
Berlinale 2026: crítica de «Narciso», de Marcelo Martinessi (Panorama)
Un joven fanático del rock and roll se mete en problemas cuando tiene éxito como DJ radial en la Paraguay dictatorial de Alfredo Stroessner.
A juzgar por los escenarios oscuros y lúgubres que dan marco a la historia que se cuenta en Narciso, la vida en Paraguay durante la dictadura de varias décadas de Alfredo «El Rubio» Stroessner fue algo así como un permanente sepulcro. El silencio, la parsimonia, el hablar para adentro y bajito era cosa de todos los días. La repetición de comunicados oficiales con alabanzas al líder, los símbolos patrios por doquier y un nacionalismo folclórico a prueba de todo, también. Para 1958, época en la que transcurre la historia, alguien como Narciso, un joven aficionado al entonces naciente rock and roll, era poco menos que revolucionario. Y al llegar su voz a un programa radial, mucho más.
Narciso Arévalos (Dino Romero) es el disparador de una serie de conflictos que se manifiestan de manera subterránea en la Asunción sepulcral de la época. Basada en la novela homónima de Guido Rodríguez Alcalá e inspirada en la figura de Bernardo Aranda, la historia transcurre con una radio como su escenario central, una que su programador principal y célebre locutor, Manuel Bermúdez (Manuel Cuenca), conduce con mano firme en compañía de su esposa Elvira (Mona Martínez). Su programación es tradicional y folclórica, una mezcla de música y avisos parroquiales –y del gobierno– propias de la época, en muchos casos con público en vivo.

Allí irá entrando el tal Narciso, un chico bien parecido y moderno que llama la atención de las jóvenes. Es por eso que, sin muchas ganas, terminan dándole un espacio para que presente canciones de las figuras rockeras más importantes de la época, como Little Richard, Chuck Berry, Elvis Presley y Buddy Holly, todos deliciosamente mal pronunciados. Narciso anuncia las canciones, el DJ las pasa y el joven hace los clásicos pasos de baile para el delirio de las chicas presentes. Pero esa no es la historia central, sino lo que sucede detrás de escena.
De a poco vemos que Manuel observa a Narciso con una atención inusitada. Y pronto se va haciendo evidente que el hombre tiene una doble vida y que recorre las peligrosas calles nocturnas de algunos barrios de Asunción en busca de sexo con otros hombres, tratando de encontrar a Narciso en ese universo. La llegada desde Estados Unidos de un enviado de la embajada de ese país –interpretado por el actor argentino Nahuel Pérez Biscayart con un simpatico acento gringo– se suma a las tensiones, ya que todos comentan por lo bajo que el hombre es un «invertido» y, por ende, peligroso.
En los entresijos de estos ambientes es que funciona la historia que cuenta el realizador de Las herederas, film premiado en la Berlinale 2018. A ocho años de aquel éxito, Martinessi regresa con otra historia que habla de las falsas apariencias y los secretos que son moneda corriente en la sociedad paraguaya, y que lo eran más aún en la etapa inicial y más fuerte de la dictadura de «el Rubio» (en el film nunca se menciona a Stroessner por su nombre), que es la que se retrata aquí. En cierto modo, la aparición de Narciso –quien conoció el rock en un viaje a Argentina y trajo esas «malas influencias» al Paraguay– funciona como un catalizador de todas esas pulsiones tapadas por la censura de la época.

La película es densa, sombría, con las características de un film casi de terror. No es casual, en ese sentido, que en la emisora tenga lugar a la vez una producción de una versión en formato radioteatro de Drácula, historia cuyos textos y diálogos funcionan muchas veces como metáforas de lo que en verdad se está contando aquí: un mundo de secretos deseos y encuentros sexuales que se tornan peligrosos. La publicidad oficial –que se escucha en el film como si surgiera de altoparlantes que recorren las calles– deja en claro que esas «desviaciones» sexuales serán severamente castigadas. Y la vida de todos los personajes funciona alrededor de ese anunciado terror.
Con algo de melodrama gótico, con una paleta de colores que abruma por su oscuridad, Narciso cobra más vida cuando nuestra joven pseudo estrella de rock (el tipo no canta, no hace karaoke, solo anuncia temas y bailotea un poco) se activa con la música «escandalosa» de la época y se permite mover la pelvis de un modo que se consideraba entonces peligroso. Al mejor estilo David Lynch, ese movimiento, en realidad, funciona como una suerte de conector entre el mundo que está arriba de la superficie y el otro, el que funciona reprimido y con temor al castigo, por debajo. Con todos los riesgos que eso implica.



