
Estrenos online: crítica de «Peaky Blinders: el hombre inmortal» («The Immortal Man»), de Tom Harper (Netflix)
Este cierre a modo de secuela de la popular serie retoma a Tommy Shelby varios años después de su retiro y lo hace volver a la acción para lidiar con un plan nazi en la Segunda Guerra Mundial. Con Cillian Murphy, Barry Keoghan, Rebecca Ferguson y Tim Roth. Desde el 20 de marzo por Netflix.
Una aclaración quizás pertinente: no vi la serie Peaky Blinders. Empezó en una época en la que era más selectivo con el formato y, a diferencia de muchas otras, no logré recuperarla jamás. Creo que vale la aclaración porque la manera de involucrarse emocionalmente en la historia de Tommy Shelby (Cillian Murphy) puede ser distinta para todos aquellos que siguieron sus desventuras a lo largo de seis temporadas. No es mi caso. Aún así, The Immortal Man es una muy buena película. Imagino que para los fans lo será más. O, bueno, no sé. Los fans son una raza cada vez más extraña.
Si bien se gana mucho habiendo visto la serie –de eso no hay duda–, El hombre inmortal está pensada para ser entendida por cualquier novato. Un poco, por lo separada que está del resto de la serie en cuanto a tiempo (siete años) y a lo específico de sus personajes. Y otro poco porque el guión de Steven Knight se ocupa de darle al espectador la información necesaria para trazar algunas conexiones. No siempre de la manera más original –lo hace mediante la voz en off de Tommy, sueños, algún breve flashback, alucinaciones, etcétera–, pero sin exagerar tampoco con la necesidad de saber todo lo que sucedió antes.
La película comienza con los nazis, nada menos, armando un plan para ganar la guerra de un modo financiero y no bélico: están usando a prisioneros judíos para falsificar millones y millones de libras esterlinas en el campo de concentración de Sachsenhausen (el plan, llamado «Operación Bernhard», existió realmente aunque en 1942, no en 1940 como lo ponen aquí) y con ese dinero inundar la economía británica y hacer quebrar al país. Lo que necesitan es una serie de contactos locales para distribuir el dinero en Inglaterra. Y qué mejor que ir a parar a la turbulenta Birmingham.

Tim Roth encarna a Beckett, un hombre que toma esa responsabilidad. Pero para lograrlo necesita a una «mafia» que lo haga mover en el mercado negro. Y para eso están los Peaky Blinders, que siguen activos y están ahora liderados por Duke Shelby (Barry Keoghan), hijo ilegítimo de Tommy que está distanciado de él y que, de entrada nomás, prueba ser igualmente temerario y violento como lo supo ser él. Ningún plan incluye, claro, al veterano Tommy, ya que el hombre está viviendo prácticamente solo y escribiendo sus memorias en una casa alejada de todo el mundo.
Pero así como Michael Corleone dijo su inmortal frase «justo cuando pensaba que estaba afuera me vuelven a meter adentro», a Tommy le sucede lo mismo. En su vida aparece Zelda (Rebecca Ferguson), una mujer conectada con su pasado, y su hermana Ada (Sophie Rundle), enteradas del asunto y pidiéndole que interceda. Pero Tommy está muy ocupado lamiéndose las heridas de sus errores y actos del pasado y pensando más en lidiar con ellos en soledad que volviendo a la acción, y la dupla Steven Knight y Tom Harper tardarán casi media película en sacarlo de las praderas. Y de ahí en adelante, amigos, Peaky Blinders se transforma en la mezcla de relato de suspenso, espionaje, acción y una compleja historia familiar de ribetes shakespeareanos que todos vinimos a ver.
Liderados por un reflexivo y paciente Cillian Murphy –al menos inicialmente–, el elenco de The Immortal Man le otorga un plus de gravedad a la película. La rivalidad aquí es triangular, ya que a los problemas que Tommy tiene con Beckett y Beckett con Duke, hay que sumarles los de padre e hijo, que pasan a ser los centrales y más dramáticos de la trama. Entre ellos no se tiran granadas ni balas ni meten al otro en medio de explosiones, pero una pelea física y una serie de contundentes escenas dramáticas se vuelven más densas e impactantes que cualquier disparo.

En el medio está la herencia de la banda, que Duke la quiere para él y con la que Tommy no quiere ya saber más nada. El problema es que Tommy ha cambiado y ya no está tan de acuerdo con que los Peaky Blinders sean de la manera que fueron. Y en esa tensión se maneja uno de los conflictos principales de la historia, ya que Tommy parece creer que su hijo no está capacitado para manejar a la pandilla con sabiduría, ya que tiene un temperamento más cercano al de su hermano Arthur. ¿Podrá eso cambiar?
Ese recorrido entre moral y emocional corre en paralelo –y se vuelve más importante– que la trama del tráfico de libras esterlinas y los nazis que los conecta con un Tim Roth cuyo personaje de villano un tanto más histriónico (!Heil Fucking Hitler!» gritará de la nada en un momento) que no parece del todo conectar con el tono grave que se maneja acá. Keoghan está más contenido que de costumbre y la gran Ferguson, con pocas escenas, se gana un lugar central en la trama, una suerte de Lady Macbeth enigmática que juega a dos puntas con Tommy y Duke, pero siempre pendiente de sacar algún provecho de la cosa para ella. O no. Acaso lo único que quiera es que reine la paz en la familia.
Oscura, de movimientos lentos pero cargados de intensidad, la película de Harper mantiene la paleta de colores, el tono y el tempo de la serie, además de continuar con la tradición de musicalizarla con covers y temas de bandas cuyo estilo se acerca al del show. Acá tendremos otra versión de Red Right Hand, de Nick Cave, además de covers o nuevas versiones de canciones de bandas como Massive Attack y Lankum, además de composiciones originales de Grian Chatten (Fontaines D.C.) y Amy Taylor (Amyl and the Sniffers). Todo eso se suma para otorgarle a El hombre inmortal la –acaso un tanto exagerada– gravedad que pretende sostener de principio a fin.
No estamos ante una superproducción ni mucho menos sino ante algo que se parece a un episodio doble final con invitados especiales y no mucho más. Y está bien que así sea. El hombre inmortal no intenta ser un épico cierre para una serie que se inició hace trece años sino una despedida –emotiva, fuerte, quizás hasta dolorosa– a la espera de un posible reencuentro. En estos tiempos donde todos buscan sobrevivir en base a IPs (propiedades intelectuales) conocidas, nadie va a desperdiciar un título tan reconocible como Peaky Blinders. Si pudieron poner de moda esas gorras planas de tweed de un siglo atrás, bien pueden volver a hacerlo cuando quieran.



