
Berlinale 2026: crítica de «Paradise», de Jérémy Comte (Panorama)
En este drama sobre conexiones online, dos jóvenes —uno de Ghana y el otro de Canadá— se ven unidos por sus respectivas búsquedas de información sobre sus padres ausentes.
Dos historias que nada parecen tener que ver entre sí se conectan en Paradise, un drama en el que se mezclan lazos familiares, relaciones románticas, algunas ideas sobre el colonialismo y, más que nada, los peligros de conectarse con desconocidos online. Hasta cierto punto en el que se conectan entre sí, Paradise parece estar contando dos películas a la vez, una de las cuales transcurre en Accra, Ghana, y la otra en un pequeño pueblo de Québec, Canadá. Pero las redes todo lo unen –o eso uno tiende a creer– y la película se centra más que nada en eso: los malos entendidos, las trampas, los trucos y las experiencias que se atraviesan cuando dos universos y realidades muy distintas entre sí terminan cruzándose en el mundo real.
Kojo (Daniel Atsu Hukporti) es un adolescente de Accra que trabaja, muchas veces a desgano, a las órdenes de su padre, un pescador estricto y tradicionalista de la zona. Tony (Joey Boivin-Desmeules) tiene más o menos la misma edad que él pero vive en Canadá, con su madre soltera, Chantal (Évelyne de la Chenelière) y dedica su tiempo a andar en skate con sus amigos. La única aparente coincidencia entre ambos es que fuman marihuana a escondidas de sus progenitores. El resto, parecen mundos opuestos.
Un día, el padre de Kojo desaparece en el mar y el chico queda a la intemperie, tratando de sobrevivir en las calles de Accra y ganándose la vida como puede. En Québec, en tanto, Chantal empieza a tener una relación online con un marino que está de viaje por Africa y toma la decisión de enviarle miles de dólares para sacarlo de un apuro, dólares que en parte los toma de los ahorros de su hijo. Cualquiera que haya visto un documental sobre engaños online –o leído sobre el tema en las noticias– sabe bastante bien qué es lo que está pasando allí: Chantal es víctima de lo que se llama phishing y le será muy difícil –si no imposible– recuperar el dinero.

Paradise encontrará la manera de conectar estas dos historias, estos dos continentes, realidades y adolescencias, tratando de ir más allá de los prejuicios, los temores y las ideas preconcebidas de cómo es el mundo por fuera de nuestra propia experiencia. Kojo y sus amigos pueden pensar, como víctimas del colonialismo, que el Primer Mundo es un lugar lleno de gente con dinero que merece ser castigado por saquear a países como el suyo. O, por lo menos, justifican sus actos criminales con ese discurso. Pero ni Chantal ni Tony son del todo eso. Lo mismo pasa al revés. Para Chantal Africa se vuelve un continente peligroso en el que, supone, son todos criminales. Pero tampoco es así. Y será Tony el que se atreva a investigar, a tratar de encontrar sino su dinero, algunas verdades.
La película de Jérémy Comte juega con estas confusiones y contradicciones, a veces metiéndose de cabeza en ellas y, en otras, torciendo las expectativas y mostrando cómo la solidaridad puede aparecer en lugares y en personas que son habitualmente mostradas de otro modo. La suya no es una mirada ni en exceso bienpensante pero tampoco cínica y cruel. Lo que intenta Paradise es dejar en claro que, pese a las enormes diferencias de ambiente y de experiencias de vida, los protagonistas no solo pueden terminar conectándose entre sí sino también entendiendo uno un poco más del otro, algo que las conexiones online raramente generan.
Si bien no es una película estrictamente sobre el phishing, Paradise pone este conflictivo tema en primer plano. La explotación de la sensibilidad ajena, de la baja autoestima o de la soledad surge como un miedo a tener en cuenta a la hora de conectarse virtualmente con gente desconocida, por más llamados telefónicos o videollamadas «reales» que se tengan. Sin exculpar a los que cometen estos delitos, la película de Comte intenta analizar un poco más en profundidad lo que pasa a ambos lados de esa –en más de un sentido– desigual relación de poder. Salvo por su frenético y un tanto excesivo final, lo hace con sutileza e inteligencia. En el mundo real, las cosas tienen mucho más matices que en la virtualidad.



