
Estrenos online: crítica de «Agon», de Giulio Bertelli (MUBI)
Un retrato clínico de tres atletas olímpicas expone el deporte de élite como un sistema frío y aislante, donde cuerpo, datos e identidad son llevados al límite. Estreno de MUBI.
ἀγών (agōn): palabra del griego antiguo que significa competencia, conflicto o lucha, utilizada en diversos ámbitos como el deportivo, el militar, el literario y el jurídico.
Cada actividad específica –deportiva, artística, cultural, profesional– tiene dos caras. Una es la que ve el espectador, el que no pertenece a ese mundo, el que participa casualmente u observa solo sus resultados. La otra es la interna, que tiene algunos de esos elementos pero también muchos otros, desconocidos para el común de la gente. Ejemplos hay miles y muchos de ellos se ven en el deporte o el espectáculo, ya que son dos disciplinas observadas y analizadas por miles de ojos. Aún así, detalles se escapan. Agon, esta fascinante y decididamente extraña disección del mundo del deporte profesional de alto nivel, se maneja en un territorio en el que parecen unirse realidad documental y (ciencia) ficción. Se trata de una observación clínica, distante y a la vez muy específica de la vida de un trío de deportistas que están compitiendo en los Juegos Olímpicos.
Ludoj 2024 –así se llaman estos juegos– no existieron en la realidad y casi todo lo que se ve aquí (salvo una cosa) tampoco. De las tres deportistas a las que seguimos en su participación olímpica solo una es real y las otras, actrices. Pero no importa. Agon no es un documental, pero por momentos se siente como tal. Es que Giulio Bertelli, su director, observa y presenta el mundo en el que las tres funcionan como si fuera un entomólogo analizando el comportamiento de criaturas en un extraño universo capturado con precisión en cada uno de sus detalles.

Uno podría definir la puesta en escena del film como una combinación del tipo de clima que presentan los films de Jonathan Glazer (especialmente Under the Skin) con la mecánica distancia del cine de Stanley Kubrick y el ojo para el detalle seco de los films experimentales del Sensory Ethnography Lab de Harvard. Es una película sobre tres deportistas en los Juegos Olímpicos pero, por fuera de ese dato, casi nada se parece a una película sobre eso. De hecho, más parecen tres astronautas a punto de partir en una misión a algún lejano planeta.
El deporte actual está tan tomado por la tecnología de precisión –los análisis, estudios, aparatos y las mediciones– que el hecho deportivo que los espectadores observan es apenas la punta del iceberg de un mundo complejísimo: hardware, software, fábricas que producen implementos, médicos, dietas, ejercicios, máquinas y lugares que parecen más naves espaciales que escenarios deportivos. En esos mundos se mueve esta extrañísima y fascinante opera prima protagonizada por tres atletas italianas que pertenecen a deportes distintos, todos ellos provenientes de tradiciones que son violentas, agresivas y de cierto peligro como la esgrima, el judo y el tiro al blanco. Todas, además, actividades profundamente solitarias.
Alice Bellandi es la única vera deportista, ganadora de medalla de oro en judo en el mundo real. Lo primero que vemos es la bestial operación de rodilla a la que es sometida para poder competir en los juegos y, luego de eso, la veremos entrenar y competir entre mediciones de doping y ejercicios para mejorar su dolorida anatomía y bajar de peso. Alex (Sofija Zobina) es una tiradora de alta competición con muchos seguidores online que se ve en problemas porque se viraliza un video en el cual se la ve cazando animales, lo que pone en riesgo su participación en los juegos y hasta su carrera. Y Gio (Yile Yara Vianello) está más concentrada en esa especie de videojuego en el que se transformó su milimétrico deporte, hasta que las cosas se le complican a ella también.

Agon no va por la épica de cada match ni mucho menos. No sigue para nada los patrones del film deportivo. Al contrario, lo muestra como un mundo abrumador, solitario, lleno de detalles técnicos y profundamente alienante. Bertelli elige no mostrar al público que ve los espectáculos y crea un ambiente despojado en el que hay muy pocos atletas y casi ninguna vida social, a tal punto que bien podrían las tres estar participando en una competencia en un módulo lunar. Pero los problemas que enfrentan son muy reales y contundentes. De hecho, uno de los incidentes –el más shockeante– se basa en algo que sucedió de verdad.
Film de procedimientos (el control de doping parece una detención policial) y de detalles, Agon se ocupa de la ropa que usan, las espadas, los cascos, las armas, la tecnología que precisan para entrenar, las entrevistas, los managers, sus momentos de soledad, los productos que toman y todo el detrás de escena de ese show que es el que llegan a ver los espectadore. Bertelli (uno de los herederos de la familia Prada) tiene un ojo asombroso para observar esos detalles que la mayoría pasa por alto. Y los que amamos el deporte podemos disfrutar (y aún más sufrir) con el mundo y el viaje sensorial en el que el realizador nos introduce. Es deporte, sí, pero se parece más a un laboratorio de una película de ciencia ficción.



