
Estrenos online: crítica de «53 domingos», de Cesc Gay (Netflix)
Tres hermanos cincuentones intentan reunirse para hablar de su padre anciano, pero los desencuentros exponen tensiones y responsabilidades desiguales dentro de una familia fracturada. Con Javier Cámara, Carmen Machi y Javier Gutiérrez.
A lo largo de una carrera que se extiende por casi 30 años y se compone de una docena de films, el realizador y guionista catalán Ces Gay ha ido girando de un cine un tanto más original y creativo de sus primeros largos (como Krámpack, En la ciudad o Ficción) a películas formal y temáticamente más mainstream y, si se quiere, hasta tradicionales. Da la impresión de que el punto de quiebre entre ambas etapas fue la exitosa Truman, esa comedia dramática humanista protagonizada por Ricardo Darín y Javier Cámara que lo consolidó en eso que podría llamarse «mercado» del cine español.
El fuerte de las películas de Gay han sido siempre los diálogos y las actuaciones. Se trata de un realizador que allí revela su mayor talento, trabajando la puesta en escena casi siempre en función de los personajes. 53 domingos funciona como otras de sus auto-adaptaciones de obras teatrales (Sentimental es un caso reciente, también exitosa) en las que intenta transformar textos escritos para un escenario en material cinematográfico. En este caso, lo que el film cuenta es una serie de encuentros y desencuentros entre tres hermanos de «cincuenta y pico» que quedan en reunirse para hablar de una serie de temas familiares, pero a los que les puesta ponerse de acuerdo hasta para llegar el mismo día y horario a la cita.

Cámara interpreta a Julián, un actor con poco trabajo (la única oferta que tiene es interpretar a un tomate en un comercial sobre gazpacho) que ha quedado con suss dos hermanos mayores para reunirse en su casa. Es su esposa (Alexandra Jiménez), que funciona como narradora de la historia, la que nos cuenta a los espectadores quién es quién en ese trío y su saga de desencuentros y malos entendidos. Carmen Machi encarna a Natalia, la hermana del medio, una académica seria y responsable que tiene una distante relación con su marido. Y Javier Gutiérrez es el mayor, Víctor, un «empresario» que en realidad parece ser más que nada el chofer de su suegro millonario.
En tono de ligerísima comedia que solo sobre el final cobrará una cierta densidad, 53 domingos empieza como una saga de errores y desencuentros que llevan a que los encuentros sean individuales entre Julián y Natalia, o él con Víctor. Allí sale a la luz el tema central del film: el cuidado del padre, un hombre octogenario con problemas de memoria que está teniendo algunos accidentes y problemas con los vecinos. Pero solo Natalia se ocupa –aún siendo la más profesionalmente exitosa y con menos tiempo de los tres– y los hermanos varones dicen no tener una hora libre siquiera para cambiarle una bombilla de luz que titila y molesta.
Esas diferencias se reflejan en sus personalidades en una película que va dejando entrever de a poco las tensiones entre ellos, plagadas de microagresiones y comportamientos hirientes que surgen con un tono pasivo-agresivo. Víctor escribió una novela, titulada como la película, y la idea de decirle a él lo que realmente piensan de ella se vuelve una metáfora central de la obra: nadie parece poder decir lo que siente de verdad para evitar una ruptura aún mayor de la tibia, casi fría, relación entre todos ellos.

53 domingos se presenta de un modo ligero, utilizando recursos clásicos de la comedia teatral (malos entendidos, confusiones y unas anchoas que van y vienen entre platos y heladeras), y pone el foco de una manera un tanto genérica en la falta de perspectiva y de conexión entre estos adultos individualistas (especialmente los varones) que no logran ver mucho más allá de sus propias narices. Los tres actores (Jiménez no hace mucho más que mirarlos con cara de simpática resignación y hablarle a la cámara) aplican su gran profesionalismo y su talento para avanzar con una trama que no ofrece demasiados recovecos ni espacios para ir mucho más allá de lo superficial.
Modesta, de consumo rápido (apenas dura 75 minutos), ligeramente amable pero no mucho más que eso, 53 domingos hace recordar un poco a la reciente Parque Lezama, en la que Juan José Campanella adaptaba su propia puesta teatral al cine. Gay no toma demasiados riesgos y ofrece lo que antaño en Hollywood se llamaba un «run for cover»: un proyecto seguro y tranquilo entre otros de mayor dimensión y/o demanda.



