
Series: reseña de «The Rainmaker», de Jason Richman y Michael Seitzman (Universal+)
Un joven abogado en ascenso es despedido de un estudio de élite y termina trabajando con una abogada de poca monta hasta enfrentarse a su antiguo empleador en un juicio por negligencia.
En los años ’90, Hollywood se desvivía por adaptar las novelas de John Grisham, un autor cuya especialidad eran los thrillers sobre abogados. Películas como El informe pelícano, El cliente y Tiempo de matar, entre otras, salieron de esa factoría de entretenimiento popular y accesible que tenía –por los elencos y por sus directores, más que nada– una cierta dosis de prestigio. Una de las últimas películas de esa moda la dirigió Francis Ford Coppola y se llamó The Rainmaker (en América Latina fue El poder de la justicia y en España, Legítima defensa). Protagonizada por un entonces poco conocido Matt Damon, acompañado por un elenco que incluía nada menos que a Mickey Rourke, Danny DeVito, Jon Voight, Claire Danes, Danny Glover y Roy Scheider era un sólido thriller que presentaba una mirada muy crítica de la justicia y, sobre todo, de las empresas que comercian con la salud de la gente.
La idea de combinar entretenimiento popular con una capa de prestigio pudo haber estado presente a la hora de retomar The Rainmaker como serie, pero en la práctica lo que triunfó fue lo primero. Poco y nada tiene esta adaptación del lustre profesional, del elenco y de la mirada crítica de la novela y del film de 1997. En su lugar lo que hay es una muy básica y accesible historia que, usando algunos de sus mismos elementos y otros nuevos, se presenta como una mezcla entre telenovela y thriller que ya no es solo judicial porque incluye elementos ajenos a la trama original.
El punto de partida es similar. En South Carolina, Rudy Baylor (Milo Callaghan) se acaba de recibir de abogado y consigue un puesto en el prestigioso estudio Tinly Britt, liderado por un tal Leo Drummond (John Slattery, «Roger Sterling de Mad Men«, para los amigos), pero tras una tensa situación en el primer día de trabajo lo echan. Rechazado por otros estudios prestigiosos, termina trabajando para uno de esos abogados de mala reputación a los que se conoce, en la jerga legal, como «ambulance chasers» («caranchos«, le dirían por acá), un poco a la manera de Saul Goodman en Breaking Bad. Su dueña, Jocelyn “Bruiser” Stone (Lana Parilla), lo toma a regañadientes, y lo pone a trabajar junto a Deck Shifflet (P. J. Byrne), un empleado suyo que tiene más calle que títulos.

Su estudio termina tomando como cliente a Dot Black, una mujer afroamericana que quiere llevar a juicio al hospital al que fue su hijo con gripe y del que salió muerto. La defensa del hospital, previsiblemente, la lleva Tinly Britt. Como dato importante, la novia de Rudy, Sarah (Madison Iseman), trabaja en ese estudio, complicándolo todo más aún. Y así están planteadas las cosas. Hay, además, dos subtramas que se irán incorporando a la central. Una de ellas involucra a una vecina de Rudy a la que su marido maltrata psicológica y físicamente. Y la otra tiene que ver con un enfermero de ese hospital, Melvin, quien tiene todo el aspecto de usar sus conocimientos médicos con fines criminales.
Cómo todo esto conecta entre sí se irá viendo con el desarrollo de los diez largos episodios de la primera temporada. Si bien la trama sigue parámetros más o menos similares a los del film, el tratamiento que tiene en la serie es bastante más básico y banal. Desde la fotografía, la puesta en escena, los diálogos, el humor, la música y hasta las escenas de sexo queda claro que este Rainmaker no se toma muy en serio a sí misma, que parte de esta áspera historia de enfrentamiento judicial entre los grandes bufetes y los más «populistas» –y entre la gente común y las grandes empresas de salud– como una excusa para armar un entretenimiento sin mucha tela real para cortar.
Cuando Bruiser –que en la película era un hombre y lo interpretaba Rourke– dice en el tercer episodio algo así como “solo necesito tres cosas: bourbon de Kentucky, un buen filete y un hombre que no pase la noche conmigo” mientras mira de un modo sensual a un agente del FBI, uno no necesita más detalles para saber qué es lo que está viendo. Y cuando Rudy y su novia Sarah tengan sexo en una cocina, en una pausa del importante examen que les permite revalidar sus títulos, también. Lo mismo sucede con la banda sonora (de canciones de música country, fundamentalmente), que irrumpe de modo estridente y sin relación alguna con lo que está sucediendo en la trama. Y casi todo lo demás también. No hay mucha consistencia dramática, tonal ni actoral. Hay un compilado de potenciales escenas de impacto que se pegan una detrás de otra. Y listo.
Es claro que Slattery –aún sin esforzarse– juega en otra liga y cada vez que aparece en The Rainmaker la serie cobra algo de vida. Pero no hay muchos otros elementos aquí de los que agarrarse, especialmente cuando la serie empieza a abandonar los temas legales para incorporar una lógica más propia de las tramas sobre asesinos seriales y sus crueles comportamientos. Es curioso que la serie no aproveche para nada los temas actuales que trata la novela –la salud en los Estados Unidos fue un problema en los ’90 y lo sigue siendo ahora–, dejando a su trama como algo mucho más genérico y menos específico de lo que podría haber sido. Quizás sus creadores no quisieron «molestar» a parte de su público tocando un tema ligado a la política. Y por eso prefirieron hacer una serie anodina y convencional que no ofende pero que tampoco atrapa.



