Estrenos online: crítica de «Las chicas de Wall» («East of Wall»), de Kate Beecroft (HBO Max)

Estrenos online: crítica de «Las chicas de Wall» («East of Wall»), de Kate Beecroft (HBO Max)

Esta película híbrida entre ficción y documental sigue a una familia de entrenadores de caballos de Dakota del Sur que interpreta versiones de sí mismos mientras enfrentan el duelo, dificultades económicas y el vínculo emocional con la tierra. Desde el 13 de marzo por HBO Max.

Antes de ganar el Oscar por Nomadland, de fracasar en un intento de hacer una película de superhéroes con Eternals y de intentar hacer un cine de “prestigio” con Hamnet, la cineasta china radicada en los Estados Unidos Chloe Zhao se hizo conocida gracias a dos films pequeños y bellos como Songs My Brothers Taught Me y The Rider, que combinaban ficción y documental para contar historias que transcurrían en South Dakota en un universo de rodeos, caballos, comunidades indígenas, campos abiertos, reservaciones y las míticas “badlands” que todo lo rodean como una suerte de mensaje indescifrable desde las entrañas de la Tierra.

Las chicas de Wall no es un film dirigido por Zhao, aclaremos, pero bien podría serlo, ya que la realizadora debutante Kate Beecroft parece haberse inspirado fuertemente en las dos primeras películas de su colega para contar una historia –o, más bien, acercarse a un universo– con muchos puntos de contacto con el suyo. ¿Quién sabe? Acaso dentro de unos años la tengamos peleando por los mismos Oscars que en estos días Zhao está disputando.

En esta película presentada y premiada en el Festival de Sundance 2025,  Beecroft toma como punto de partida un grupo familiar real y lo pone a interpretar versiones de su propia vida sólo que con un par de detalles cambiados. Por un lado, le agrega algunos elementos narrativos que sirven como conductores de su trama. Y, por otro, le suma un par de actores profesionales (Scoot McNairy y Jennifer Ehle), a interactuar con ellos y ser los disparadores de algunos de esos ejes. La película en realidad mucho no los necesita, ya que es bastante evidente que Tabatha Zimiga, su hija Porshia y todos los demás hijos, hijastros e hijos adoptivos que viven con ellas se las arreglan muy bien solos. Para andar a caballo, no hay dudas, pero también para actuar.

Es que de alguna manera a eso se dedican. Tabatha es una especialista en todo lo que tenga que ver con los caballos, de esas personas que solo tienen que mirar fijo a uno para saber todo sobre él. La mujer ha enviudado y ahora se encarga sola de recogerlos, entrenarlos y luego tratar de venderlos. Su hija adolescente Porshia es una excelente jinete que los muestra y exhibe para tratar de conseguir buen dinero por ellos, sea en los clásicos remates locales a voz alzada como en TikTok, red para la que hacen acrobáticos videos mostrando la calidad de los caballos y también su propio talento para manejarlos a gusto. Pero aún así no le alcanza a Tabatha para vivir, ya que la generosa mujer tiene a su cargo a media docena de otros chicos de la zona cuyos padres los han abandonado o no les prestan atención.

Esta “madraza” de aspecto entre country y punk –su corte de pelo es un tanto debatible– tiene que lidiar en el medio de todo eso con su madre (Ehle), una mujer amable pero un tanto alcohólica, con un hijo pequeño que no habla y con las tensa relación que tiene con Porshia, quién no está pudiendo lidiar bien con la sorpresiva muerte de su padre. Uno de los problemas parece solucionarse con la aparición de Roy Waters (McNairy), un ranchero texano amable y con sus propios asuntos personales que le ofrece comprarle su amplio terreno y resolver muchas de sus dificultades económicas. Pero no es tan fácil: hay algo ligado a la tierra en la que viven que va más allá del uso ecuestre y que tiene que ver con fuertes lazos sentimentales y de pertenencia.

Beecroft se mueve en una zona indefinible entre el documental y la ficción. La extendida familia Zimiga hace de sí misma y no solo sus habilidades ecuestres son inimitables sino que también parecen tener muy en claro qué hacer delante de una cámara. En ese sentido, su película tiene algo del cine de Roberto Minervini, realizador italiano que tiende a meterse en comunidades del interior profundo de los Estados Unidos para retratarlas con una similar serie de estrategias formales. Aquí, a las costumbres cotidianas y a la amorosa relación que todos tienen con los caballos, hay que sumarle como problemas la presencia entre constante y amenazante del alcohol y los pesados traumas con los que cargan muchas generaciones de mujeres del lugar.

De todos modos, la realizadora no centra East of Wall en ninguna temática específica. Sí, el film habla de la violencia de género, de los pueblos originarios, de los posibles abusos económicos de los poderosos, de las manipulaciones de la justicia y de los problemas con el alcohol, pero solo como elementos que integran el mundo en el que viven. Lo central para Beecroft pasa aquí por el afecto, el amor, la entrega, el cuidado y hasta el sacrificio de Tabatha por sacar adelante esa ensamblada familia. Aún los personajes potencialmente más conflictivos o ásperos son bien tratados en un film en el que no hay enemigos declarados ni obvios “villanos”. Hay diferencias de criterio, tensiones, traumas y dolor, pero a la vez un entendimiento de que cada persona, con sus limitaciones y circunstancias, hace lo mejor que puede.

La película peca de algunos errores propios de una operaprimista: un cierto regodeo visual con los paisajes y con filmar en la llamada “hora mágica” (la salida o puesta del sol), algunas metáforas poéticas conectadas también con la Tierra que son en exceso literarias para venir de donde vienen y un uso de la música –muchas canciones de música country contemporánea, con lazos con el hip hop– que se vuelve intrusivo, por más lógica “diegética” que tenga. Sí, es cierto que en el Oeste actual usan TikTok y escuchan a Shaboozey, pero el uso constante de éxitos radiales contemporáneos le quita, en parte, el clima melancólico que la película busca.

Pero son problemas menores. Las chicas de Wall es uno de esos films cuya aparición en la cartelera de streaming local es puramente casual pero que son mucho más creativos cinematográficamente de lo que nos llega semana a semana. Más allá de que lo suyo no sea estrictamente novedoso ni original ya que se inserta en una línea estética que tiene su historia y varios referentes –empezando por el lejano Terrence Malick de los años ‘70–, la película de Beecroft tiene más humanidad, belleza y puro cine en sus 97 minutos que el noventa por ciento de lo que nos llega tanto en las salas comerciales.