
Series: reseña de «Vecinos», de Harrison Fishman y Dylan Redford (HBO Max)
Esta serie documental de seis episodios toma en cada uno de ellos dos casos de largas e intensas disputas entre vecinos. Producido por Josh Safdie.
No suelo escribir en estas páginas sobre los incontables reality shows y series documentales que pululan por las plataformas. Si bien algunos están bien, por lo general son el fast food del streaming: la comida rápida y barata para mantener espectadores fieles. A juzgar por el crecimiento del formato y los ratings, funcionan. Y como suelen ser baratos de producir, se hacen cada vez más. Vecinos me llamó la atención por tener a Josh Safdie y Ronald Bronstein como productores. Sí, director y guionista de Marty Supreme. Josh y su hermano Bennie han dejado en claro su fascinación por personajes extravagantes y bizarros –tanto en sus películas como en sus entrevistas– y me parecía que acá había una oportunidad de encontrar una rareza, como lo son las series de Nathan Fielder o la extraordinaria How To…, de John Wilson.
Pero no es así.
Más allá de su extrañeza, de los imposibles personajes que retrata y de las situaciones que atraviesan, esta serie que sigue dos historias de disputas vecinales por episodio me dejó un regusto amargo. No solo por las personas que viven estas historias y sus delirantes preocupaciones sino también por el tono burlón con el que están contadas. Se trata de una serie sobre personajes patéticos metidos en peleas igualmente patéticas por dos metros de terreno o los olores que una casa tiene que no solo quieren ser filmados sino que juegan con ideas aún más peligrosas. Y los documentalistas los retratan exacerbando ese patetismo, que en un momento deja de dar risa para dar pena.

Lo cierto es que Vecinos funciona, indirectamente, como un retrato de los habitantes de un país que se ha vuelto cada vez más excéntrico y disfuncional. Si bien en todos lados debe haber personajes similares y conflictos entre vecinos por temas absurdos –estoy seguro que casi todos los lectores tienen alguno–, los de los estadounidenses lucen particularmente excesivos, casi un catálogo de clichés que parecen sacados de la ficción. De todos modos, si uno ve el documental The Perfect Neighbor, cuyo conflicto entre vecinos arranca de un modo similar y termina con una persona muerta, sabe que estos problemitas no son tan menores como inicialmente parecen serlo.
En los tres episodios emitidos hasta el momento hemos visto vecinos pelearse por mínimas porciones de terreno en conflicto legal, acusarse de espionaje, por alguien que armó una granja en un lugar poco habitual (con lo que eso implica), por los accesos a playas públicas, por una mujer que tiene decenas de gatos y así. Todo se exacerba continuamente o al menos eso parece en la edición que hacen en la serie. Y los propios documentalistas –que en algunas ocasiones terminan siendo parte del asunto– no hacen nada para evitarlo, al punto de que en un momento circula un arma y nadie sabe bien si está o no cargada.
Quizás todo eso sea parte del circo que los propios «vecinos» exageran para las cámaras. Quizás así sean muchas convivencias en ese país. Lo cierto es que no es un tono ni un clima en el que uno quiera pasar tiempo tomando en cuenta lo violenta y exasperantes que están siendo las relaciones sociales en los últimos años, sea en el mundo virtual o en el real. Neighbors no logra ir más lejos de lo que presenta. Lo hace con humor, con canchera ironía y lo deja ahí para el disfrute de los que nos creemos «mejores» que ellos. De vuelta: si uno lleva ese clima al mundo político se dará cuenta de que nadie puede creerse mejor ni más sano que los demás.



