Homenajes: En el rodaje de «Martín (Hache)», de Adolfo Aristarain

Homenajes: En el rodaje de «Martín (Hache)», de Adolfo Aristarain

por - cine, Clásicos
26 Abr, 2026 06:24 | Sin comentarios

Escribí esta nota para el diario Clarín durante una jornada de rodaje de «Martín (Hache)» en el Hospital Garrahan de Buenos Aires. Una sola toma que se extendió casi todo el día.

Escena: 18. Plano: 1/3 TOMA 1: «Martín (Federico Luppi) vuelve a Buenos Aires cuando su hijo tiene un aparente intento de suicidio» es como Aristarain describe la escena que está a punto de filmar. Esa simple explicación esconde un dato mucho más importante: se trata de la primera escena que el director filma en Buenos Aires en diez años, desde que hizo el thriller Deadly para los EE.UU., jamás estrenado en el país (lo último que filmó en Buenos Aires y estrenó aquí fue Ultimos días de la víctima, en 1982). Y desde entonces, filmó La ley de la frontera en España y la etapa española de Martín (Hache). Son las 11 de la mañana de un sábado caluroso. La escena en cuestión sigue a un elegante Luppi «con prolija barba y look de diseñador italiano» que se ha reencontrado con Liliana, su ex esposa (Ana María Picchio) y llega a un hospital a visitar a su hijo, Martín (h.), a quien todos llaman Hache (Juan Diego Botto). Mientras ella le explica lo que sucedió, ambos «y la novia de Hache» deben atravesar una puerta seguidos por la cámara hasta encontrarse con el doctor (Enrique Liporace). Es un corto travelling, sencillo en apariencia. Pero no sale. Va de vuelta.

TOMA 2: Martín Echenique es un director de cine argentino, radicado en España, que se ha separado de su mujer y hace años que no ve a su hijo. Pero las circunstancias («Liliana se ha vuelto a casar y no tiene espacio para Hache») hacen que ambos se reencuentren. Será, en principio, una unión forzada ya que Martín no quiere saber nada con recomponer lazos emocionales. «No tiene nada de autobiográfica», explica Aristarain, aunque él mismo sea un cineasta que vivió en España y que tiene un hijo adolescente («El mío tiene 15; este, 19», dirá). Luppi, su compañero de tantas historias, sonríe: «Más allá de lo que diga, creo que el que hace una película establece un punto de vista personal. Hay una frase que dice: «Dime cómo miras y te diré cómo piensas». Pero no hay forma de convencer al director. «Es mi visión, sí, pero no más que eso.» Por un problema técnico hay que repetir la toma.

TOMAS 3 y 4: «Es la primera vez que trabajo con Aristarain», confiesa Ana María Picchio, sufriendo el calor con un tapado negro y un gorro de lana. Y el debut no le va a ser fácil. El director corrige en un par de ocasiones su parlamento y hay que repetir. «Es muy exigente», dirá.

TOMAS 5, 6 y 7: El sector del inmenso hospital Garrahan donde se filma se va llenando de curiosos que ven salir y entrar, una y otra vez, a Luppi y a Picchio. Ambos, sin perder la compostura, repiten la toma. Ahora, el problema es técnico. «De todas mis películas, esta es la historia más dura. La que se mete con emociones más fuertes» explica el director. «Este no es un filme de género, acá no tengo la defensa de las peripecias y tampoco puedo zafar con el oficio.»

TOMAS 8 y 9: Las pausas son muy largas o las expresiones no son las correctas. «El quiere los diálogos tal como están escritos», explica Picchio. Director y actriz conferencian por un rato, se corrigen algunas luces y vuelven a empezar.

TOMAS 10 y 11: «Adolfo está expresando algo más descarnado y personal», dice Luppi como explicando el nivel de concentración y exigencia que nota en el director, a quien no le convencen las últimas dos tomas. «Es una visión más aguda del mundo y la gente. Es una película sobre relaciones, afectos y rechazos. Mi personaje está incapacitado de querer, de ablandarse y recibir afecto.» Hoy faltan dos elementos fundamentales en la historia de Martín (Hache): Cecilia Roth y Eusebio Poncela. Ella interpreta a Alicia, la amante de Martín, y él es Dante, su mejor amigo, un actor al que le gusta vivir en la cuerda floja. «La película defiende la idea de intentar conservar una adolescencia permanente -dice Aristarain-. Se equivocan los que dicen que la adolescencia viene de la falta de algo. Dicen eso para forzar a los chicos a convertirse en adultos.»

TOMAS 12, 13 y 14: Ha pasado el mediodía y es necesario cubrir un molesto tragaluz que complica la iluminación de la escena. El carro de «travelling» se traba, la puerta no se cierra cuando debe hacerlo, el Movicom de alguien suena en el medio de la toma. «Siempre fue un tipo muy riguroso -analiza Luppi-. Se trabajó muy duro y hubo secuencias muy dolorosas. Y los actores tratamos muchas veces de rajar del dolor. Un director leyó el libro y dijo: `No sé si vale la pena exponerse tanto´. Pero yo creo que sí.»

