Estrenos: crítica de «Proyecto Fin del mundo» («Project Hail Mary»), de Phil Lord y Christopher Miller

Estrenos: crítica de «Proyecto Fin del mundo» («Project Hail Mary»), de Phil Lord y Christopher Miller

por - cine, Críticas, Estrenos
12 Mar, 2026 04:55 | Sin comentarios

Un profesor despierta solo y amnésico, en una nave espacial. Al recuperarla, descubre que debe resolver un misterio cósmico para salvar la Tierra, con ayuda inesperada. Con Ryan Gosling y Sandra Hüller.

Un ambicioso relato de ciencia ficción que toma de todas las distopías conocidas y les suma otras referencias clásicas más propias de la comedia, Proyecto Fin del mundo quiere ser, a la vez, una gran película que hable sobre el futuro del planeta (y quizás más que eso) y una amable y simpática comedia centrada en la relación entre un astronauta solitario y una criatura extraterrestre. A partir de esa propuesta, la creativa dupla de Lord y Miller –quienes hace doce años no dirigían una película, desde LEGO Movie y Comando espacial 2, ambas de 2014– se las ingenia para cubrir todos los frentes y presentar un film que es, a la vez, un áspero relato de supervivencia, una comedia para toda la familia y un esperanzador relato sobre la posibilidad (o no) de salvar lo que queda del mundo.

Basada en una novela del escritor de The Martian, Andy Weir, y también con guión de Drew Goddard –quien adaptó ese libro para la homónima película de Ridley Scott con Matt Damon–, El proyecto Fin del mundo requiere, como aquel film, de un actor lo suficientemente carismático como para verlo, durante buena parte de sus 160 minutos, actuando prácticamente solo. Y Ryan Gosling, en su performance curiosamente más relajada en mucho tiempo, está perfecto en el papel, dándole humanidad, carisma y cierta seriedad a un rol físicamente exigente, con dificultades prácticas y muchos cambios de tono. Es que el actor de La La Land debe interpretar a un hombre solo, perdido en el espacio, sin memoria de su pasado y enfrentado a una situación casi imposible de resolver. Y, a la vez, transformar todo eso en algo ligero y hasta entrañable.

Un poco Gravedad, otro poco Náufrago, con una dosis de E.T. (y el mundo Amblin) y una pizca de muchas sagas de ciencia ficción apocalípticas, la película empieza cuando un tal Ryland Grace (Gosling) se despierta, en un futuro cercano, de un largo coma inducido en medio de una nave espacial. No sabe quién es ni qué hace ahí, pero en la confusión física (su cuerpo no le responde), psicológica (no entiende nada de lo que pasa) y práctica (desconoce qué debe hacer) va descubriendo de a poco que es el único/último pasajero vivo, que sus otros dos compañeros están muertos y que solo tiene como compañía a una voz automatizada tipo IA que intenta guiarlo en su tarea. El no sabe bien cómo pero de a poco descubre que sabe hacer más cosas que las que supone.

Lord y Miller empiezan a combinar este presente con la historia de cómo Ryland llegó ahí, presentada a modo de flashbacks que ocupan buena parte del film, especialmente de su primera mitad. Y allí sabremos que el hombre es un científico que, por sus ideas un poco a contramano de las dominantes en su terreno, ha sido dejado de lado por la academia y da clases en una escuela secundaria. Ryland es amable y gracioso con los chicos, pero lo que no se espera es que lo vengan a buscar científicos –encabezados por la alemana Eva Stratt, encarnada por Sandra Hüller– para llevárselo de ahí. No se preocupen, no lo acusan de nada. Al contrario: lo necesitan. Es que, da la impresión, no estaban tan equivocadas sus teorías.

