BAFICI 2026: crítica de «Los nadadores», de Sol Iglesias SK

BAFICI 2026: crítica de «Los nadadores», de Sol Iglesias SK

por - cine, Críticas, Festivales
21 Abr, 2026 03:13 | Sin comentarios

En un futuro cercano y un verano intenso que no termina, cuatro amigos tratan de sobrevivir metiéndose en piletas de casas abandonadas por sus dueños. En la Competencia Argentina del BAFICI.

Fue entonces cuando se le ocurrió que si atajaba por el sudoeste podría llegar nadando hasta su casa. No había nada de opresivo en la vida de Ned, y el placer que le produjo aquella idea no puede explicarse reduciéndola a una simple posibilidad de evasión. Le pareció ver, con mentalidad de cartógrafo, la línea de piscinas, la corriente casi subterránea que iba describiendo una curva por todo el condado«. Así comienza El nadador, el cuento de John Cheever que fue llevado al cine en 1968 por Frank Perry con Burt Lancaster en el rol de Ned, un hombre que tiene la rara idea de llegar hasta su casa atravesando el barrio nadando a través de las piscinas de sus vecinos.

Desconozco si Sol Iglesias SK, la directora y coprotagonista de Los nadadores, se inspiró o no en ese cuento o en la película, pero lo cierto es que su original y enigmática opera prima bien puede ser vista como una versión libre de esa historia para los tiempos del cambio climático. Los barrios afluentes de Connecticut brillan por su ausencia y lo que se ve es una ciudad argentina casi abandonada en un futuro cercano en el que la temperatura ronda los 50 grados y hace 368 que sigue el verano. Ya no anochece, no hay luz casi en ningún lado y la mayoría de los habitantes han abandonado el lugar.

Allí quedan, de todos modos, cuatro amigos, tratando de zafar del brutal calor aunque sin poder esconderse de un sol abrasador que los quema, los desmaya y que lleva la fotografía de la película a un tono casi alucinatorio. Son Maqueta (Tobías Reizes), Victoria (Valentina D’Emilio), El Rubio (Joaquín Fretes) y Ella (la propia realizadora). Y la deriva de los cuatro amigos será similar a la del Ned de Cheever: atravesar piletas pero no para nadar en ellas sino para apaciguar el calor. Acá tampoco parece haber un hogar real al que llegar.

Los nadadores se va dejando llevar por esa situación de deriva de los protagonistas. Maqueta tiene algún tipo de fobia al agua y le cuesta mojarse pese a la temperatura, El Rubio (que muy rubio que digamos no es) es curioso y se mete por todos lados, y las amigas Victoria y Ella son las más arriesgadas, las que eligen casas vacías para usarles la piscina, las que se tiran desde lo alto en ellas y las que exploran por ahí, donde no saben con qué se van a encontrar.

Pero el film de SK está lejos de ser una película narrativa tradicional: presenta esta situación y la va llevando como conducida por una mezcla de curiosidad y agobio, de fascinación y cansancio, de calor y sed. Hay muchas Coca-Colas calientes circulando por el film (publicidad gratis, aunque la marca no la necesita) y un escenario que va pasando de térmico a lisérgico, de amable a tenso, de simpático a desesperante.

Los nadadores no habla en voz alta ni de colapso ni de cambio climático pero en esos aviones que se van con gente pudiente, en esa sensación de vacío y desesperanza que recorre las calles, y en el abandono lánguido en el que otros jóvenes que aparecerán más adelante se muestran, esta original opera prima argentina presenta una versión distópica del futuro local (o mundial) que va generando una creciente angustia con el paso de los minutos y dando la sensación de que, como dice la canción, probablemente nadie salga vivo de allí.

El film podría ser una extensión de la escena inicial de La Ciénaga que sucede tras algún cataclismo ecológico mezclado con un lisérgico y por momentos algo hipster retrato de un grupo de veinteañeros sin aparente futuro a la vista más que tomar una coca tibia, meter los pies en agua sucia y consumir drogas para pretender que nada de todo esto es real. Pero lo es. O, tarde o temprano, lo será.