
Estrenos: crítica de «Líbralos del Mal» («Keeper»), de Osgood Perkins
Una pareja, para celebrar su aniversario, hace una escapada romántica de fin de semana a una cabaña aislada. Cuando Malcolm regresa repentinamente a la ciudad, Liz queda aislada y en presencia de un mal indescriptible. Estreno en cines: 12 de febrero.
Siendo alguien no particularmente especializado en el terror –nunca fue uno de mis géneros favoritos y tengo algunos agujeros negros en mi «historia clínica»–, tengo la impresión de que los cineastas que mejor se manejan con el género son aquellos que saben plasmar universos y lógicas personales, crear imágenes sorprendentes y únicas, y generar más inquietud y angustia que susto. Osgood Perkins es uno de esos cineastas. Uno no va a ver sus películas buscando entender sus tramas, siquiera demasiado sus metáforas. Va a llevarse imágenes inquietantes, sensaciones desconocidas, climas ominosos y criaturas incomprensibles. Pasó con el personaje de Nicolas Cage en Longlegs. Y vuelve a pasar acá, ya verán cómo…
La más convencional El mono no terminaba por funcionar por esa ausencia de vuelo, por su factura más pedestre y –a su modo– convencional. Keeper es todo lo contrario. Si bien el planteo que presenta de entrada es prototípico, muy poco de lo que sucede después lo sigue siendo. Perkins toma una situación clásica del cine de horror –una parejita que va a pasar unos días a una casa perdida en medio de la nada, como en la reciente ¡Ay, hola!— para luego desarmarla en partes y, sobre todo, formalmente pervertirla. Seguirá siendo una película, si se quiere, sobre la batalla de los sexos o sobre la masculinidad tóxica. Pero en un sentido más cinematográfico, será una experiencia más angustiante que aterradora, más tenebrosa que brutal.

Interpretada por Tatiana Maslany –una gran actriz a la que el cine no ha sabido aprovechar tan bien como lo han hecho las series–, Liz acompaña a su reciente pareja, Malcolm (Rossif Sutherland), a pasar unos días a una casa de campo que este doctor tiene en algún perdido paraje boscoso. Ella no está del todo convencida del asunto pero decide poner las fichas en este amable médico que no tiene aspecto de ser un potencial problema. Aunque si uno prestó atención a la impactante escena que abre la película –en el que vemos a distintas mujeres a lo largo de las épocas empezando con sonrisas y miradas relaciones ománticas que luego terminan muy mal– hará bien en sentir un cierto escozor.
Todo parece bien encaminado en esa bella casa en el bosque hasta que aparece Darren, un primo de Malcolm, un intenso de aquellos encarnado por Birken Turton, que se aparece con una chica estilo modelo rusa que parece no hablar inglés. Nada grave sucede allí pero ya la cosa prueba ser un poco menos idílica que lo pensado. Y la chica rusa con dos palabras y una mirada le hace (y nos hace) pensar que Liz se metió en una complicada. Cuando Malcolm insista en que pruebe la torta de chocolate que le dejó la casera, uno sabe que no es el mejor plan posible. Ella lo sabe también pero su insistencia gana la partida y Liz a su pesar la prueba.
De ahí en adelante la mujer empieza a tener una mezcla de visiones y pesadillas en las que ni ella ni el espectador sabe qué de todo lo que ve está sucediendo o ella lo imagina. Como si estuviera dopada, Liz duerme, se levanta, ve cosas raras y ominosas para volverse a dormir. O acaso nunca se levantó. En medio de esos mareos, Malcolm le dice que se va a la ciudad por una urgencia que tiene como médico y la chica queda sola. Pronto sonará la puerta y será el primo el que la visita. Y a partir de allí todo empezará a tomar carriles aún más oscuros. Pero no será de la manera en la que lo imaginan –nada es del todo convencional aquí, ni aún dentro de los parámetros del género– sino de una mucho más surrealista, tenebrosa y extravagante.

Maslany logra ser lo suficientemente convincente como para que el arsenal de visiones que empiezan a atormentarla no se vuelvan absurdas ni ridículas. «Tengo la sensación de haber consumido algún hongo«, le dirá a una amiga cuando la llame en su angustiante soledad. ¿Será eso lo que sucedió o las extrañas visiones de mujeres encapuchadas y deformes que ve están realmente ahí? ¿Y cuál es el hilo que conecta su experiencia con las de las otras mujeres que vimos amar y sufrir antes? Perkins les dará a aquellos que buscan explicaciones una cronología más o menos coherente de qué es lo que está sucediendo y de dónde viene, pero esos flashbacks son casi contraproducentes y terminan cerrando puertas a posibles y más abiertas interpretaciones de lo que pasa.
Libralos del mal –una traducción al castellano un tanto incomprensible– es inquietante en un sentido en el que el cine de David Lynch supo serlo. El hijo de Anthony Perkins tiene esa capacidad de generar climas ominosos y espeluznantes, de esos que funcionan mejor si uno no tiene una clara idea –como pasa en los films de Lynch– de dónde vienen o qué función cumplen. El efecto aquí no es estrictamente el de asustar al espectado: si bien hay varios jump scares distribuidos a lo largo de la película, lo esencial pasa por otro lado, por meterse en la piel de esa mujer que va viendo cómo el mundo a su alrededor se va descomponiendo mientras empieza a darse cuenta que no hay mucho que pueda hacer para escapar a su destino. Debería haberlo sabido de entrada: un tipo que viste un sweater beige con botones y te insiste en que comas una torta de chocolate tiene sí o sí que ser peligroso…