TOMAS 15, 16 y 17: «Los actores muchas veces tendemos a favorecernos -dice Picchio, ante las nuevas repeticiones- «y Adolfo quiere que se respete cada punto y coma. Pero, como me dijo una vez Paco Rabal: «A medida que se va haciendo, mejora». El tiene una idea y quiere llegar a eso. Lo que pasa es que uno no está acostumbrado a ser tan exigido.»

TOMAS 18 y 19: Juan Diego Botto no participa en la escena interminable. El espera en la improvisada sala de maquillaje. «Es una película que habla sobre trazar tu destino, buscar tu sitio -explica-. Y se dicen cosas que no se mencionan en otras películas. Aquí se habla como se habla en la vida. Es una película sincera.» Botto tiene 20 años, nació en la Argentina y, a los tres, cuando su padre pasó a integrar la lista de desaparecidos de la dictadura, se fue con su madre a España . «En lo grueso, Hache y yo somos opuestos. Pero no es un personaje difícil de comprender, pero sí de actuar.» Botto, que viene del éxito español Historias del Kronen y tiene más de 15 años de experiencia (trabajó a las órdenes de Ridley Scott, Vicente Aranda y Jaime Chávarri) dice que volver a Buenos Aires le resulta extraño. «Tengo mi vida hecha allá -dice-, pero tengo mi familia aquí, y hay ciertos olores y cosas que uno no olvida. Sé que aquí están mis raíces.»

TOMAS 20, 21 y 22: La hora del almuerzo vuelve a ser pospuesta. El director sigue sin encontrar lo que busca. Las sonrisas empiezan a transformarse en muecas de preocupación y, en algunos casos, fastidio. «Para la escena del granero, en Un lugar en el mundo, hicimos 45 tomas», explica Noemí Nemirovsky, la directora de producción. «Rodamos más de 80.000 metros de película -dice el director-, bastante más de lo habitual. El costo del filme es más alto porque es más complejo el trabajo con los actores. Pero el rigor es el mismo de siempre.» Casi la mitad del equipo técnico es español y la convivencia de acentos luce de lo más armónica. Han filmado casi ocho semanas en España y aquí les queda una más. «A este paso, me parece que va a ser un poco más», alguien bromea.

TOMAS 23, 24 y 25: Un breve corte para un café. Adolfo le hace una broma a la Picchio y vuelven las sonrisas. La escena no sale pero siguen intentando. «El que exige lo hace porque sabe lo que quiere -dice ella-. Y porque sabe que podés dar más.» Para un director que se ha hecho famoso por su talento para narrar historias generalmente encuadradas en géneros, Martín (Hache) es un riesgo doble. «Acá la acción pasa por las modificaciones internas de los personajes -dice Aristarain-. Con sus 20 años, Juan Diego tiene una madurez impresionante y captó todo al mismo nivel que los demás. Y de Luppi lo único que puedo decir es que creo que es el mejor trabajo que hizo conmigo. Se metió con todo en esta película.»

TOMAS 26 y 27: «A partir de cierta edad se les dice a los chicos: trabajás o estudiás -explica el director-. Hoy, ese planteo es absurdo. El estudio no garantiza nada y el trabajo no te alcanza para sobrevivir. Esta película habla de escapar de eso. Pero no propongo soluciones. No soy un moralista, no tengo una moral para vender. Creo que la vida es dura y que cada uno sobrevive como puede.» «El mundo cambió -dice Luppi-. Los padres crecimos poco y los chicos mucho. En mi época, mi viejo era Dios. El decía algo y era así. Cuando yo crié a mis hijos no existían las aberraciones que hay ahora. No sé cómo me las arreglaría si tuviera hoy un hijo adolescente. Les decís algo y se te cagan de risa en la cara.»

TOMA 28: Casi todos están conformes con el resultado. Menos Aristarain. Son las tres y el almuerzo aún espera. El director habla con los actores y se disponen a repetir. «El antes no habla mucho con los actores -dice Luppi-. Hay que escucharlo en filmación.» Picchio agrega: «Tiene talento y eso hay que respetarlo».

TOMA 29: Los Dioses, los silencios, Picchio, Luppi y las nubes se han puesto de acuerdo. La escena sale redonda y Adolfo Aristarain sonríe satisfecho. Ha terminado su primera toma porteña en años y se dispone a festejarla con un almuerzo. No hay aplausos «demasiada tensión y cansancio, acaso», pero sí se sienten suspiros de alivio. «Soy un rompebolas -admite Adolfo-. Les exijo más y más porque sé que pueden. Pero copio una sola toma. Nada más. Eso sí, la repito hasta que me la creo.»


Nota publicada originalmente en Clarín