
Berlinale 2026: crítica de «Un hijo propio», de Maité Alberdi (Special Presentation)
La presión familiar para ser una madre lleva a Alejandra a meterse en problemáticas situaciones en este combo de documental y ficción rodado en México por la realizadora chilena.
La foto que ilustra (acá arriba) esta crítica no es una del detrás de escena del rodaje, sino de la película en sí. O, al menos, de una parte de ella. Aquí vemos a la realizadora Maité Alberdi coordinando una escena de un film que no es del todo ficción ni del todo documental, sino un híbrido que incluye el detrás de cámaras de la producción. En otras palabras: se trata de una historia real contada en parte como ficción, en parte como documental y unido en el medio por esos hilos que usualmente son invisibles y que tienen que ver con las ideas que trabaja la película y con el rodaje en cine.
La realizadora chilena de El agente topo filmó Un hijo propio para Netflix en México con la colaboración de dos guionistas argentinos (Julián Loyola y Esteban Student) en lo que es, esencialmente, una historia de la «crónica roja» mexicana, aunque una comparativamente ligera en relación a las que cubren usualmente los medios allí. Dicho de otro modo: la historia quizás no sea tan ligera pero la manera en la que Aberdi la presenta lo es. Contada como un extraño cuento de hadas, una mezcla entre drama familiar y relato policial, Un hijo propio empieza con una sesión de casting que da a entender al espectador que la reconstrucción de los hechos se hará con actores. Allí aparece Alberdi y distintos intérpretes hasta que finalmente el rol de Alejandra queda a cargo de Ana Celeste Montalvo.
¿Quién es Alejandra? Según su versión de los hechos, que narra en voz en off mientras vemos la puesta en escena ficticia de lo que cuenta, es una joven mexicana que se casó embarazada y que perdió su bebé al poco tiempo. Tras perder un segundo embarazo y presionada por su familia y, especialmente, por su marido, para tener un bebé, la chica se topa con un encuentro que le cambia la vida: en una clínica se choca con otra joven que tiene el problema opuesto ya que acaba de quedar embarazada y quiere abortar o darlo en adopción. Sin hablar con nadie ni entrar en ningún proceso legal, las dos acuerdan que ella le regalará el bebé a Alejandra ahí nomás en la sala de parto.

La primera mitad de la película se irá en contar esta historia, pero al llegar el hecho concreto las cosas se complican y no salen tan bien como estaban planeadas. Allí, Un hijo propio se apoyará más bien en la parte documental –sin dejar del todo de lado la ficción– para analizar no solo lo que pasó después de esa fallida «adopción» sino en todo lo que sucedió antes, pero ya no desde el punto de vista de Alejandra sino del de otros «actores» de ese hecho: abogados, testigos, víctimas, etcétera. La pregunta que queda flotando es: ¿hubo realmente un acuerdo entre las partes para una entrega del bebé o se trató de un simple y llano secuestro?
La película jugará con ambas posibilidades, encontrando un tono llamativamente ameno y hasta de cuento de hadas para una historia que bien podría haber sido narrada como un oscuro true crime. Es que la manera en la que Aberdi presenta a Alejandra resulta clave para entender la puesta en escena. Si bien las derivaciones de la historia presentan una situación bastante compleja y complicada, es evidente la empatía que existe entre la directora de La once y su protagonista, una mujer presionada por familiares, parejas y por el mandato social por ser sí o sí madre. Al perder repetidas veces el embarazo, la propia Alejandra parece empezar a confundir ella también ficción con realidad, sueño con pesadilla.
Es por eso que el combo de géneros es menos un gesto posmoderno de hacer un film híbrido solo por el hecho de hacerlo que un reflejo más o menos realista del estado de ánimo de la protagonista en cada instancia. La historia de esa chica ilusa, inocente, que solo quiere ser madre y que se topa con una posibilidad impensada de serlo está contada como un cuento de hadas porque así lo ve Alejandra. Cuando esa autoficción se choque con la realidad, las cosas cambiarán también. Pero la película igualmente sostendrá su mirada amable, cálida y llena de empatía para con la protagonista, por más que la prensa mexicana la convierta en un monstruo. Es esa mirada la que permite que Un hijo propio sea más que una propuesta ingeniosa. Es una amable fantasía acerca del mundo ideal que nos creamos cuando el mundo real se entromete para arruinarnos la ilusión.



