo respetando los temas y ejes centrales del universo, la nueva serie de la saga es un bienvenido cambio de aire que, en estos tiempos de fórmulas preestablecidas, merece ser aplaudido por sus riesgos creativos que toma y, sobre todo, por sus logros.




Vayamos a lo importante (como lo era en GoT): ¿hay desnudos?
Not really. No.