Berlinale 2026: crítica de «El tren fluvial», de Lorenzo Ferro y Lucas A. Vignale

Berlinale 2026: crítica de «El tren fluvial», de Lorenzo Ferro y Lucas A. Vignale

por - cine, Críticas, Festivales
16 Feb, 2026 03:30 | Sin comentarios

Milo, de nueve años, sueña con escapar de las presiones familiares y dejar de ser el “perfecto” bailarín de malambo para lanzarse solo hacia los misterios de Buenos Aires.

La experiencia inicial de Lorenzo «Toto» Ferro interpretando a Carlos Robledo Puch en El ángel, allá por 2018, fue muy significativa para el entonces adolescente actor. No solo, obviamente, por la repercusión que generó su trabajo y ese film sino porque, al ver El tren fluvial, su opera prima como realizador, la influencia de esa película y de la obra de su director, Luis Ortega, quedan muy en evidencia. Codirigida con Lucas Vignale –un experimentado director de clips musicales de trap argentino, en especial los de Trueno–, el film remite en muchos sentidos al universo del realizador de El jockey.

El tren fluvial no es, sin embargo, una copia del tipo de cine que hace Ortega pero sí es una clara referencia estética: similares personajes perdidos en una urbe habitada por carismáticos y curiosos marginales, un recorrido por esa ciudad secreta que los cobija, un toque de inesperado surrealismo y esa mezcla de ternura y extravagancia que caracteriza su cine. De todos modos, la referencia central es otra, una que comparte con el mismísimo Ortega: el cine de Leonardo Favio. Aquí, más específicamente, su impensado clásico Soñar, soñar.

En cierto modo, se podría pensar a El tren fluvial como una adaptación o versión libre de esa película de 1976 que, estrenada después del golpe militar, fue un fracaso comercial en la carrera de Favio. Si bien el film no tuvo buenas críticas en su momento, con el tiempo fue transformándose en un indiscutido clásico tardío de su obra, al punto que muchos lo eligen como su film favorito del realizador, superando a El romance del Aniceto y la Francisca, El dependiente y otros más «canónicos». Protagonizada por el boxeador Carlos Monzón y el cantante italo-argentino Gianfranco Pagliaro –ambos con mínima experiencia como actores–, Soñar, soñar narra la historia de un joven del interior de la Argentina que viaja a Buenos Aires con el sueño de triunfar como actor.

De eso va, también, El tren fluvial. Milo (Milo Barría), es un chico de unos diez años que vive en un pueblo de provincia y es un gran intérprete de malambo, instigado por su padre y entrenador, que lo presiona y exige constantemente. En la televisión de la casa familiar Milo ve la icónica película de Favio y, como el personaje de Monzón en ella, se imagina viajando a la capital y triunfando allí. Como no lo dejan irse por la edad que tiene, a Milo no le queda otra que –en otro homenaje al cine de Favio, uno correspondiente a otra película– engañar de una manera un tanto brusca a su familia, escaparse y tomarse el tren.

El resto del film se centrará en sus peculiares desventuras porteñas. Milo deposita sus huesos en un hotel de la zona de Chacarita –justo arriba de la pizzería Imperio, vista hace poco en Los delincuentes, de Rodrigo Moreno–, comparte su habitación con una curiosa pareja que habita allí (el escritor Fabián Casas y Pehuén Pedre, quien trabajó con Ferro en Simón de la montaña, de Federico Luis, otra película muy influyente aquí) y, gracias al dato que uno de ellos le pasa, se presenta a un casting para una obra teatral, en el que conocerá a su joven directora (Rita Pauls) y se meterá en nuevas aventuras.

El fuerte de El tren fluvial no pasa, necesariamente, por lo narrativo. Las peripecias que atraviesa Milo tienen más de exploración humana y urbana que de otra cosa, una suerte de viaje de iniciación para un niño que sale al mundo sin mucha experiencia pero con bastante picardía e inteligencia. Ferro y Vignale van acompañando sus pasos por la ciudad con planos que muestran ese Lado B urbano que todos conocemos pero pocas veces aparece reflejado en las pantallas: pizzerías, paradas de colectivo, estaciones de tren (allí se topa con un extraño guarda encarnado por Diego Puente, el mítico «Polín» de Crónica de un niño solo, de Favio), esquinas muy transitadas y así. La cámara sigue a Milo en un viaje de descubrimiento que es fascinante pero que puede también volverse complicado.

La música es, también, un elemento importante, ya que una sugestiva y muy preponderante banda sonora acompaña todos los movimientos del protagonista. Como en el cine de Favio y de Ortega, la mirada parece puesta en personajes extraños, en rostros peculiares y en pequeños momentos y aventuras que van marcando a Milo: su competencia con otros niños actores, un robo de comida con su consiguiente fuga y, sobre todo, una incursión –liberadora pero también peligrosa– en una casa, secuencia que recuerda una similar que el propio Ferro hizo, como actor, en El ángel.

En ese sentido, la opera prima de Ferro y Vignale se conecta con una línea estético-narrativa que viene del cine de Chaplin, de Luis Buñuel y de Pier Paolo Pasolini hasta llegar a sus referencias locales. En todos los casos, es un tipo de cine que retrata los recorridos urbanos de descubrimiento de niños que se enfrentan al mundo con una mezcla de extrañeza y fascinación por ese asombroso y extravagante mundo que se le abre ante sus ojos.