
Estrenos: crítica de «El diablo viste a la moda 2» («The Devil Wears Prada 2»), de David Frankel
La periodista Andy Sachs regresa a trabajar en la revista Runway en la que su editora, Miranda Priestly, lidia con un cambiante ecosistema de medios. Con Meryl Streep y Anne Hathaway.
Las secuelas que aparecen muchos años después de exitosas películas originales corren un cierto riesgo de sentirse como un subproducto hecho más por la necesidad que por la oportunidad, una forma de sacar rédito de una marca como sea. Así como bandas de rock famosas de una época se reúnen muchos años después para una «última gira» o algún jugador de fútbol vuelve al equipo de sus amores cuando ya no le quedan muchas más opciones, esa sensación siempre recorre este tipo de tardías secuelas.
Es por ese precedente que El diablo viste a la moda 2 (en España se la conoce como El diablo viste de Prada 2) resulta una agradable sorpresa. Es que, más allá de sus intenciones comerciales de explotar un impensado clásico, es una película inusualmente sutil e inteligente, más conectada (a su manera) con el mundo real que con la fantasía hollywoodense de vivir en un mundo donde la ropa y las marcas es lo más importante que existe. Una suerte de homenaje a los medios, la prensa y al periodismo clásico en épocas de corporaciones e Inteligencia Artificial, esta secuela está más conectada con el mundo real que la primera. Eso si: no es tan divertida como aquella.
Una garantía de que la película no iba a ser un burdo y torpe aprovechamiento de la marca era evidente ya desde el hecho de que su elenco, lejos de estar necesitando volver a los grandes éxitos de su carrera, está pasando individualmente por muy buenos momentos. De hecho, tanto Anne Hathaway como Emily. Blunt no eran grandes estrellas entonces y hoy lo son, lo cual potencia aún más el potencial peso comercial de una película que Disney lanza con la pompa y la campaña de un tanque taquillero.

La secuela encuentra a los personajes veinte años después y los reconecta a partir de una situación muy real. Andy (Hathaway) es una respetada periodista de un medio serio que, justo antes de recibir un premio por una investigación que realizó, recibe la noticia de que, junto a todos los colegas de su medio, fue despedida. Andy aprovecha el escenario para hablar de lo que pasó y de la difícil situación de la prensa y su discurso se viraliza, al punto que los dueños de la revista Runway –en la que ella trabajaba como asistente en el primer film– deciden llamarla pero ahora como periodista de investigación. Eso sí: sin avisarle nada a Miranda Priestly (Meryl Streep), su exigente editora y ex jefa de Andy.
La reunión de las damas no arranca con el pie derecho –Miranda dice no acordarse quién es Andy– y para la chica representa un raro desafío de tener que congeniar el tipo de periodismo que ella hace dentro de una revista de modas que no suele darle prioridad a esas notas «que muy pocos leen». Es así que a Andy le cuesta encontrar sobre qué escribir hasta que logra una entrevista exclusiva con Sasha Barnes (Lucy Liu), ex esposa de un billonario (Justin Theroux) que ahora está en pareja nada menos que con Emily (Blunt), que supo ser también asistente de Miranda y frenemy de Andy, y que hoy tiene un cargo importante en Dior.
Es a partir de ese logro periodístico que la relación entre Andy y Miranda (casada ahora con Stuart, encarnado por Kenneth Branagh) se recompone. El que nunca abandonó la redacción de Runway y sigue como el fashion director de la revista es Nigel (Stanley Tucci), viejo amigo y «protector» de Andy, quien la recibe con los brazos abiertos. Esta nueva conexión llevará al grupo a un viaje al fashion week de Milan y, sobre todo, a lidiar con un intento de «golpe de estado» que implica vender la revista (B.J. Novak encarna a Jay, el hijo del dueño de Runway), desplazar a Miranda y abandonar lo que ellos ven como un negocio (el del periodismo tradicional) en decadencia y sin futuro.

La seriedad del tema le da a la secuela un toque más dramático y, si se quiere, hasta melancólico. Es un film menos claramente cómico que el anterior ya que no tiene el choque de sensibilidades que manejaba el original, que enfrentaba a la entonces joven estudiante de periodismo serio metida a asistente de una severa editora de una revista de modas. Sin el humor aparatoso que se derivaba de ese conflicto (Andy ya usa ropa de modas con comodidad, ya sabe cómo manejarse en ese mundo de exigencias desorbitadas y, sobre todo, no se asusta tanto con Miranda), la historia y el tono de El diablo viste a la moda 2 pasa por otro lado.
Los veinte años que pasaron desde la primera película se notan también en otros cambios. Algunos, estéticos, ya que esta secuela no tiene ese tono un tanto retro de la original (que, vista ahora, parece más de los ’90 que de 2006) y la historia de amor que tiene aquí Andy es menos controversial que la tan discutida de aquel film. La nueva ola feminista de la década pasada también marca diferencias varias en el comportamiento de los personajes y la manera en la que el guión y Frankel presentan a sus personajes femeninos, en casi todos los casos menos crueles y competitivos entre sí que en el original.
Ese cambio afecta al que, creo yo, es el principal problema del film. Miranda ya no es ese monstruo inmanejable y gracioso que, con sus comentarios crueles y sus decisiones intempestivas, le metía miedo a todo el mundo. Sigue siendo poderosa, caprichosa y dominante, pero la película la convierte en una heroína, transformando lo que era casi una villana en un prototipo de mujer empoderada. Eso, es cierto, le da más hondura emocional al personaje (algo que Streep aprovecha, como lo hacía aún en el film anterior en el que gracias a su talento lograba escaparle al registro más obvio de un personaje cruel), pero genera menos situaciones cómicas y absurdas.
El diablo viste a la moda 2 tiene más cameos, presencias de famosos y gratuita publicidad de marcas que el original, lo cual por momentos lo torna un tanto contradictorio en lo que respecta a sus comentarios anti-corporativos y su mirada crítica sobre lo que la propia Miranda define como «un mundo inestable». Pero eso es parte de la mecánica implícita de este tipo de films, que ofrecen un discurso comprometido y a la vez aprovechan todos los recursos generados por las corporaciones que los producen y que más de una vez actúan del mismo modo que los villanos de sus films. Más allá de eso, la película funciona mejor de lo esperado: es más reflexiva, cálida, inteligente y no deja nunca de ser simpática. Tiene menos humor, es cierto, pero quizás eso sea también reflejo de la época en la que nos toca vivir.



