
Series: crítica de «Portobello», de Marco Bellocchio (HBO Max)
La vida de un popular conductor de la TV italiana cambia de un día para otro cuando mafiosos arrepentidos lo denuncian como uno de los integrantes de la organización. Desde el 20 de febrero.
A través de una larga carrera que se extiende por más de seis décadas –su primer largo, Las manos en los bolsillos, es de 1965–, el cineasta Marco Bellocchio ha encontrado la forma de retratar la Italia contemporánea sin caer en los recursos o registros más convencionales del realismo social. Hay un punto justo, en su cine, en el que la realidad y el absurdo se mezclan de una manera que es propia pero que a la vez refleja el amplio espectro –de lo crudo y violento a lo incomprensible y ridículo– en el que se mueve la vida en ese país. Pero Bellocchio jamás se corre hacia la sátira, la parodia o la comedia plena. En su cine, todo está entrelazado. Es una convivencia natural, fluida, que no llama la atención sobre sí misma. Al menos, hasta que se corren sus velos.
Portobello es la nueva serie que este prolífico realizador de 86 años dirige tras la exitosa Esterno Notte, de 2022, que se había centrado en el caso Aldo Moro, que el propio Bellocchio había tratado desde otro punto de vista en la extraordinaria Buongiorno, Notte (2003). La nueva miniserie se inicia en la misma etapa histórica, a fines de los años ’70, pero el grueso de su drama tiene lugar en los ’80, década en la que el país estuvo metido de lleno en las investigaciones y condenas de líderes de diversas organizaciones mafiosas, a partir de los testimonios de muchos arrepentidos.
El mundo de Enzo Tortora (Fabrizio Gifuni, que interpretó a Aldo Moro en Esterno Notte) nada tenía que ver con eso cuando Bellocchio arranca a contar su historia. El hombre es un presentador de televisión que empieza a disfrutar del éxito de un show de variedades que va los viernes por la RAI y que es visto por millones de personas. Llamado «Portobello» –así se llama un loro al que los espectadores tienen que hacer repetir su nombre–, es uno de esos programas caros a la TV de antaño en el que se presentaban músicos, artistas y personajes excéntricos, en este caso en el marco de un mercado en el que inventores vendían sus productos a la audiencia o se juntaba dinero para distintas causas. La serie no profundiza en el show porque su circense estructura funciona más que nada como metáfora de ese supermercado caótico en el que se iría a convertir su vida cuando aparezca la Camorra napolitana en el mapa.

En paralelo a la historia de Tortora, Bellocchio nos muestra la vida en prisión de varios miembros de la Nuova Camorra Organizzata (NCO) en momentos en los que se empieza a fracturar la organización dirigida por Raffaele Cutolo. Ya en los ’80, uno de sus lugartenientes, un personaje obsesivo y extraño llamado Giovanni Pandico (Lino Musella), obsesionado con Tortola y molesto porque en su programa jamás tomaron en cuenta unos paños de encaje que les había enviado, decide incorporar al conductor en su amplia denuncia contra centenares de miembros de la organización, asegurando que ese envío –y sus posteriores derivaciones– era de cocaína y que Tortola era un alto miembro de la NCO. En el furor por acabar con estas organizaciones, el hombre será detenido, encarcelado e investigado.
De un modo un tanto inconcebible pero en contexto probable, la serie irá mostrando cómo ese caso enreda y transforma la vida de Tortola. De la noche a la mañana, el conductor del programa más visto de la TV italiana, con 28 millones de espectadores por semana, será detenido, enviado a la cárcel y sujeto a una investigación que no tiene demasiado sentido ni lógica pero que se va agrandando por su fama, por el contexto en el que tiene lugar, y por las particularidades y excentricidades de sus denunciantes. Es que lo que empieza por Pandico va creciendo –a partir de la repercusión del caso– hasta incorporar a otra serie de sujetos que tienen también una supuesta relación con Tortola que evidencia su conexión mafiosa. «Esto es teatro del absurdo», dirá el conductor cuando le digan de que lo acusan. Y no sabe lo que le espera.
Portobello nunca pone en duda la inocencia de Tortola, un hombre al que se muestra, más allá de algún detalle personal, como ímprobo y de una ética intachable. La serie no se mete demasiado en el tema –quizás porque la RAI es una de sus productoras–, pero queda bastante claro que su canal lo abandona en medio de un clima mediático acusatorio y brutal que da por sentado su culpabilidad sin pruebas reales en su contra. Esa paranoia mediática es una de las conexiones más relevantes entre ese hecho que sucedió cuatro décadas atrás y lo que pasa hoy, transformando a la serie en una mirada crítica sobre los linchamientos mediáticos y de redes sociales, a la vez que presenta una mirada más que áspera respecto a la justicia y sus manejos políticos.

A través de sus seis episodios la singularidad del evento va cobrando proporciones bizarras con la aparición de otros «denunciantes» que sostienen haber conocido a Tórtola en circunstancias igualmente criminales. Los últimos dos son los más impactantes y se apoyan, como su reciente film El traidor, en el juicio en sí, uno de esos ruidosos y caóticos teatros públicos en los que supuestamente se hace justicia en Italia. Absurdo, divertido, irritante y doloroso por igual, es un espectáculo que merece ser visto para entenderse, algo que puede ser tremendo para los participantes pero que, para los espectadores, resulta fascinante por su circense funcionamiento.
De a poco Bellocchio va incorporando algunos elementos entre oníricos y metafóricos al relato, que no son muchos pero que van invitando al espectador a observar un hecho policial que va tomando características cada vez más extrañas con el paso del tiempo, de las denuncias y de los personajes que aparecen. Otros apuntes del realizador –el retrato detallado y cuidadoso de personajes en apariencia menores, como un fiscal o un denunciante menor, o la observación de las ratas que van y vienen por los pasillos de diversas instituciones– van dándole potencia a una serie que se conduce sin prisas pero sin pausas por los recovecos más extravagantes de la política, la mafia y, sobre todo, la justicia italiana.
Si bien el centro es el drama personal de Tortola (Nota: se recomienda no entrar a Wikipedia si quieren conservar la intriga acerca de cómo concluyó todo esto), Portobello es una clase maestra de un cineasta que, como su par Clint Eastwood, puede contar una historia sin apresuramientos ni atajos narrativos, deteniéndose en detalles, pero siendo a la vez muy potente en cuanto a su intriga y a sus implicancias reaes. Quizás su modo de contar pueda no ser estrictamente clásico –su construcción dramática responde a criterios más propios y personales de organización narrativa–, pero a su manera Bellocchio va directo al grano. Y la incredulidad de Tortora, que no logra entender cómo terminó enredado en un caso así perdiendo casi todo en el camino, será la misma de los espectadores que vean este teatro del absurdo convertido en realidad.



