Series: crítica de «Vladimir», de Julia May Jonas (Netflix)

Series: crítica de «Vladimir», de Julia May Jonas (Netflix)

por - Críticas
06 Mar, 2026 12:26 | 1 comentario

Una profesora de literatura de cincuenta y pico se obsesiona con un colega más joven, lo que la obliga a cuestionar su matrimonio abierto, las tensiones del campus y los límites entre deseo y poder. Ya disponible en Netflix.

A lo largo de la historia, la industria audiovisual se ha caracterizado por ciertas modas. No me refiero a las más obvias, como cuando un género determinado se vuelve exitoso y todos quieren hacer lo mismo, sino a algunas más precisas, como cuando varios estudios hacen films sobre volcanes que entran en erupción, la llegada del fin del mundo o criminales ingleses del siglo XIX. Ahora le llegó el turno a la «comedia universitaria», un género que no suele ser del todo popular –ni en cine ni en TV–, pero que permite un escenario interesante para poner en discusión temas actuales. O que lo fueron un par de años atrás.

En la misma semana, con solo cuatro días de diferencia, se estrenan dos. El domingo 8 va por HBO Max Rooster (ver crítica acá) y el miércoles 4 llegó a Netflix Vladimir, con la que comparte no solo el ámbito del campus sino muchos otros temas específicos: la edad de los protagonistas, muchos de sus conflictos familiares específicos (infidelidades y otras relaciones problemáticas), la relación con sus hijos (que son adultos y no estudiantes), el ámbito específico dentro del campus en el que trabajan (Literatura en todos los casos) y el complicado tema del choque generacional entre docentes y alumnos respecto a la manera de relacionarse entre unos y otros. Vladimir tiene, como principales diferencias, una protagonista femenina y el tema puesto más directamente en el sexo.

Como es un tanto obvio ya desde el título, Vladimir invoca indirectamente a Lolita y a su autor, Vladimir Nabokov. Plantearla como respuesta al controvertido clásico de la literatura puede parecer un poco exagerado, pero de a poco va quedando claro que eso corre como subtexto. Basada en la novela homónima escrita por la propia Jonas, la serie tiene una premisa engañosa que, muy de a poco, va dando paso a hablar de los temas que realmente intenta hablar. De hecho, se podría decir que la cansina y repetitiva primera mitad –en la que, admito, estuve varias veces a punto de abandonarla– va dando paso a una segunda más compleja que deja un poco de lado el asunto más obvio para complejizar la mirada sobre esos personajes, esas relaciones y ese mundo.

La que presenta Vladimir es una batalla cultural, pero una muy distinta a la que circula desde que Donald Trump regresó al poder y llevó todo a un extremo muy distinto que el que se cuenta en esta serie que se basa en una novela de 2022, seguramente escrita al calor de otras discusiones. La aparente batalla es sobre los llamados excesos de la corrección política, las discusiones sobre consentimiento y las distintas miradas sobre las relaciones de pareja y sobre las que tienen lugar entre docentes y alumnos, aún siendo estos adultos (no, acá nada llega al extremo de Lolita). Y lo hace, como disparador, a partir de la fascinación que una docente que ronda los cincuenta y pico tiene con un nuevo docente más joven que llega a trabajar a la misma universidad.

M (Rachel Weisz) cuenta a cámara, en un formato que imita al de Fleabag pero que nunca funciona del todo bien, la historia que la llevó, tal como vemos en la primera escena, a tener al ta Vladimir (Leo Woodall) atado en una situación, en apariencia, sexualmente intensa tipo S/M. Todo se remonta a cuando Vladimir llega a la universidad con su esposa Cynthia (Jessica Henwick) y su pequeño bebé, y a M se le trastoca el mundo: se fascina con este profesor joven, simpático y musculoso y sueña –la serie lo repite hasta el cansancio– hacer todo lo sexualmente imaginable con él. De hecho, tiene con su marido John (John Slattery, el inolvidable Roger Sterling de Mad Men, para quien no parece pasar el tiempo) una suerte de «pareja abierta» que se lo permitiría, pero M no se atreve a dar el salto y Vlad tampoco activa por más evidente que resulte la atracción mutua.

