
BAFICI 2026: crítica de «La lucha», de José Alayón (Competencia Internacional)
Padre e hija dedicados a la «lucha canaria» son los protagonistas de este drama familiar que lidia con el deporte, la tradición y el trauma. Premiado en BAFICI.
En el espacio híbrido que existe entre documental y ficción que una nueva camada de directores viene manejando tan bien en España para tratar temas sociales (con films como Ciudad sin sueño, La mala familia y otras) se inscribe, con sus diferencias, La lucha, de José Alayón. Se trata de un film de ficción pero con actores naturales que se centra en el universo de la llamada «lucha canaria», una forma particular de combate muy tradicional y arraigada en la cultura local.
Los protagonistas son un padre y su hija. Miguel (Tomasín Padrón) tiene 47 años y sigue luchando pese a no estar en edad de hacerlo y a las recomendaciones de su médico, ya que las lesiones abundan y pueden empeorar. Mariana (Yazmina Estupiñán), su hija adolescente, quiere seguir los pasos del padre pero el physique du rol no parece el más apropiado para un tipo de lucha que se apoya fundamentalmente en el manejo y uso del peso físico. A diferencia de otras luchas, en la canaria no hay golpes tradicionales sino que los combatientes se aferran el uno al otro, cabeza a cabeza y agarrándose de la ropa, y tratan de derribar al otro de ese modo, de un modo relativamente similar al sumo japonés.

A los dos los une, pero también los separa, un dolor: la madre, también luchadora, ha muerto hace poco tiempo (el film arranca con el homenaje que le hacen en el primer aniversario de su fallecimiento) y los afecta emocionalmente, aún cuando no tengan las palabras suficientes para expresarlo. La lucha se ocupará, por un lado, de los intentos de Mariana de luchar, algún acercamiento romántico y los problemas en los que se mete cuando se empieza a dar cuenta que quizás la lucha no sea lo suyo.
A su modo, Miguel hace lo mismo, persistiendo en un deporte del que supo ser campeón pero en el que ahora, enfrentado a gente más joven, se ve superado. Pero es claro que la obsesión de ambos tiene más que ver con lidiar con el duelo y ver de qué manera reparan el dolor causado por la muerte de la madre de Mariana. Y el film, con la sugerente fotografía de Mauro Herce (Sirat), retrata a la perfección ese mundo de pueblos chicos, caminos polvorientos y luz cegadora de la isla de Fuerteventura en la que viven.
Drama humano de deportistas ajenos a las elites, de esos que ponen más en juego su orgullo, su respeto a las tradiciones y sus emociones que otra cosa, La lucha no intenta ir más allá de ese drama familiar, aprovechando al máximo las tensiones que ese uso lícito (o no) de la violencia les otorga. Hay un fuerte elemento homoerótico en el deporte que el film no parece tocar desde lo temático –podría, pero elige no hacerlo–, pero que sí se transmite desde lo visual, como si la imagen hablara de una cosa que los protagonistas jamás mencionan.



