
Estrenos online: crítica de «Endless Cookie», de Seth y Pete Scriver (MUBI)
Un cineasta intenta retratar a su medio hermano, un narrador excepcional, pero el proyecto deriva en un caótico y creativo viaje animado sobre familia, identidad y vida indígena.
De la gran tradición de animación para adultos canadiense llega vía MUBI una ingeniosa, intensa y original combinación entre documental y film de animación llamado Endless Cookie. Definirlo como un documental animado sería un poco exagerado, pero no lo es tanto. Más allá de los disparatados y caseros recursos visuales que utiliza, en el fondo la película de los hermanos Seth y Pete Scriver cuenta la historia de su familia y, a través de sus propias voces, la de todos los implicados.
El film se narra como la historia de su producción, empezando con Seth presentándose a un fondo canadiense para dirigir una película animada. La historia que tiene para contar es la de su medio hermano, Pete, que es indígena y vive en la remota y muy norteña comunidad de Shamattawa, en la región de Manitoba. El supuesto atractivo del proyecto pasa porque, según Seth –que vive en Toronto y es blanco–, Pete es el mejor contador de historias y anécdotas que conoce, y quiere que eso sea el centro del film.

La excusa sirve, en realidad, para contar la extraña saga familiar y, a partir de eso, incursionar en el mundo de las comunidades de las llamadas Primeras Naciones de Canadá, en la que Pete y su familia numerosa vive, además de recordar las historias de vida de ambos, tanto juntos como separados, siendo dos mitades muy distintas de la población de ese país, ya que uno es blanco y el otro no, lo cual les ha generado diferentes experiencias.
Todo esto podría parecer hasta convencional o parte de un documental familiar clásico de no ser por el modo en el que está contado. Endless Cookie es un film de animación hecho a mano, muy creativo, original, disperso y de una intensidad casi radical en cuanto a ritmo, montaje, estructura narrativa y cantidad y tipos de personajes que lo recorren. Los dos hermanos son «humanos» pero la mayor parte de sus familiares bien son dibujados como peines, galletitas, cebollas, maníes o lo que se les ocurra.
A eso hay que sumarle los constantes giros narrativos que van surgiendo de las cosas que Pete cuenta, lo que pasa mientras los hermanos conversan (una cacofonía virulenta de sonidos y de gente que habla que es tan irritante para Seth, que quiere grabar las charlas, como para los espectadores) y de la combinación permanente entre pasado y presente, en las que se va delineando una forma de vida de reservación que tiene algo parecido a la de la serie Reservation Dogs, además de duras historias de vida de sus habitantes.

Es que, en lugar de ponerse seria y solemne como pasa con muchas películas que trabajan el tema del despojo de la tierra, el maltrato y otras crueldades infligidas a los pueblos originarios, Endless Cookie es graciosa, irreverente, bizarra y por momentos hasta psicodélica, creando un universo propio que surge también de las anécdotas de Pete. La idea que Seth vende a los que les dan el subsidio –que tenía que dar resultados en siete meses pero se extiende años– era hacer una película » “divertida, bella, espiritual, política, compleja, simple y verdadera». Y por lo general, lo cumple.
Es cierto es que por momentos la película agota. Su ritmo trepidante, sus constantes efectos sonoros (parece de a ratos un videojuego de los años ’80), la repetición ex profeso de frases y las idas y vueltas entre historias y tiempos puede llegar a causar un efecto de agobio. Cuando los Scriver aminoran la marcha para ponerse más melancólicos, poéticos o políticos, rescatando la estética y el tono de la animación más indie, la película mejora. Cuando insiste en ser graciosa a toda costa, corre el riesgo de volverse reiterativa. Pero aún así, es una bienvenida sorpresa. Uno de los films animados y uno de los documentales más originales de los últimos tiempos.



