
Berlinale 2026: crítica de «My Wife Cries» («Meine Frau weint»), de Angela Schanelec (Competición)
Una mujer le cuenta a su marido acerca de un affaire amoroso y el mundo entre ambos se rompe, con inesperadas repercusiones en su grupo de amigos.
El cine de Angela Schanelec tiene fama de críptico, cerrado sobre sí mismo, distante. Aún sus mejores películas se caracterizan por un acercamiento cerebral, que prioriza la extrañeza, la incomodidad, hasta cierta inquietud existencial. My Wife Cries, por el contrario, puede considerarse su película más abierta, disponible, emocional. Sin traicionar en ningún momento su búsqueda estética, su rigor formal y las ya conocidas características de su obra, se trata de una película sensible que habla acerca de las distancias emocionales que se generan entre las personas, distancias que abren surcos entre ellas que parecen irresolubles.
Thomas (Vladimir Vulević) es un operario de una fábrica que conversa con dos compañeras mientras descansa. Poco después recibe la llamada de Carla (Agathe Bonitzer), que ha tenido un accidente y acaba de salir de un hospital. En el banco de la plaza él le pregunta qué le sucedió y ella llora, inconsolablemente, sin poder parar. Luego, en la larga caminata que hacen hasta la casa, la mujer le cuenta que en una clase de danza a la que ambos iban pero que Thomas dejó ella siguió en contacto con David y empezaron una relación que la llevó a acompañarlo a comprar una casa. Pero en ese viaje tuvieron un accidente. Ella salió ilesa y él murió. La noticia, obviamente, lo impacta a Thomas, que queda en estado de shock y es quien termina internado.
Esa historia y esa conversación abre las puertas a lo que va sucediendo después, tanto entre ellos como con los amigos y conocidos de sus trabajos. Otros encuentros y desencuentros amorosos, otras historias y anécdotas que se cuentan: todo existe y circula en un clima en el que algo parece haberse roto y tornado irrecuperable. El amor, la confianza, el lenguaje, la idea de planes en común. My Wife Cries cruza otras historias románticas para ir convirtiéndose en una suerte de versión cubista de una película de Eric Rohmer, con un grupo de jóvenes (y no tan jóvenes) que se van encontrando y desencontrando en sus relaciones amorosas.

Con los pocos planos que acostumbra (un colega contó 83 en todo el film), con el rigor formal que caracteriza a cada uno de ellos y con las actuaciones bressonianas que son parte de su estilo, la directora de Music y I Was at Home, But le da esta vez más tiempo y espacio a los relatos, a las historias y reflexiones de su pequeño grupo de personajes, todos conectados con Thomas y Carla, y muchos de ellos atravesando similares situaciones de desconexión emocional. En el medio, bellas escenas de baile (una con música de Leonard Cohen de fondo), de bicicletas andando por la ciudad, de bandas musicales tocando en plazas, de personas durmiendo y, sobre todo, de gente pensativa tratando de entender el dilema existencial que le tocó en suerte, sea el fin de un amor o la compra de un sofá muy caro.
Si bien Schanelec, como es su costumbre, no le hace sencillo al espectador unir hilos y trazar conexiones –sus guiones parecen construidos con partes desconectadas entre sí, algo que la puesta en escena refuerza–, My Wife Cries no abruma al espectador en ese sentido, no lo fuerza a tratar de atar cabos o trazar líneas dramáticas y/o narrativas. Más allá de las idas, las vueltas y los cruces entre los personajes, es bastante evidente que el film se muestra como una crónica acerca de la confusión que generan los desencuentros amorosos. Es una película sobre la soledad y ese angustiante vacío que aparece cuando descubrimos que esa persona que tenemos cerca y creíamos conocer pasa a ser un misterio, un enigma. O que, quizás, siempre lo fue.



