Estrenos online: crítica de «40 acres», de R.T. Thorne (Netflix)

Estrenos online: crítica de «40 acres», de R.T. Thorne (Netflix)

En un futuro colapsado, una familia militarizada protege su tierra de invasores violentos mientras el hijo mayor desafía el control materno en busca de contacto humano. Con Danielle Deadwyler. En Netflix.

Historias de familias tratando de sobrevivir en un futuro distópico se han vuelto muy visibles estos últimos años, especialmente a partir de la pandemia, tanto por su conexión temática como por lo que fueron, en su momento, comodidades de producción. Ya esas restricciones de rodaje desaparecieron pero quedaron las secuelas temáticas, las consecuencias. Y 40 acres funciona como una versión marcada desde lo racial de esos thrillers futuristas en los que el planeta ya no funciona como antes. O, mejor dicho, funciona bastante parecido solo que en una versión más extrema y despiadada.

La opera prima de R.T. Thorne arranca 14 años después de que una serie de problemas devastaron al planeta: pandemias de hongos que liquidaron a los animales, guerra civil por la tierra y la comida, descontrol social extremo, su ruta. Estamos en el «sálvese quien pueda» puro, duro y literal. El que tiene acceso a la tierra y a poder plantar, come. Y el que no, trata de quedarse con la tierra del que sí tiene. Y, si puede, también con sus cuerpos. Sí, amigos, el futuro viene con canibalismo incluido.

Danielle Deadwyler encarna a Hailey Freeman, la madre y comandante en jefe de una familia que se ha fortificado alrededor de una propiedad que han tenido por generaciones en Canadá. El grupo incluye a su marido indígena, Galen (Michael Greyeyes), y a sus cuatro hijos que han tenido juntos o por separado: Emanuel (Kataem O’Connor), Raine (Leenah Robinson), Danis (Jaeda LeBlanc) y Cookie (Haile Amare). Los seis funcionan como un comando militar, repartiéndose tareas de vigilancia, entrenamiento, comida y todo lo que implica cuidar su habitat de la invasión de los tantos grupos que circulan, con hambre, furia y desesperación, por la zona. No son zombies en un sentido literal, pero se los presenta –en el enfrentamiento que da inicio al film– casi como tales.

40 acres tendrá como eje temático el choque que se produce entre Mamá Hailey y Emanuel, el hijo mayor, que atraviesa una edad en la cual se plantea algunas cosas, en especial lo que él considera un exceso de control y desconfianza por parte de su madre respecto a todo el mundo exterior a la finca. Es por eso que tiende a escaparse, curiosear por fuera de su terreno y engancharse mirando a una chica que se baña en un río cercano. Es adolescente, después de todo, y eso se nota en la forma casi lasciva en la que la observa.

Entre el irse o quedarse, entre el exceso de militarizado control o la posibilidad de abrirse aunque sea un poco al mundo, bascula este relato que, en su estructura narrativa, no se aleja demasiado de los códigos del «home invasion». Si bien no hay un enemigo claro, directo y con nombre, los contactos radiales que Hailey mantiene con el exterior dan a entender que hay una amenaza creciente circulando. Y las ganas de Emanuel de conocer gente no ayudan demasiado en medio de esas sospechas.

Thorne agrega unos pocos flashbacks a su relato tratando de aclarar cómo madre e hijo atravesaron los años apocalípticos previos y los problemas que atravesaron antes de la configuración actual de las cosas. Si bien el tema racial no se lo discute directamente, está implícito en todos los hechos. Es claro que Hailey creció y vivió con sospechas, y combatió el miedo a la crueldad ajena volviéndose un soldado casi sin sentimientos. Emanuel, en cambio, creció en un «vale todo» en el que los parámetros son otros y van más allá de lo étnico o racial: es un nosotros contra todos, sea quien sea el que ataque. De cualquier manera, en casi todos los casos se trata de hombres y mujeres blancos.

Vista de manera más metafórica que realista –el título, que hace referencia a un hecho clave de la historia de la esclavitud en los Estados Unidos, pide intentar esa lectura–, 40 acres habla más del presente que del futuro, de los conflictos raciales actuales y de las maneras de enfrentar esas amenazas que pueden venir de cualquier lado. Por fuera de eso, la película funciona como un efectivo relato de acción y suspenso en un estilo similar al de tantos relatos apocalípticos que se apoyan más en el realismo que en la ciencia ficción más fantástica.

Algunas inteligentemente estructuradas escenas de acción –una tiene lugar en plena oscuridad–, algunos giros inesperados de guión y la actuación de Deadwyler le suman puntos a un film que por momentos se apoya demasiado en ciertos clichés del relato de acción (hay un grado de llamativa supervivencia a las heridas de todo el grupo familiar, especialmente en relación a lo fácil que caen todos los otros) y en otros recursos arquetípicos del guión dejando en segundo plano el contexto social que condena a todos a sobrevivir con lo mínimo indispensable. Hailey lo dice directamente: en el futuro no habrá lugar ni tiempo para discursos. Solo para la supervivencia.