
Cannes 2026: crítica de ‘Historias paralelas’ (‘Histoires parallèles’), de Asghar Farhadi (Competición)
Una escritora, un telescopio y traiciones imaginadas: Farhadi estira una premisa atractiva hasta volverla un relato largo, confuso y cada vez menos creíble. Con Isabelle Huppert, Virginie Efira y Vincent Cassel.
Hay cineastas que, cuando salen de su lugar de origen, pierden la forma. Al iraní Asghar Farhadi ya le había pasado algo así cuando hizo en 2018 Todos lo saben en España, pero nada nos había preparado para la debacle casi total que es Parallel Tales, una historia que encima se pretende inspirada en Una película de amor (o No amarás), el clásico de Krzysztof Kieślowski. Poco y nada conserva de aquel film más allá de la estructura de espiar a vecinos y enamorarse de uno de ellos, pero el mecanismo viene siendo trabajado hace décadas, siendo La ventana indiscreta, de Alfred Hitchcock, el ejemplar más logrado.
Aquí, el director de La separación utiliza esa estructura para jugar una suerte de juego de espionaje entre dos casas enfrentadas, separadas por una calle. Pero le agrega otra, que debería darle una mayor complejidad: en una de ellas hay una escritora que observa lo que pasa en la otra y crea una ficción al respecto. Pero lo que podría ser un ligero juego de enredos cruzados de 90/100 minutos se convierte en un interminable rulo de dos horas y media que no tiene mucho para decir y, en un momento, no va para ningún lado.

La película bien podría haber sido la Gala de Apertura y todos entenderíamos la decisión: una película fallida de un director conocido con un elenco de grandes figuras del cine francés. Pero al ponerla en competición uno le exige un estándar mínimo de calidad al que la película nunca llega. Todo arranca de una manera más o menos simpática y amable. Isabelle Huppert encarna a Sylvie, una veterana y medio descuidada escritora que vive en una casa sucia y caótica mirando con un telescopio a los vecinos de enfrente. Su objetivo es inspirarse en ellos para crear una ficción.
A la par, lo que veremos será la ficción que Sylvie va creando con lo que ve en la casa de enfrente. Y su telescopio sigue a la que llama Anna (Virginie Efira), que trabaja en un estudio de artistas de foley (los que hacen los ruidos y efectos de sonido para la industria audiovisual), junto al que ella define como su marido (Pierre Niney) y a su jefe, al que le supone su amante, Pierre (Vincent Cassel). Entre ellos tres, Sylvie imagina una historia de traiciones y venganzas cruzadas, un drama romántico old school.
A la par, el que empieza a rondar la casa de Sylvie es Adam (Adam Bessa), un joven homeless que ayudó a su sobrina a salir de una complicada situación en el metro parisino. Para ayudarlo, la chica le da trabajo limpiando la casa mugrienta de su malhumorada tía, con el objetivo final de ponerla en venta. Pero al ir enterándose de lo que escribe Sylvie, Adam se ve tentado a quebrar esa barrera y conectarse con esa «Anne» en la vida real, una mujer que puede tener que ver —o quizás no tanto— con la versión que Sylvie hizo de ella. De hecho, todo lo que sucede en esa casa quizás sea muy distinto de lo que la señora escribió.

Lo que hasta ese momento podía sostenerse como una suerte de comedia de enredos entre vecinos con las confusiones, romances y peleas del caso —incluyendo un breve cameo de Catherine Deneuve— intenta volverse de allí en adelante una reflexión acerca de la realidad y la ficción que es más interesante para analizarla que para verla explayarse en una hora y media más de nuevos enredos, nuevas confusiones y nuevos romances, solo que ahora con los límites mucho más borrosos.
Hay un tema inquietante para explorar aquí: la idea de que la ficción puede crear realidad o que logra descubrir algo que no es evidente en el plano de lo real. La lógica de lo que pasaba en ese estudio de sonido puede haber sido fallida o exagerada a partir de los datos específicos tomados por Sylvie, pero el telescopio —el dispositivo que captura verdades, la cámara— algunas cosas supo ver. Y ese doble cruce cobra relevancia sobre el final.
Pero para llegar hasta allí hay que atravesar una agotadora serie de giros narrativos que enredan y vuelven a enredan lo que podría haber sido una comedia negra mucho más redonda, breve y lograda. Farhadi debe creer que hay algo muy relevante para contar en estas Historias paralelas y sigue y sigue hasta que la poca credibilidad que le quedaba a la propuesta se esfuma por completo, llevándose puesto al elenco y, uno teme, hasta buena parte de su reputación como cineasta.



