
Berlinale 2026: crítica de «Bosque arriba en la montaña», de Sofía Bordenave (Forum)
Este documental reconstruye una muerte violenta a partir de registros judiciales, relatos personales y la historia aún abierta de un conflicto territorial que involucra al pueblo mapuche en la Patagonia.
La reconstrucción de hechos en el marco de un juicio es un contenido dramático que bien puede funcionar en el terreno de la ficción. En ellos se cuentan versiones de un mismo hecho desde varios puntos de vista, casi siempre contradictorios entre sí. Y el espectador, al verlos, va haciéndose una versión un tanto más realista de lo que sucedió. Como en las ficciones, las versiones de los hechos pueden ser diferentes y lo que prima suele ser la empatía, la identificación, a quién uno le cree. Dos documentales recientes se apoyan fuertemente en reconstrucciones de ese tipo: Nuestra tierra, de Lucrecia Martel y Bosque arriba en la montaña, de Sofía Bordenave. No es la única coincidencia que ambos excelentes films argentinos tienen, pero sí la más característica.
Las dos son películas centradas en el asesinato de un indígena a manos de hombres blancos por motivos ligados al territorio que unos y otros disputan. Las dos trabajan sobre juicios públicos y utilizan de manera muy particular los materiales generados allí. Y las dos parten de esa situación del tipo policial para indagar en la historia de esos conflictos territoriales. La reconstrucción de los hechos es, de todos modos, uno de más materiales más potentes. En Bosque arriba… no hay filmaciones del momento de los hechos como si lo hubo en el caso del asesinato de Javier Chocobar que tuvo lugar en Tucumán, pero sí vemos a los acusados y a los amigos y familiares de Rafael Nahuel confrontar versiones de los hechos. Y lo que surge de ahí es contundente.

Rafael Nahuel era un joven mapuche de 22 años que fue asesinado el 25 de noviembre de 2017 en Villa Mascardi, cerca de Bariloche, durante un operativo de desalojo realizado por el Grupo Albatros de la Prefectura Naval Argentina contra una recuperación territorial de la comunidad Lafken Winkul Mapu. Nahuel recibió un disparo por la espalda y murió mientras huía cuesta arriba. Las pericias demostraron que no hubo enfrentamiento armado y que los mapuches no tenían armas de fuego. Y lo que hace el film de la realizadora de Estrella roja es seguir el caso durante el juicio, utilizando grabaciones oficiales y propias, y a la vez generar un espacio de conversación y análisis que permite no solo dilucidar lo que allí pasó sino la historia de esos reclamos de tierras por parte de los mapuches.
Otro elemento contundente utilizado por Bordenave aquí es el de la grabación de las audiencias, que se hicieron a distancia y mediante videoconferencia –tanto por la pandemia como por temas de logística y seguridad–, con los acusados en un lugar diferente al de los jueces, abogados y testigos. Más allá del fuerte contenido dramático de lo que se dice allí, la directora trata esos materiales por momentos en tono de comedia, ya que los acusados encontraban las maneras más absurdas de evitar contestar preguntas incómodas justificándose en problemas de conexión que, súbitamente, aparecían solo en esos momentos.
El otro elemento que utiliza la realizadora para armar su propio caso son las conversaciones que van surgiendo con muchos de los mapuches de esa región, que no solo hablan del caso sino que intentan contar la historia de su pueblo y su conexión con esa tradición, una que tiene orígenes y recorridos diferentes a lo tradicional, y que algunas autoridades han discutido y disputado. Como se sabe, una de las justificaciones de la represión pasa por sostener que esas comunidades no pertenecen realmente a pueblos originarios sino que son grupos armados improvisados que usan la identidad indígena como excusa para ocupar tierras del Estado. Se trata de una acusación falsa ya que la ley reconoce la autoidentificación indígena y la legitimidad de la reorganización de comunidades desplazadas. En ese sentido, imágenes y videos de décadas atrás dejan en claro esta conexión con la identidad mapuche que tienen estos jóvenes.

Por fuera de esos ejes –acaso como complemento visual propio–, Bordenave suma mapas, documentos, viejas fotos y materiales que se suman al film de un modo más experimental que didáctico. No se trata de meros acompañantes de explicaciones verbales sino que son en sí mismos pruebas de cómo las tierras hoy en disputa fueron consideradas mucho tiempo atrás. Otro ángulo clave de la historia de la región que el film introduce está ligado al maltrato ecológico cuyas consecuencias las vemos a diario en las noticias. Es que en buena parte de ese territorio se reemplazó el bosque nativo por plantaciones de pinos exóticos, impulsadas por políticas forestales antiguas; y esos pinos no solo desplazan la biodiversidad local sino que consumen más agua y, sobre todo, incrementan el riesgo de incendios porque son más inflamables y facilitan la propagación del fuego.
Utilizando una poética combinación de todos esos elementos, Bosque arriba en la montaña logra transformarse en un documento potente, lírico y a la vez amargo acerca de una disputa territorial que no parece terminar nunca y que, con los cambios de gobierno y la conexión de algunas autoridades actuales con aquel caso, ha vuelto a complicarse otra vez más.



