Cannes 2026: crítica de ‘Butterfly Jam’, de Kantemir Bagalov (Quincena de Cineastas)

Cannes 2026: crítica de ‘Butterfly Jam’, de Kantemir Bagalov (Quincena de Cineastas)

por - cine, Críticas, Festivales
13 May, 2026 09:03 | Sin comentarios

Un joven luchador de la comunidad circasiana de Nueva Jersey se ve obligado a enfrentar los fracasos de su padre tras una decisión impulsiva que lo cambia todo. Con Barry Keoghan y Riley Keough.

Las culturas patriarcales tienen sus rituales de masculinidad. Pueden ser obvios y evidentes, pero también discretos, raros, incómodos. Pueden funcionar como una forma de bullying o como un desafío a ser fuerte, a no mostrar zonas frágiles, a no abrirse a la vulnerabilidad. Butterfly Jam tiene ese tema como eje, como núcleo a partir del cual su historia rota, circula. Es, esencialmente, una película centrada en la relación entre un padre y un hijo, dos miembros de la comunidad circasiana —una etnia originalmente del norte del Cáucaso a la que pertenece el director, en una zona de la actual Rusia muy cercana a Georgia— que viven en Newark, New Jersey. Y todo lo que sucede alrededor de ellos.

Pyteh (Talha Akdogan) es un adolescente que dedica gran parte de su tiempo a la lucha libre, deporte en el que es un especialista, al punto de que su padre, Azik (Barry Keoghan), asegura que será campeón olímpico. A diferencia de su hijo, Azik es un tipo un tanto más timorato y enredado, más sensible y hasta torturado. Es un buen cocinero —sus recetas tradicionales de la cocina circasiana, como los delens, son siempre muy apreciadas, y hace además una «jalea de mariposas» que a todos intriga— y trabaja en el restaurante popular que maneja su hermana, Zalya (Riley Keough), que está a punto de ser madre.

En paralelo, la historia se ocupará de Pyteh, su entrenamiento, la relación con Alika (Jaliyah Richards), una chica afroamericana que conoce allí, y la que tiene con su padre, a quien adora pero al que quiere ver crecer, profesionalmente, quizás trabajando para un conocido de la comunidad que tiene varios restaurantes de más categoría. Pero Azik tiene otros planes, o no tiene planes, y parece más preocupado por ponerle nombre a su sobrina, por hacerle un regalo a su hermana o por admirar un poster de Mónica Bellucci —asegura que ella es también circasiana—, que en cambiar de trabajo.

Alrededor de ellos, una comunidad de todos hombres —en la que se incluye al a veces pendenciero y otras veces confundido Marat (Harry Melling)— se reúne a jugar a las cartas, van de copas, se golpean y cumplen con los rituales performativos de una amistad que quizás no sea tan fuerte como parece. En la lucha libre —de un modo más regulado quizás— suceden cosas parecidas. Todo, sin embargo, se empieza a enredar entre ellos de maneras inesperadas, llevando la situación a extremos de violencia inusitados y brutales.

Butterfly Jam es, en el fondo, un coming of age de un chico de 15 años que es parte de esa cultura masculina y performativa, y empieza a darse cuenta que lo que hay, en lo profundo, es mucho más tóxico de lo que parece. Llamar a alguien débil —o «gallina» o «marica»— es quizás el insulto más violento que puede existir, entre ellos un tipo de comentario que para los protagonistas de esta historia se presenta como un desafío al lugar del hombre en esa comunidad. Y usarla, a su manera, como arma, provoca todo tipo de confusiones y conflictos.

El film del realizador ruso —exiliado tras la invasión de Ucrania— de Tesnota y Beanpole pega un vuelco raro aquí con su carrera, haciendo una película más cercana en espíritu a cierto cine indie norteamericano, algo marcado especialmente por la afectación actoral de Keoghan, un intérprete que siempre parece hacer un par de cosas de más, en ese recargado estilo Actors Studio que maneja. Curiosamente el más joven e inexperto Akdogan resulta mucho más interesante en su personificación de este chico que no entiende bien a su padre y que no sabe cómo reaccionar ante algunas de sus actitudes o aparentes decisiones.

Algo curioso que Bagalov le suma al film es un raro sentido del humor, una serie de situaciones o apariciones curiosas —incluyendo la de un pelícano, que termina siendo más relevante que lo que parece— que sacan a la película de la línea más grave y severa que mantiene a lo largo del relato y que va creciendo sobre el final. Finalmente, todos esos elementos trabajan con una similar idea temática de fondo, la de cortar generacionalmente con ese círculo de violencia y machismo para establecer otro tipo de relaciones, otro tipo de familia, otro tipo de vida.