
Estrenos online: crítica de «La reina del ajedrez» («Queen of Chess»), de Rory Kennedy (Netflix)
La prodigio húngara del ajedrez Judit Polgár desafió al campeón Garry Kaspárov y a su controlador padre rompiendo las barreras de género para hacerse hueco entre los grandes de este juego.
El ajedrez, se sabe, es un deporte difícil de filmar, de explicar en un documental, de sintetizar. Existen, se ha visto, varias formas de hacerlo. Y ninguna es del todo efectiva: por su limitado enfoque o por sus obvios agujeros e inconsistencias. En Queen of Chess, Rory Kennedy tomó la decisión de limitar su biografía a dos aspectos esenciales de la vida y la carrera de Judit Polgár, considerada la mejor ajedrecista de la historia. Por un lado, su peculiar historia familiar. Y por otro, su rivalidad con Garry Kasparov, quizás el mejor jugador de ajedrez –sin distinción de sexo– de todos los tiempos. Por fuera queda casi toda su carrera deportiva contra otros jugadores (hombres o mujeres), sus triunfos y derrotas, y apenas alguna mención se hace de su ranking y no mucho más.
Es una decisión entendible en términos dramáticos aunque un poco limitada en alcance. Suficiente, sin embargo, para crear un entretenido documental que recuerda y celebra la carrera de Polgár. El hecho dramático más relevante tiene que ver con su historia familiar. Nacida en 1976, Judit la segunda de tres hermanas húngaras de una familia muy humilde. Su padre, László, había decidido hacer una suerte de experimento con sus hijas. Con la idea de salir de la pobreza, el hombre se puso a estudiar la vida de los grandes genios de la historia y sacó como conclusión que tenía que educar a sus hijas de una forma estricta y casera para especializarlas en un solo tema. Y las convirtió, desde muy pequeñas, en ajedrecistas 24 horas al día. La escuela y todo lo demás, un asunto secundario…

Pese a todos los red flags que se levantan (más ahora que entonces) ante una decisión así, el experimento del Señor Polgár funcionó y pronto sus tres hijas eran campeonas de ajedrez, ganaban torneos contra mujeres más grandes y –tras convencer a las autoridades del país entonces comunista de dejarlas salir al exterior– representaron a Hungría en campeonatos internacionales y hasta en los juegos olímpicos de ese deporte. Allí quedó claro que Judit era la superdotada del grupo y en muy poco tiempo –antes de cumplir los doce años– ya era la número uno y tenía la categoría de Master, similar a la de Faustino Oro, el prodigio argentino que llama hoy la atención del mundo.
Con ese asunto definido, el documental se ocupa de los intentos de Polgár de meterse en la pelea por ser la número uno en general, no solo entre las mujeres, algo impensado en la materia. Y más entonces, época en la que era muy común escuchar a los ajedrecistas varones decir que las mujeres no eran lo suficientemente inteligentes o mentalmente estables para competir con ellos. Pero Polgár se metió en la pelea y se puso a competir con ellos en torneos por el mundo.
La reina del ajedrez se centrará de ahí en adelante en sus diversos intentos a lo largo de muchos años de derrotar a Garry Kasparov que, en los años ’90 y principios de los 2000 (época en la que transcurre el grueso del film), era el mejor del mundo indiscutido, además de ser un tipo agresivo, canchero y un tanto soberbio. Y su lucha, en esta específica batalla, organizará el resto del documental de un modo entretenido, aunque algo sesgado en cuanto al resto de su extraordinaria carrera.

La reina del ajedrez, gracias a su extenso material documental, permite recuperar una época en la que ese deporte tenía más peso mediático del que tuvo luego, además de observar los cambios tecnológicos y estéticos. El documental quizás sea un tanto confuso para los que no entienden los detalles del juego ya que se cuentan momentos específicos de algunas de sus tensas partidas con Kasparov que quizás sean complejos de entender. De todos ellos el más claro y dramático es el que tuvo lugar en su primer encuentro con él, uno en el que Garry rompió una regla ética del deporte (algo así como «pieza tocada, pieza movida») y se hizo el tonto…
La película intenta meterse más en las potenciales consecuencias psicológicas del tipo de educación montada por el padre de las niñas, pero si bien las tres admiten de adultas que pudo haber sido una exigencia brutal para ellas, es algo que solo notaron de grandes, cuando tomaron algunas decisiones respecto de sus vidas. Difícil saber cuál es la verdad y si hay algún síntoma de daño psicológico por ese tipo de entrenamiento. Ellas no lo niegan del todo, pero aún así reconocen que nada de lo que lograron, especialmente Judit, podía haberse hecho sin esa demanda. El padre, que aparece entrevistado, cree de hecho que se quedó corto y se nota su frustración porque Judit no logró ser la número uno indiscutida superando a todos los varones. Para él, da la impresión, las hazañas de su hija no fueron suficientes.



