
Berlinale 2026 / Estrenos: crítica de «Buena suerte, diviértete, no mueras» («Good Luck, Have Fun, Don’t Die»), de Gore Verbinski
Un desaliñado viajero del tiempo reúne a un grupo de personas para ayudarlo a detener al creador de un sistema de IA del futuro que terminará provocando la caída de la humanidad. Estreno en Argentina: 12 de marzo.
A nueve años de su última película –y a veinte de su última más o menos decente–, Gore Verbinski regresa a la dirección con una comedia de acción, anárquica y ácida, que intenta ser una sátira de estos tiempos caóticos y convulsionados. Entre la ciencia ficción, el absurdo y la aventura, Good Luck, Have Fun, Don’t Die bien podrían ser una serie de episodios de Black Mirror pegados entre sí, con mucho presupuesto y un ritmo más propio de una gran producción cinematográfica. En esencia, se trata de una comedia por un rato divertida acerca de la obsesión por la tecnología –redes sociales, inteligencia artificial, todo a través de los teléfonos móviles– cuyo chiste termina agotando un rato antes de llegar a sus extensos 134 minutos. Pese a sus excesos, es lo más efectivo y simpático que el director hizo desde las épocas de sus iniciales (y mejores) Piratas del Caribe.
La película presenta una premisa propia de la ciencia ficción –un combo de Terminator, Volver al futuro y Total Recall–, pero a la vez muy relevante para los tiempos que corren. Sam Rockwell encarna a un hombre con aspecto más de homeless que de viajero en el tiempo que dice venir del futuro y se aparece en un famoso restaurante de Los Angeles (el icónico local de Norms en La Cienega Blvd.) advirtiéndole a todos que lo que viene será terrible y que abandonen la adicción por los celulares porque eso será lo que nos conduzca al cadalso. Todos obviamente lo ignoran y siguen hundidos en sus móviles. Es que el tipo, convengamos, tiene un aspecto de filósofo loco de esos que creen en el fin del mundo y andan a los gritos por la calle amenazando a la gente, pero por algunas cosas que dice parece saber de lo que habla. Más que nada porque conoce los nombres de muchos, qué están haciendo, qué pedirán para comer y así.
Su explicación es la siguiente: el hombre les dice que ya ha repetido más de cien veces ese viaje tratando de armar con los comensales un equipo de gente para cumplir la misión de detener al que, asegura, es el creador de esa tecnología que nos aniquilará en el futuro. Y nunca logra su cometido. Este es uno de esos tantos viajes y quiere volver a intentarlo, incorporando gente que no conoce también. Como es lógico, nadie acepta su convite, hasta que con sus amenazas –carga o dice cargar con una bomba– y sus ácidas críticas respecto a sus hábitos –todos están realmente embobados con sus móviles– termina reuniendo a un grupito que incluye a una pareja (Zazie Beetz y Michael Peña), una mujer silenciosa y con cara de perturbada (Juno Temple), una chica con cara de pocos amigos pero vestida como una princesa (Haley Lu Richardson) y algunos pocos más.

De ahí en adelante la película se armará a modo de episodios y es ahí donde más se parece a Black Mirror, ya que se cuenta el pasado de varios de los miembros de este grupo y qué les llevó a aceptar a misión, ya que en todos los casos la adicción por la tecnología les arruinó la vida. Un episodio transcurre en una escuela donde los alumnos no responden a los docentes y no miran otra cosa que sus celulares, otro está ligado a cómo la tecnología trata de resolver los a esa altura comunes asesinatos en escuelas y uno se relaciona más con un personaje que desarrolla una fobia al wifi y a las señales de teléfonos móviles. Cada pequeño cuento se cierra en sí mismo pero de a poco se va conectando al eje central, ya que todo está ligado a estos nuevos desarrollos tecnológicos de IA que están controlando la mente de las personas 24 horas al día.
El problema que critica y el inicio de la aventura –que vuelve al «presente» del grupo y su complicada misión una y otra vez– es lo mejor que tiene la película, ya que promediando el relato Verbinski termina armando un relato de acción y suspenso apenas un poco más delirante y bizarro que lo habitual, pero tampoco tanto, como si la realización de la película no pudiera despegarse de los formatos, algoritmos y hasta de la Inteligencia Artificial que dice criticar. La forma «adictiva» en la que está contada la película y el tipo de imágenes que presenta, en el fondo, no son tan distintas a las que ven todos embobados en sus teléfonos en la ficción. La línea entre la crítica y la aceptación de una cultura adicta al bombardeo sensorial constante es aquí muy delgada y en un punto se rompe.
Pero al menos durante su primera mitad –y luego, en algunos momentos curiosos y observaciones graciosas–, Buena suerte… resulta entretenida, algo salvaje y bastante certera en sus dardos a la cultura online y, sobre todo, al rol acrítico que los jóvenes parecieran tener al respecto. En algún punto la película se presenta como una guerra generacional entre gente un tanto más madura (los integrantes del grupo pasan todos los 30 años, «ancianos» para los más chicos) que ve con cierto espanto la adicción a los móviles y los más jóvenes, que no parecen ser capaces de sacar los ojos de videos de gatitos, potenciales parejas sexuales o bailes virales en continuado. A tal punto es así que, en buena medida, los rivales que intentan impedir que «nuestros héroes» cumplan con su cometido, son en su mayoría adolescentes. Luego veremos que hay algo más escondido en esa «devoción total», pero en el fondo el planteo es el mismo.
El problema del guión de Matthew Robinson es su imposibilidad de salir de la fórmula a la hora de avanzar con su trama. Hay algunas sorpresas y conexiones quizás inesperadas entre los distintos personajes y sus historias, pero la segunda hora del film es una cadena de escenas de acción repetitivas que no son otra cosa que la versión cinematográfica de ver videos de gente bailando en TikTok: generan la misma adicción, no se terminan nunca y uno tiene la sensación de que se pasó una hora entera sin ver realmente nada. La película es consciente de esa ironía, pero no la evita sino que la abraza. Y allí queda en evidencia que la batalla contra las fórmulas, los algoritmos y la Inteligencia Artificial es mucho más compleja de lo que parece.



