Series: reseña de «Hijack – Temporada 2», de George Kay y Jim Field Smith (Apple TV)

Series: reseña de «Hijack – Temporada 2», de George Kay y Jim Field Smith (Apple TV)

Ambientada en Berlín, la segunda temporada sigue a Sam Nelson mientras se ve envuelto en otro secuestro de alto riesgo que lleva la fórmula de la serie al límite. Con Idris Elba. Desde el 14 de enero por Apple TV.

Los thrillers acerca de hombres que son capaces de resolver una toma de rehenes tienen una particularidad. Si esos hombres son policías, detectives, militares, espías o negociadores profesionales no hay ningún problema en verlos regresar una y otra vez a escenarios similares. Es, después de todo, su trabajo, o bien podría serlo. Digamos que es lo que le sucede a John McClane (Bruce Willis) en la saga Die Hard, entre otros especialistas en ese tipo de acciones. Pero, ¿qué pasa cuando el hombre que se convirtió en héroe al resolver una de estas situaciones es un tipo común que no se dedica a eso? ¿Cómo justificamos una secuela? ¿Será que dos veces al tipo le tocó en suerte caer parado en medio de una situación similar? ¿Qué posibilidades reales hay?

Digamos que, para resolver ese asuntillo, los creadores de Hijack –los que tradujeron la primera temporada como Secuestro aéreo se metieron en los mismos problemas que los que le pusieron, en España, Jungla de cristal a Die Hard le encontraron a la secuela una posible solución. No solo pasarla de un avión a un subterráneo o mudarla a Berlín, sino una justificación dramática que explique –al menos por un rato– cómo Sam Nelson (Idris Elba), un hombre que se dedica a las negociaciones pero entre empresas, pudo haberse metido de nuevo en una situación de este tipo. Explicarla implicará revelar un asunto que se sabe al final del primer episodio, por lo que lo dejaré para más adelante, con aviso previo.

Antes que eso lo que veremos es, efectivamente, a un preocupado y compungido Sam que está en Berlín para seguir investigando el caso de la primera temporada, si bien ya pasó bastante tiempo desde aquello. Al tomarse un metro a la mañana uno puede notar que cosas raras suceden a su alrededor. Y él nota lo mismo. Tanto es así que cuando una vieja conocida lo reconoce y lo felicita por haber detenido aquel secuestro aéreo, él no le presta atención y mira a los cuatro costados, sospechando algo, inclusive de un inmigrante de Medio Oriente al que denuncia a la policía. Pero más allá de su paranoia, la serie nos deja ver que algo sucede de verdad: el conductor, Otto (Christian Näthe), está nervioso; hay gente sospechosa recorriendo las vías y, cuando Otto va al baño y le dice a alguien por teléfono «no puedo hacerlo«, no hay dudas que Sam cayó otra vez en el transporte equivocado. ¿Será posible?

Todos los encargados del transporte subterráneo en Berlín están atentos a los problemas que va generando Otto, con excepción de los pasajeros que viajan en los vagones y que, pese a las paradas y demoras, están en su planeta y no se dan cuenta de nada (debe ser el grupo de pasajeros menos curioso y conectado con lo que pasa a su alrededor de la historia de las ficciones). Y al final del primer episodio se produce el impensado shock SPOILER ALERT: el que secuestra el tren en cuestión no es otro que el propio Sam. ¿Cómo es posible algo así?, pensarán muchos. Bueno, todo tiene sus explicaciones.

Lo cierto es que ahí se arma una situación diferente y es eso lo que se irá desgranando a lo largo de los excesivos ocho episodios de una temporada que podría haber sido una película. ¿Qué lleva a Sam, un indudable buen tipo, a secuestrar un tren subterráneo de pasajeros? Cualquier espectador se dará cuenta que algo se esconde por detrás de esa situación y creerá haber encontrado la respuesta cuando Sam se comunique con el control y haga su muy específica demanda. Pero no será tan sencillo como parece. No hay uno ni dos sino varios giros dramáticos –algunos sucedieron entre temporadas y uno se va enterando acá en cuentagotas– que irán explicando los motivos que llevan a Sam a secuestrar el subte. Y, a la par, la serie nos irá metiendo de a poco –muy de a poco– en toda otra serie de cosas que están sucediendo en paralelo. O eso, al menos, es lo que parece. FIN DE SPOILERS

La segunda temporada tiene aún más problemas de credibilidad que la primera, que requería un alto grado de tolerancia a la imaginación de los guionistas, pero que funcionaba dentro de sus generosos parámetros de plausibilidad. Aquí uno se pregunta todo el tiempo por cosas que no funcionan o que se dan por sentadas de una manera caprichosa (la llegada de Toby Jones al centro de control y su incorporación a la investigación aunque nadie sabe bien quién es es solo una de ellas), pero quizás lo más llamativo es la falta de comunicación entre los secuestrados en el metro y el exterior. Quizás en Berlín la gente que viaja en transporte público no está todo el día mirando el teléfono ni comunicándose con otros, porque acá da la impresión que los que viajan son los últimos en enterarse de lo que pasa delante de sus narices. Y a la hora de actuar parecen ser de la opción «preferiría no hacerlo».

Elba sigue siendo el mismo actor sólidoque siempre fue, pero acá hay un problema que se hace obvio de entrada. Uno sabe que su personaje jamás cometerá un crimen o matará a alguien, por lo que la situación que presenta la serie como riesgosa o novedosa en el fondo no es tal. Y si algo grave sucederá a lo largo del viaje –y sí, claro que sucede–, es bastante obvio que no será culpa suya. A la par de eso, la mayoría de las escenas del exterior son también bastante forzadas, empezando por el centro de control de transportes en Berlín, un grupo de alemanes que luce muy perdido para un sistema usualmente tan eficiente. Y algo similar sucede con las escenas ligadas a la ex esposa de Sam, Marsha (Christine Adams), cuyos problemas serán centrales a la trama.

No hay mucho para recomendar en esta innecesaria secuela de una serie que no la necesitaba. En el mejor de los casos, poder viajar mentalmente por unas horas a Berlín y moverse por su excepcional servicio de trenes subterráneos, muy bien recreados aquí, con estaciones idénticas a como son en la realidad. Eso y ver al actor de The Wire buscarle la vuelta a una situación que se enreda y se vuelve a enredar siempre un poco más de lo pensado. Y no hay mucho más que eso.