Sería entre tedioso, complicado y muy técnico contar en detalle qué es lo que sucede, por lo que lo resumiremos así: unos microorganismos parasitarios a los que llaman «Astrófagos» están chupando la energía de las estrellas, incluyendo el Sol, y creando algo que llaman la Linea Petrova, un arco lumínico que se reproduce entre el Sol y Venus y que causaría una nueva era de hielo que haría que, en 30 años, los humanos no puedan sobrevivir sobre la Tierra. Y Gosling tiene que detenerla, o algo así, ya que es quien ha descubierto la forma de hacerlo. El problema es que, para poder lograrlo, termina metido en un viaje por la Vía Láctea que se extiende por varios años sin seguridad de poder regresar. Lo que no tiene claro, además, es cómo él terminó metido ahí, como astronauta.

Project Hail Mary no será, como parece de entrada, un viaje totalmente solitario. En un momento determinado y en viaje a la estrella Tau Ceti –que no parece afectada por la «Línea Petrova»–, Ryland se topa con una gigantesca y muy particular nave espacial del planeta Erid, que tiene en apariencia el mismo objetivo y un similar problema. En su inmensidad –es un hallazgo de diseño de producción– también hay un solitario y muy particular tripulante que hace contacto con nuestro héroe. De allí en adelante no será solo Ryland el encargado de la misión, aunque no será del todo fácil entenderse con su nuevo compañero de aventuras.

Si bien la película, desde la interpretación de Gosling y el tono ligero que presenta de entrada, se toma a sí misma de un modo entre cómico y absurdo, a partir de la aparición de este nuevo personaje (al que Ryland llamará Rocky por motivos bastante evidentes), se torna aún más graciosa, por momentos casi infantil. Hay, especialmente de allí en adelante, un espíritu spielberguiano que conduce a los acontecimientos y que no desaparece hasta el final. Si bien Goddard y los directores tienen en claro que están lidiando con un cataclismo de proporciones devastadoras, Proyecto Fin del mundo nunca pierde su espíritu lúdico, transformándose en una película de camaradería (una buddy comedy) en medio de un viaje espacial para salvar a la galaxia.

La película conserva ese tono afable en los flashbacks, en la relación de Ryland con los otros personajes (tanto Eva como los futuros astronautas, científicos y colegas), al punto de que por momentos cuesta tomarse en serio el grave problema que, todos dicen, se nos viene encima. Ese ida y vuelta entre tonos por momentos se siente forzado, excesivo, como si la sensibilidad de Lord y Miller (que son parte creativa del equipo de los nuevos films animados de Spider-Man) fuera demasiado afable y familiera como para permitir que la gravedad del asunto se sienta del todo en la piel. De hecho, cuando quieren mezclar las dos cosas el resultado tiende a correrse hacia lo sentimental, apostando a la emoción antes que a la reflexión, a la sensibilidad antes que a la seriedad de las ideas puestas en juego.

En la que debe ser la película apocalíptica más amable y esperanzadora de la historia del cine, Gosling juega un papel central, ya que es su actuación la que en buena medida sostiene y puede manipular ese tono. Su comunicación con el alienígena es muy particular (ya verán en qué consiste y qué cosas requiere) y el actor saca ahí un arsenal de recursos, más humorísticos que dramáticos, para «crear contenido» ante una situación de convivencia y comunicación muy particular. Y lo hace con ingenio, ductilidad física y una gracia desprovista de cinismo que permite que la película nunca se vuelva en exceso autoconsciente o hasta paródica.

Entre él, la actriz de Anatomía de una caída –que pone a su personaje en un lugar muy ambiguo, entre fría y amable, entre heroína y un poco villana– y la curiosa y un tanto extravagante criatura (con voz de James Ortiz) que vendrá a reemplazar a E.T. en la fantasía de los más chicos, Project Hail Mary se propone como un film que, a contramano de lo que vemos en nuestra vida cotidiana, confía en la ciencia y, sobre todo, en la infinita capacidad del ser humano para la empatía. Especialmente con aquellos que, al menos en principio, nada tienen que ver con nosotros.