Series: crítica de «Hombre a medias» («Half Man»), de Richard Gadd (HBO Max)

Series: crítica de «Hombre a medias» («Half Man»), de Richard Gadd (HBO Max)

Dos hombres unidos por un vínculo tóxico atraviesan décadas de violencia, deseo e identidad, revelando cómo la masculinidad los empuja a la autodestrucción. En HBO Max.

El complicado concepto de la masculinidad se pone en juego de una manera brutal en la nueva serie del creador de Baby Reindeer, Richard Gadd, torciendo la lógica genérica de aquella serie para un retrato mucho más crudo, agresivo y un tanto monótono centrado en la relación entre dos «medio hermanos» muy distintos entre sí, cuyas vidas se ven atravesada por constantes tensiones que los involucran tanto a ellos como a todos los que los rodean. Interpretado por el propio Gadd pero esta vez en el rol del más tradicionalmente agresivo de los dos, Ruben es un bully de la manera que Martha era un stalker del protagonista, que aquí es Niall (Jamie Bell), un hombre inseguro y confundido que, ante la violencia que recibe, entra en una espiral autodestructiva que termina empeorando no solo la relación sino las cruzadas vidas de ambos.

A diferencia de Bebé reno, a la nueva serie le falta sutileza y ambigüedad, le sobra violencia y tiene más que ver con los momentos más bestiales de aquella serie (como el episodio 4), siempre con una difusa noción de sexualidad como eje central. Es que la relación entre estos dos «medio hermanos» (en realidad no lo son) pone en juego distintos modos de comportamientos masculinos, uno más tradicionalmente «Alpha» (el de Ruben) y otro que pasa de víctima a pasivo-agresivo, de modo similar al que interpretaba el propio Gadd en la anterior serie. El problema de Hombre a medias es que aquí todo es más obvio, más directo y básico, y hasta las sorpresas que plantea y con las que pretende shockear al espectador son entre simplistas y remanidas.

Aún así, la serie tiene una intensidad que la vuelve casi adictiva. Hay tanta energía, virulencia, tensión, angustia y crueldad dando vueltas que es imposible no mirarla, casi como si fuera un anunciado choque de trenes cuyo impacto se ve venir desde un flash forward que tiene lugar como primera escena de toda la serie, y a la que se vuelve sobre cada inicio y final de episodio en distintos tiempos. Pero cuando se revela la historia completa y todos los detalles de ambas vidas se clarifican y exponen, queda claro que lo que la serie tenía para decir era bastante evidente de entrada. O que, quizás, las tortuosas maneras de enfrentarse a la masculinidad es un tema tratado en exceso en incontables series sobre la toxicidad de los hombres.

Todo empieza en la boda de Niall, ya adulto, en lo que, se sabrá pronto, es el cierre de la historia. Pero el hombre, asustado y timorato, no está con su pareja sino con el agresivo y enojado Ruben, en un establo. Niall viste un tradicional atuendo escocés y Ruben está en cueros y con los puños vendados como si fuera un boxeador en un ring. La cara de temor de Niall lo dice todo. Y los hechos –Ruben le da una golpiza feroz– lo confirman. La serie se dedicará a investigar cómo y por qué se llegó a ese desenlace que no terminará tampoco ahí.

De allí nos vamos a fines de los años ’80 y nos reencontramos con Niall (encarnado allí por Mitchell Robinson) como un típico adolescente tímido, nervioso, víctima de constantes agresiones (bullying) de parte de sus compañeros y hasta desprecio de su burlón maestro. Pero todo empeora aún más cuando el docente anuncia que tendrán un nuevo compañero. Se trata de un chico llamado Ruben (Stuart Campbell de joven, temible). La cara de terror de Niall al enterarse de la noticia lo dice todo. Se vienen tiempos peores para él.

Ruben es hijo de un matrimonio anterior de Maura (Marianne McIvor), pareja de Lori (Neve McIntosh), que es la madre de Niall. La relación entre ambas es mantenida en secreto porque no quieren que la gente sepa que son lesbianas y se presentan como amigas que viven juntas. «Soy tu hermano de otro amante», dirá Ruben al reaparecer en la vida de Niall tras unos años en un centro de detención juvenil por uno de sus tantos arranques de brutal y desmedida violencia física. Es obvio que Niall ya lo sufrió y ahora, obligado a compartir cuarto, lo sufrirá aún más.

La relación entre ambos, igualmente, no es del todo imposible. Como en El club de la pelea o similares, Ruben funciona como la parte que le falta a Niall –lo defiende de los que lo agreden en la escuela, desfigurándolos– mientras que este le hace los exámenes. Ruben es seductor y seguro de sí mismo, mientras que Niall es apocado y timorato. De todos modos, la convivencia es complicada: Ruben lo maltrata, lo humilla (le dice «Bambi» o «marica»), lo hace debutar sexualmente de una manera denigrante y lo mete en un mundo de masculinidad exaltada. Y eso va atando a un Niall que, encima, se está dando cuenta que le atraen más los hombres que las mujeres. Inclusive Ruben. Pero admitir(se) su homosexualidad se vuelve para él un tabú.

La serie seguirá su relación a lo largo de décadas, marcada por hechos tremendamente violentos (al final del segundo episodio hay uno demoledor), estancias en la cárcel, reencuentros, peleas y evoluciones inesperadas en las vidas de ambos. La relación entre los dos suele ser tensa y, para Niall al menos, casi de terror. Pero así como hay momentos brutales, existen otros –los menos, pero fuertes– de reencuentro y cierto afecto. El «truco» de la serie pasará por ir notando, con el paso del tiempo, que la crueldad no viene solo de Ruben sino de ambos y que la perversa relación establecida –marcada por la necesidad de ser «un hombre dominante»– les arruinará la vida a los dos. Y cada vez que Half Man vuelve a la boda inicial parecerá que el conflicto que los enfrenta es otro, así como también cambia el aparente rol de víctima o victimario.

La serie trata sobre esas oposiciones, esas maneras de «ser hombre» en el mundo y las repite constantemente de modos muy similares. Habrá giros en la trama en las que Gadd pondrá en juego la pregunta más inquietante de todas: no solo quién de los dos es «peor» sino cuán dañina es la cultura machista en la que viven y que los lleva a no poder llevar una vida un poco más tranquila. Traumas infantiles, imposibilidad de verbalizar emociones, actuar antes de pensar, la agresión física como modus operandi y la autodestrucción son las maneras que encuentran para lidiar con sus respectivos sufrimientos. Y si bien Hombre a medias te toma por las narices, llega un punto en el que se vuelve agobiante, martillando una y otra vez sobre el mismo asunto.

Parecida en cierto punto a Adolescencia –que trataba de otra manera sobre la masculinidad tóxica– y metida en ese mundo que se da por llamar la manósfera, a la serie le cuesta escapar de esa atmósfera oscura (inclusive visualmente) y de constante crueldad, una que incluye a otros personajes también. En ese infernal escenario, Gadd y Bell juegan escenas que van de lo físico y violento a lo teatral de un modo que hace recordar a cierto cine y teatro norteamericanos de los años ’50 (Marlon Brando en Un tranvía llamado deseo por poner un ejemplo), con algunos largos y elaborados diálogos que suenan, al menos en el caso de Gadd, en exceso forzados. Dos «medios hombres» codependientes, los hermanos de Hombre a medias son las dos peores caras de la moneda masculina, dos caminos a la autodestrucción de una generación que ha crecido con el trauma de fingir lo que no se es y de actuar en consecuencia.