Hay un problema extra: John está siendo investigado por haber tenido relaciones con varias alumnas. Y si bien todas ellas son mayores de edad, hay una cuestión de poder y potencial abuso allí que lo complica todo. M lo asume como parte del acuerdo que tienen –uno que los alumnos no logran entender del todo bien– y no hace inicialmente reproches, pero de a poco va quedando claro que no se lleva muy bien con lo que sucede. Es así que mientras preparan un juicio a su marido (que será defendido por Sid, la hija abogada y lesbiana de ambos), la propia M se mete en problemas también con la universidad por su manera de tratar a alumnas, alumnos y a ciertas ideas de grandes autores literarios que a sus políticamente correctos estudiantes no les caen del todo bien.

Pero Vladimir está presentada más que nada como una comedia. No tan frontal y directa como Rooster, pero sí una que juega la mayoría de estos conflictos –de pareja, generacionales y con las autoridades universitarias– de una manera ligera. Durante un buen tiempo la serie no parece ir a ningún lado, repitiendo los sueños de M, su enredada y muchas veces mentirosa narración sobre lo que va pasando y las constantes conquistas sexuales de John, que sigue con sus planes como si nada pasara. Pero de a poco todo empieza a girar. No es un cambio radical, pero ante determinada circunstancias M entiende que quizás el plan que ha armado décadas atrás con su marido –cuando tener una pareja abierta era considerado cool— no es tan justo, conveniente ni inocente como parece serlo.

La serie –que tiene como directores de varios episodios a la muy buena dupla integrada por Shari Springer Berman y Robert Pulcini, pareja de la generación de M y John en la vida real– juega ahí con ideas literarias más complejas y abandona un poco la fijación sexual básica de M con Vladimir, a quien la serie muestra sacándose la ropa en cámara lenta no menos de veinte veces. Es poco creíble, convengamos, que Weisz –quizás una de las actrices más bellas de las últimas décadas– se vea a sí misma como alguien no deseado, pero se sabe que la imagen que los demás tienen de uno no siempre coincide con la propia. Y, como último reparo importante, tampoco resulta muy convincente Woodall como un intelectual profesor de Literatura. Si me dicen que da clases de Educación Física o algo así, todavía…

Más allá de los conflictos internos que tiene la propuesta de la serie (hay muchos más que no conviene revelar, empezando por el uso que M hace de Vladimir como objeto sexual y para salir de su bloqueo creativo), por lo menos de allí en adelante se atreve a meterse en el espinoso mundo de la corrección política sin dogmas ni puntos de vista obvios. Se hace preguntas que son las mismas que cruzan a las dos enfrentadas generaciones respecto a cómo manejar ciertas situaciones, relaciones incómodas o no del todo convencionales. Y eso queda claro, de una manera un tanto subrayada pero funcional, en una suerte de debate abierto que M tiene con sus alumnos para escuchar lo que ellos tienen para criticarle. La serie no toma partido en esa discusión sino que permite escuchar sin juzgar lo que los otros tienen para decir, algo bastante inusual –y más últimamente–tanto en las ficciones como en la vida real.

Vladimir es mejor de lo que parece de entrada por lo mencionado y por un carismático elenco que hace más o menos queribles a personajes –especialmente la pareja protagónica– que son bastante problemáticos. Y si bien la comedia no es el fuerte de Weisz, su pareja con Slattery funciona muy bien gracias a la acidez que ambos manejan tanto en público como en la intimidad. De todos modos, un problema inesperado de la serie –le pasa a Rooster también– es que entre su guión, su producción y su estreno, todas quedaron algo viejas. Lo más probable es que a muchos de esos docentes ahora los hayan echado o suspendido, y que los alumnos ya no presenten quejas ni alcen la voz por miedo a represalias o persecuciones.