Series: reseña de «Harry Hole» («Detective Hole»), de Jo Nesbø (Netflix)

Series: reseña de «Harry Hole» («Detective Hole»), de Jo Nesbø (Netflix)

Un detective atormentado persigue a un asesino serial mientras enfrenta a un colega corrupto en un noir nórdico demasiado familiar. Con Tobias Santelmann y Joel Kinnaman. Disponible en Netflix.

En 1997, el escritor noruego Jo Nesbø creó el que iría a convertirse en su personaje más popular e icónico: el detective Harry Hole (se pronuncia Jole, no como «agujero» en inglés). A través de 13 novelas, el autor de incontables clásicos del género conocido como «Noir nórdico» fue construyendo un prototipo de policía oscuro y obsesivo cuyas características son bastante comunes en el género: alcohólico, con tendencia a la violencia y a la depresión, un tipo que actúa solo, tiene pocos amigos, es obsesivo, seco y de pocas palabras. No es un hombre amigable ni mucho menos, pero por lo general sabe lo que hace y tiene buenos instintos.

Por motivos un tanto inexplicables, las novelas de Nesbø –y no solo la serie de Harry Hole– no han sido muy adaptadas al cine o a las series, especialmente si se toma en cuenta que las suyas son historias de procedimiento policial con personajes oscuros y complejos, lo que solía pedir la industria a cuatro manos en los años 2000 y 2010. El fracaso de The Snowman, el film basado en la séptima novela de la saga, dirigida por Tomas Alfredson y protagonizada por Michael Fassbender, parecía haber terminado de cerrarle la puerta del audiovisual al prolífico autor. Pero no fue así. Y aquí aparece, por primera vez, un intento de plasmar buena parte de esa saga al formato de las series, mucho más amable con las elaboradas tramas del escritor noruego que las películas. Y el creador del asunto es el propio Nesbø, asegurando al menos fidelidad al original. Debería ser una buena noticia.

Detective Hole no empieza por el principio sino que entra en el mundo del agente noruego con el personaje ya constituido. La temporada se basa en The Devil’s Star (traducido al castellano como La estrella del Diablo), quinto libro de la saga que para entonces estaba empezando a ser traducida a otros idiomas y encontrando un mercado internacional que terminaría por explotar con The Snowman. Pero para encontrarnos con Hole hoy, Nesbø arranca refrescándonos algunos hechos icónicos y marcantes de su vida personal y su carrera: el accidente automovilístico que tuvo años atrás manejando borracho en una persecución y matando al colega que lo acompañaba (tema que lo atormenta) y el cruel robo a un banco en el que el criminal mata a quemarropa a la cajera por tardar más tiempo que el exigido para darle el dinero solicitado, algo que formó parte de la trama de Nemesis, la cuarta novela de la saga.

Es que, como dicen, todo conecta con todo y no se puede ingresar al mundo del detective Hole (Tobias Santelmann) sin conocer donde está parado y tampoco sin saber cuáles son sus relaciones esenciales. Medio episodio da forma a ese background. El hombre, si bien sigue obsesionado con ese caso y sus conexiones, ha dejado de beber y está bien con su pareja Rakel (Pia Tjelta) y el hijo de ella, Oleg (Maxime Baune Bochud), y a la vez continúa investigando algo que ya venía de antes: las conexiones entre bandas neonazis y el tráfico de armas. En todo ese universo, sospecha, está involucrado su colega de origen sueco Tom Waller (Joel Kinnaman, a quien pueden ver también actualmente en Mujeres imperfectas), quien es evidente –en ese sentido, la serie no lo esconde– que por debajo de su fachada correcta y elegante es un policía tan corrupto como cruel y despiadado.

