
Berlinale 2026: crítica de «Chicas tristes», de Fernanda Tovar (Generation 14plus)
Dos nadadoras adolescentes enfrentan una ruptura emocional cuando una experiencia íntima altera el frágil equilibrio de su amistad. Ganadora de la sección Generation 14plus de la Berlinale.
Todo parece ideal en el mundo de Paula y La Maestra, dos amigas de 16 años que van a la escuela, se juntan de fiesta con amigos y parecen tener una de esas relaciones simbióticas en las que se completan las frases y adivinan los pensamientos. Forman parte, además, de un equipo de natación de elite de México que se prepara para competir en los Juveniles Panamericanos, que serán en Brasil. Pero más allá de eso, las dos viven en una suerte de mundo privado, con sus códigos, lenguaje e imaginación compartida. Hasta que un día eso se resquebraja. Y los motivos son dolorosos.
En este sutil y perceptivo film acerca de una adolescencia que de un día para el otro se vuelve inesperadamente complicada, Fernanda Tovar va transmitiendo algo así como un estado de la mente, una percepción propia de adolescentes pendientes del detalle y de cierto pensamiento lateral. Compuesta por planos cortos, cercanos, íntimos y de carácter observacional, Chicas tristes –ganadora de la sección Generation 14plus de la Berlinale– se va armando de retazos, diálogos en voz baja casi susurrados, ensayos de danza o de rap, risas e intimidades.
Pero esa misma noche de fiesta que abre la película trae, en realidad, un problema oculto cuya densidad se va habilitando de a poco. Con un compañero del equipo de natación, Paula (Danara Alvarez) debuta sexualmente. Y su amiga quiere detalles, sensaciones, un repaso de los hechos. Pero Paula es medio evasiva, no dice mucho y parece dar a entender que no significó demasiado para ella, que tal vez el. sexo no sea tan importante. En realidad, pronto va quedando claro, la experiencia fue un tanto más complicada que eso.

Tovar explora menos el caso en sí que el impacto que tiene en la vida de Paula y en la amistad entre ambas. En algún sentido, La Maestra (Rocío Guzmán) es la verdadera protagonista del film, la que no sabe bien qué hacer, cómo reaccionar ante lo sucedido y la que, queriendo ayudarla, complica la relación. Paula prefiere callar y seguir adelante, al punto de dudar acerca de lo qué fue lo que le pasó. Y su amiga es de la opinión contraria, más cercana a la denuncia. Y mientras las eliminatorias para la competencia se acercan –y un eclipse está por llegar–, esa relación se resquebraja cada vez más.
Un film sobre la pérdida de la inocencia, un relato de observación lleno de planos curiosos construidos mediante una refinada puesta en escena de varias capas paralelas, Chicas tristes se acerca al tipo de cine que hace Lila Avilés, otra cineasta mexicana que opera en un similar universo en el que priman las sensaciones por sobre la evolución narrativa convencional. De todos modos, el film de Tovar no se desentiende del relato y, más allá de algún toque de preciosismo o de subrayada metáfora propia de una opera prima, va tornando a su película en un retrato de dos amigas y de la fractura emocional que se genera cuando eso que creíamos que era el mundo revela su lado más oscuro y hasta tenebroso.
Las dos actrices protagónicas son esenciales para que el film no pierda su eje jamás. Su amistad resulta creíble, honesta y sólida, por lo que cuando empieza a romperse –por lo que se dice, lo que se oculta, las culpas y los miedos– uno siente que para ambas se trata de una verdadera tragedia. Ese sostén emocional evita que el film se transforme en una acumulación de viñetas sensibles y lo separa también del relato de denuncia más tradicional. Por más contradictorio que suene, Chicas tristes es un delicado film sobre la fortaleza y un relato frágil sobre la resiliencia. Y eso la hace una película única, distintiva y muy personal.



