
Proyecciones especiales: crítica de «Blue Heron», de Sophy Romvari (MALBA)
Una niña observa a su hermano problemático y a su familia desmoronarse, mientras el tiempo transforma un misterio sin resolver en una dolorosa reflexión cinematográfica. Sábado 4 y 11 de abril a las 20 en el MALBA.
La pregunta se la deben hacer muchos padres y, eventualmente, también hermanos, familiares, amigos, conocidos. Podría ser simplemente un por qué, pero acumula mil potenciales respuestas e infinitas dudas. De algún modo esa pregunta se transforma en una constante revisión, un volver el tiempo atrás para entender un origen, encontrar una razón, saber, descubrir, hallar algo que tape tanta angustia. En la opera prima de Sophy Romvari, el misterio jamás se resuelve. Lo que se hace es recorrerlo, dibujarlo, darle vida cinematográfica como si eso, de alguna manera, pudiera servir para descifrar un enigma.
Blue Heron es un film con mucho de autobiográfico que se centra, al menos inicialmente, en las experiencias de vida de una pareja de inmigrantes húngaros en Canadá con sus cuatro hijos: uno mayor (Jeremy, hijo de un anterior matrimonio de ella), otros dos varones (Felix y Henry) y una niña, Sasha, la menor del grupo y cuyo punto de vista la película de algún modo sigue. Sus padres (interpretados por Iringó Réti y Ádám Tompa) han mudado a todos a las afueras de Vancouver y, pese a la aparente calma y belleza del lugar, se nota que hay algo que no está bien.

Pronto va quedando en claro que Jeremy (Edik Beddoes) es un tanto problemático. Silencioso, poco comunicativo, suele aislarse por completo o volverse agresivo para llamar la atención. Los padres no tienen mucha idea de qué hacer para mejorar su situación ni la relación que tienen con él. Es evidente que han probado de todo y nada funciona. Jeremy se torna agresivo, se mete en problemas, se lastima y lastima a otros. Y es imposible tratar de entender qué le pasa o intentar que explique lo que lo lleva a actuar así. Los «especialistas» tienen sus teorías y sus recetas, pero no hay caso.
Romvari va contando este devenir de una forma lírica, optando por el punto de vista de Sasha (Eylul Guven), la más pequeña, que observa todo sin entender por completo la gravedad de la situación. La chica acaso la toma como parte de su normalidad, al punto que no entiende por qué su madre no quiere que invite a sus nuevas amigas a jugar o a comer en su casa. Blue Heron –premiada en el Festival de Locarno– tiene evidentes puntos en común con La Ciénaga, la influyente opera prima de Lucrecia Martel que también observa de un modo impresionista grupos de niños, adolescentes y padres lidiando con conflictos familiares de todo tipo.
Romvari no opta por acrecentar el drama ni la tensión en términos narrativos. Si bien la propia falta de lógica y de contexto de las acciones de Jeremy darían para hacer crecer el suspenso mediante ese tipo de mecanismos, la directora prefiere un acercamiento más tierno, de alguien que observa con una mezcla de preocupación, miedo y ternura lo que sucede a su alrededor. Uno ve cómo sus padres van perdiendo las fuerzas en su batalla –ella, especialmente, se desarma– y la sensación que tiene es más de angustia que de ansiedad, más de impotencia que de miedo.

Pero también es una película que se detiene en los detalles, observados muchas veces a la distancia o a través de vidrios o desde otros cuartos. La historia transcurre a fines de los años ’90 y uno puede casi sentir la época en la piel: las computadoras de entonces con sus primitivos programas de dibujo, la televisión de la época con sus avisos publicitarios, los objetos en la casa. Romvari dejará a la cámara registrando juegos en la playa, a la madre pelando papas para preparar una comida casera y a Jeremy mirando hacia la nada, como poseído en sus propios y misteriosos pensamientos.
Promediando el film, la realizadora canadiense –cuyos premiados cortometrajes trabajan también este y otros asuntos autobiográficos– dará un enorme salto temporal en el relato y dará un giro formal a su film para apostar hacia algo distinto: una suerte de falso documental poético que reflexiona y analiza ese pasado, una versión si se quiere metafórica de lo que la propia cineasta seguramente hizo al pensar su propia historia para revisitarla y transformarla en una experiencia cinematográfica.
Y si bien parecerá que allí Blue Heron pasa a inscribirse en un formato más reflexivo y algo más distante, con el correr de los minutos la película volverá a golpear duro emocionalmente, viendo cómo unos y otros, en el pasado o en el presente, siguen tratando de entender qué pasó, qué pudieron haber hecho distinto o en qué se equivocaron. Y de nuevo, no habrá respuestas. Estará, en el mejor de los casos, el cine como medium, como puente que conecta el pasado y el presente, el dolor de entonces y la angustia de ahora.



