
Series: reseña de «En el barro – Temporada 2», de Sebastián Ortega (Netflix)
Con nuevas reclusas que llegan a la cárcel continúa la serie centrada en las desventuras de las presidiarias en la caótica prisión conocida como La Quebrada. Desde el 13 de febrero en Netflix.
A solo seis meses de la primera temporada, Netflix estrena la continuación de En el barro, la serie centrada en las desventuras carcelarias de un grupo de mujeres, manteniendo algunas de las protagonistas de la anterior y sumándole varias nuevas o que cobran mayor peso en la trama que antes. Nada ha cambiado en cuanto a formato y estilo: la fórmula ha dado muy buenos resultados —En el barro fue la serie argentina más vista de la segunda mitad del 2025– y lo que funciona, se sabe, no se toca. Se mueve un poco, se lo pinta de otro color, se le hacen un par de retoques y listo.
El «retoque» principal es la aparición de Eugenia «La China» Suárez como coprotagonista, interpretando a Nicole, una recién llegada a la prisión conocida como La Quebrada. La chica hace salidas, junto a varias otras, a boliches, bares y fiestas en los que funcionan como «viudas negras», seduciendo, durmiendo y robando a clientes. Todo esto está bajo el control de la nueva capa del lugar, la temible Gringa Casares, que encarna Verónica Llinás con una muy creíble convicción. La Gringa la tiene además a Nicole de amante. O algo así. Es suya, digamos, y no hay mucho que la chica pueda hacer o decir para oponerse. Ella tiene una historia en paralelo con Solita (Camila Peralta), pero nadie debe enterarse del asunto.

La temporada se pone en marcha a partir del regreso de Gladys Guerra (Ana Garibaldi), que es víctima de una trampa en un atraco y vuelve a la cárcel, donde la Gringa reina y la Zurda (Lorena Vega) trata de hacer sus negocios. Uno de los primeros conflictos fuertes que tienen lugar allí es el asesinato de una de las presas que vio algo que no debía haber visto y fue pasada a cuchillo de manera furibunda. Esa muerte moviliza a las presas y lleva a recambios de alianzas. A la vez, Gladys usa a dos de las chicas para que le hagan un favor personal: secuestrar a un piloto de coches, hijo de una familia mafiosa, para negociar con sus enemigos de afuera. Y no tienen mejor idea que dejar al secuestrado en un rincón de La Quebrada.
La nueva encargada de la cárcel, Beatriz (Inés Estévez), hace sus propios negocios y alianzas internas mientras tiene algo con el siniestro Antín (Gerardo Romano) y, entre las novedades, se suma también Julieta Ortega como Helena, una maestra que cayó detenida por haber tenido una relación sentimental con un alumno suyo menor de edad. En medio de todo esto, las habituales peleas, traiciones, la lucha por el tráfico de drogas, fiestas, algo de sexo y una mezcla de descontrol y tensión que se acumula y agranda con el paso de los episodios.
La fórmula funciona más allá de que En el barro esté siempre al borde de caer en una suerte de glamorización del caos carcelario, una vida que se presenta como descontrolada pero curiosamente atractiva, musicalizada como si fuera una fiesta en el conurbano y con un ritmo y un tipo de relaciones que replican algunos lugares comunes de ese tipo de escenarios en versión televisiva. La serie es directa y cruda –no es apta para niños, eso es claro de entrada– y tiene las escenas de desnudos y de sexo que, uno puede suponer, la producción espera se conviertan en virales y lleven a los espectadores pendientes de lo que haga o deje de hacer la «China» Suárez a prestarle atención al asunto.

Por lo demás, En el barro –como lo fue en un momento El marginal— ya poco interés tiene en formular algún tipo de crítica al sistema carcelario. El caos es igual adentro que afuera y, por más simpatía que pueda generar algún personaje, los comportamientos se vuelven repetidos, pasando de la auto-defensa a la venganza y de ahí a la crueldad por sí misma. El formato elegido en la serie original resultó ser un éxito y, tomando en cuenta lo bien que le fue a En el barro en su primera temporada, era obvio que nadie pensaba modificarlo.
Llinás se luce y ocupa junto a Estévez los roles que antes tenían a su cargo Cecilia Rosetto o Rita Cortese (se extraña, eso sí, a Juana Molina). Y Suárez se encarga de la cuota «chica linda» de la cárcel que antes recaía en Valentina Zenere. Hay, además, cameos y pequeños roles (y reapariciones) de otros famosos que no conviene adelantar. Una de las mejores cosas que la serie tiene es la solidez de todo su elenco secundario, tanto en lo que respecta a las caras conocidas (Camila Peralta, Lola Berthet, Carolina Kopelioff y otras), como las muchas actrices ignotas (o que, admito, yo no conozco) que completan el elenco carcelario. Todo el grupo hace mucho para aportarle la televisiva credibilidad que En el barro sigue teniendo.



