
Cannes 2026: crítica de ‘Coward’, de Lukas Dhont (Competición)
En el frente de la Primera Guerra Mundial, un joven campesino se enamora del líder de la troupe teatral de su regimiento y encuentra en el arte un refugio y un despertar.
Las películas de época sobre conflictos bélicos parecen ser una tendencia del festival de Cannes 2026. Son varios los films en los que se cuentan historias de la Primera y la Segunda Guerra Mundial, además de la guerra civil española y de diversos conflictos contemporáneos, reales (Ucrania, Gaza) o algunos inventados o ficcionalizados.
Coward se apoya específicamente en la Primera Guerra Mundial para contar la historia de Pierre (Emmanuel Macchia), un joven soldado apostado en el frente de batalla en Bélgica que enfrenta, con la parquedad y timidez de un granjero sin mucho conocimiento del mundo, una experiencia que lo supera y atraviesa emocionalmente.
Lo que más intrigará a Pierre estando en el frente, más allá de los ocasionales bombardeos o escaramuzas con el enemigo, es el contacto que establece con un grupo de soldados que arman una suerte de teatro para sus colegas, una troupe liderada y encabezada por Francis (Valentin Campagne), otro joven de su pelotón con evidente talento artístico y mucho más desinhibido. Pierre no tiene ni talento ni ambiciones artísticas —de hecho, es muy parco y tímido, un chico de campo de tan solo 18 años—, pero quiere estar junto a ese grupo, ser parte. Y el interés evidentemente mutuo que existe entre él y Francis no es un tema menor.

Lo nuevo del director de Close se centra, como aquella película, en una historia de amor gay sino prohibida al menos altamente problemática en contexto. Si bien los artistas del grupo teatral suelen actuar vestidos de mujer, no entra en la consideración pública la posibilidad de que sea algo más que un juego. Pero a Pierre le pasa otra cosa con Francis. Y, da la impresión, a Francis también. ¿Encontrarán la manera de estar juntos en medio de una situación y un contexto como ese?
Dhont se propone un film de pocos diálogos, planos cercanos, muchas miradas, acercamientos, roces. No hay mucha explicación de qué pasa en ese momento bélico ni del contexto político. Tampoco sabemos mucho de las vidas de ambos por fuera del pelotón. Lo más revelador es el hecho de que Francis no quiere que la guerra termine porque siente ahí una libertad que, sabe, no tendría en la vida normal, pero Pierre quiere escaparse, irse a las montañas, estar lejos de ahí. De hecho —y tras unas experiencias fuertes— se autolesiona para poder dedicarse a full a ser parte de la troupe teatral y así alivianar el riesgo de muerte.
Es una película que, salvo por mínimos momentos, no apunta a generar impacto fuerte o emociones exaltadas. Se maneja en voz baja, muchas veces hasta en silencio y muchas escenas están dedicadas a los números musicales o cómicos que la troupe presenta mientras Pierre los mira, inicialmente, con curiosidad y deseo de participar. Y luego, intentando ser uno más de ese grupo, disfrazado y todo. Quizás el arte no sea lo suyo ni lo que se le da más fácilmente, pero las emociones que le despierta lo tocan cuando menos se lo espera.



