
BAFICI 2026: crítica de «Hair, Paper, Water…», de Truong Minh Quý y Nicolas Graux (Competencia Internacional)
Una anciana enseña a su nieto un idioma en extinción, revelando una cultura frágil entre recuerdos, rituales cotidianos y transmisión de historias. Premiada en BAFICI.
Lenguas, pueblos y paisajes. Costumbres, hábitos, tradiciones. El paso del tiempo va dejando de lado a muchos de ellos, arrasados por la conquista, la civilización, la globalización y lo que sea que venga después. El cine, a su modo, funciona como un reservorio: de personas, de lugares, de objetos, de costumbres y de lenguajes. En Hair, Paper, Water…, el director vietnamita Truong Minh Quý (Viet and Nam) y su colega belga Nicolas Graux se dedican a un trabajo que es de archivo, de etnografía cultural y de cine puro. Todo a través de seguir en su vida cotidiana a una anciana y a su nieto en una pequeña aldea pueblo vietnamita.
Filmada con una cámara Bolex 16mm. y con imágenes sugerentes de un cine de décadas pasadas, la película se mete de lleno en la provincia de Quảng Bình y en la historia de Cao Thị Hậu, una mujer del pueblo Rục, una tribu que cuenta con muy pocas personas y que recién a mediados del siglo XX tomó contacto con el resto del mundo. Sus pocos habitantes, a esta altura, hablan vietnamita pero luchan por conservar su lenguaje original. Y, en ese sentido, a través de historias pero también de pequeñas viñetas, Hair, Paper, Water… se transforma casi en una clase de idioma que la abuela le da a su nieto y que los directores grafican claramente usando intertítulos.

Esa definición específica (Cao nombra una palabra en Rục y da su significado, que el niño trata de repetir y pronunciar) sirve como enseñanza de idioma pero, más que nada, funciona como excusa para invitarnos a entrar a ese mundo, conocer sus espacios, su cultura, sus vivencias y, sobre todo, costumbres e historias, que la elocuente Cao narra mientras las imágenes corren por su cuenta retratando la zona y algunos movimientos precisos de la protagonista, como cuando explica cómo preparar y untar medicinas, o cuestiones ligadas a la comida.
El film fluye como un cuento cálido, entre infantil y experimental, poniendo el eje en ese núcleo de transmisión de experiencias, de eso que todavía llamamos cultura popular. Preservar el lenguaje es aquí fundamental –los directores hacen lo mismo con el tipo de material fílmico que usan y con el modo en el que lo utilizan–, pero también abrir las ventanas a otras experiencias de vida, otras filosofías e historias. Cao hablará de sus hijos, la mayoría de los cuales se fueron de allí, incluyendo los padres de su nieto, cuya historia es bastante densa y oscura. Y se dedicará a su vida cotidiana.
Los cineastas, en lugar de seguirla de un modo tradicional, van combinando sus relatos con imágenes en apariencia desconectadas entre sí hasta armar con toda esa serie de elementos un sugerente retrato de una forma de vida y de un idioma que parece ir camino a desaparecer. De vuelta, ese ejercicio casi escolar que abuela, nieto y cineastas trabajan en conjunto para que esas palabras queden (en un punto el espectador sentirá que tiene que repetirlas en voz alta) puede parecer didáctico pero es más que eso: es una elegía, una muestra de respeto y un homenaje a una larga tradición cultural.