El detonante de la trama de la temporada viene a modo de doble golpe sobre el final del primer episodio, una vez que el contexto está planteado. Investigando la pista del tráfico de armas, la colega de Hole, Ellen (Ingrid Bolso Berdal) descubre que Waaler está involucrado en eso, pero él advierte su presencia en una cabaña, la mata, liquida también a su complicado socio Sverre Olsen y hace parecer que fue este el culpable de todo (Nota: este hecho está narrado de una forma distinta en la cuarta novela del ciclo, Petirrojo). Para Hole es un golpe mortal: vuelve al alcohol, va borracho a trabajar y es despedido. Pero justo en los últimos días de su función aparece una mujer muerta de un modo extraño, con una estrella de cinco puntas como una marca del autor. Y luego otra. Y así, amigos, Hole sigue investigando y la serie entra en el territorio conocido de los asesinos seriales.

Publicada en 2003, La estrella del Diablo tiene los clásicos códigos incorporados del fenómeno Pecados capitales: asesinos en serie que actúan como poetas bíblicos, una ciudad que parece el infierno sobre la tierra, protagonistas depresivos y turbulentos, música lúgubre (aquí lograron sumar a la dupla Nick Cave y Warren Ellis, y sumar muchas canciones conocidas en similar plan dark) y una cierta belleza fotográfica que contrasta con el mundo que se describe. Es puro material David Fincher. El problema es que, por un lado, ninguno de los directores contratados por Nesbø (Oystein Karlsen y Anna Zackrisson), es Fincher. Y, por otro, que 2026 no es ni 2003, ni 2007 (época de Zodíaco) ni tampoco 2010. Ya el formato «policía torturado persigue a asesino serial que se cree profeta del apocalipsis» está un poco agotado por lo reiterativo y los códigos usados hasta el cansancio. De hecho, cada vez que aparece la voz en off del supuesto asesino con ese tipo de comentarios dan ganas de abandonar la serie de una vez.

Pero así como la trama del asesino serial es olvidable, la que enfrenta a Hole con Waaler –un conflicto de larga data en las novelas– es más interesante, especialmente porque los dos conviven en la misma fuerza, a veces tienen que trabajar juntos y no hay duda alguna que se odian entre sí, ya que sospechan o directamente se culpan, uno a otro, de cosas que hicieron en el pasado. La diferencia con otros relatos de este tipo es que aquí el espectador sabe, de entrada, que Waaler es un asesino cruel y un policía corrupto que trabaja a ambos lados del «mostrador». Y si bien Hole no es el más limpio y amable de los detectives –de hecho, a simple vista, parece el más impresentable de los dos–, uno se pone de su lado en esta batalla masculina de alzados egos nórdicos.

Ese eje es lo mejor que tiene una serie que, lamentablemente, no logra ir mucho más allá de un formato que a esta altura es rutinario en el género: el serial killer que liquida mujeres bellas y desnudas, con alguna perversa obsesión de por medio. Quizás haya que admitir que, pese a su inicial reputación, las novelas de Nesbø tampoco sean mucho más que best sellers populares que no han logrado sostenerse demasiado bien al paso del tiempo y al cambio de modas. Sus tramas no suelen tener la búsqueda más amplia y si se quiere social de las de su ex-colega Stieg Larsson (el fallecido autor de la saga Millennium) y su tendencia al relato abigarrado y más «americano» del género lo llevan a meterse en los mismos problemas que decenas de colegas de ese origen. Todos parecen haber encontrado ciertos límites respecto a cómo manejarse y hacia dónde llevar a estos personajes en una época en la que el policía oscuro y violento dejó de ser un personaje tan buscado y/o interesante.

Es claro que cualquier novela suya le saca varios cuerpos a la obra de Harlan Coben y, en ese sentido, para Netflix es un paso adelante ocuparse de los libros de Nesbø. Pero no esperen de Harry Hole un clásico contemporáneo ni mucho menos, ya que la serie llega muy tarde a su propio ciclo de vida. Lo que hace veinte años era una moda más o menos intrigante, hoy es un lugar común tras otro que las mismas plataformas de streaming ayudaron a cementar.