
Berlinale 2026: crítica de «Nina Roza», de Geneviève Dulude-de Celles (Competición)
Un curador de arte de origen búlgaro, radicado en Canadá desde hace 30 años, vuelve a su país natal a certificar si la obra de una artista de 8 años de Bulgaria la pinta ella o no. El viaje y el encuentro le remueven sus convicciones.
En Un poeta, la comedia dramática del colombiana Simón Mesa Soto, el talento para escribir poesía de una pequeña niña quedaba atrapado en medio de un juego político-cultural a partir de lo que los adultos opinaban acerca de lo que ella debía o no hacer con su arte. La película búlgara Nina Roza plantea una situación relativamente similar aunque, al menos en principio, un tanto más seria y si se quiere sofisticada. Como en aquel film, el protagonista de la historia no es el «artista natural» en sí sino el universo que lo rodea e intenta controlarlo, manipularlo, transformarlo en una commodity del mundo del arte contemporáneo.
En este caso el que narra la historia es Mihail (Galin Stoev), un curador de arte de origen búlgaro que vive en Montreal hace tres décadas. Viudo, con una hija adulta con la que no se lleva del todo bien y un nieto pequeño, Mihail no quiere saber nada con su país de origen y se burla de los deseos de su hija, Roza (Michelle Tzontchev), de enseñarle el idioma a su propio hijo. Hasta que una noticia del mundo del arte lo llama y convoca: hay una niña de ocho años llamada Nina (interpretada por las mellizas Ekaterina y Sofia Stanina), en una aldea en Bulgaria, que pinta unos cuadros increíbles que se han viralizado online. Pronto un coleccionista lo llama y le pide una tarea que no quiere hacer: volver a Bulgaria, ir a conocer a esa niña y ver si los cuadros en cuestión los pinta realmente ella o la ayudan.
Un poco a regañadientes Mihail parte a Sofia, ciudad a la que jamás había regresado desde entonces. De hecho, tiene problemas con el idioma por no hablarlo tanto tiempo. Inicialmente su mirada es áspera, desconfiada. Está seguro que hay «gato encerrado» y que la niña no es lo que dicen que es. Y cuando llega al pueblo en el que lo tratan, con humor, como extranjero («Hey, Canada«, le dicen), está convencido de que nada bueno saldrá de allí. De a poco va accediendo a la familia de la niña, pero Nina se mantiene alejada, hosca, sin querer saber nada ni con él ni tampoco con su propia obra. Lo único que quiere es ser una chica normal y jugar con sus amigos.

Nina Roza, como ya queda claro desde su título, conectará la historia de la pequeña pintora con las experiencias de Mihail con su hija Roza, en especial por su deseo de transformarla en algo que no es, o en lo que él quiere que ella sea. Algo similar pasa con la precoz pintora: la madre la estimula, la conecta con vendedores internacionales (la italiana Chiara Caselli tiene allí un breve pero importante rol), le arma sesiones de fotos, pero ella no quiere saber nada. De entrada, Mihail cree que tiene que ver con que no es ella la verdadera autora de los cuadros, pero pronto entenderá que no es necesariamente así. Y que la relación entre el arte y la vida pasa, para ella, por otro lado.
El film de Geneviève Dulude-de Celles se ocupa más de Mihail que de las niñas y eso, si bien no es del todo un problema, limita su universalidad. Es la historia de un hombre que, al enfrentarse a este raro prodigio artístico, no solo se cuestiona su propia mirada como curador y su relación con el arte, sino que se plantea qué es lo que hizo con su vida en todas estas décadas. Y con su paternidad. Y eso lo lleva a querer recuperar parte de su pasado, visitar a familiares y empezar a abrirse a aquello que lo llevó a irse del país y a romper casi todos los lazos con él.
Filmada con mesura, elegancia y –al menos durante la primera mitad– bastante humor, Nina Roza no es tanto una película sobre el arte en sí ni sobre los artistas ni sobre los que rodean ese universo, sino sobre lo que conecta el arte con el mundo, con el contexto en el cual se crea, el territorio que lo rodea y le da forma. Si bien la obra de la niña no es ni realista ni habla de lo que pasa a su alrededor, la única manera de que ella pueda plasmarla está ligada a estar ahí, en su lugar en el mundo, alejada de presiones comerciales y hasta académicas. Y si bien la lectura de la película, en cierto modo, puede pecar de tradicionalista, lo que la realizadora intenta contar es la historia de varios desarraigos. El que vivieron Mihail y Roza, y ese con el que ahora Nina tiene que lidiar.



