
Cannes 2026: crítica de ‘I’ll Be Home in June’, de Katharina Rivilis (Un Certain Regard)
Una joven alemana, estudiante de intercambio en un pequeño pueblo de Nuevo México enfrenta el choque cultural, el nacionalismo y el primer amor tras el 11 de septiembre.
Qué te trajo hasta Las Cruces», le pregunta a Franny (Naomi Cosma), cuando la recoge, el padre de la «familia adoptiva» que la tomará como estudiante de intercambio durante un largo período. Es que, por cierto, su presencia allí es toda una rareza. Las Cruces es un pequeñísimo pueblo de New Mexico, que parece estar más cerca del período de las películas del oeste que de cualquier tipo de modernidad. Y ella es una chica alemana, de aspecto moderno, de tan solo 16 años. ¿Qué puede salir mal?
En principio, la curiosidad y la aparente amabilidad reinante lo tapan todo. A Franny la reciben con entusiasmo sus dos nuevas «hermanas» y los padres de ellas. En el colegio —donde hay otra chica alemana haciendo el mismo plan— es también bastante bien recibida, al menos para los estándares de crueldad que uno suele ver en las películas sobre escuelas secundarias en ese país. Los otros chicos, allí, son el menor de sus problemas.

Lo que empieza a enredar todo sucede el 11 de septiembre y parece, en principio, ser ajeno a ella. Pero de a poco ciertas tensiones empiezan a circular en su casa, especialmente con los padres, que se vuelven nacionalistas y un tanto xenófobos. Si bien Franny es blanca y pasa inadvertida salvo por el acento, a la chica la empieza a incomodar el grado de religiosidad y belicosidad que respira. Por suerte —acá la película da un giro raro— en la escuela todos parecen ser llamativamente críticos con las políticas belicosas del país.
Promediando un film que es excesivamente largo, Franny deberá mudarse a otra casa, lidiar con una nueva familia, seguirá con su cámara filmando todo lo que ve —recurso que Katharina Rivilis utiliza visualmente— y, sobre todo, conocerá algo así como el amor. Se llama Elliott (David Flores), es un chico un tanto outsider, con el que se entiende bien. El problema es que a los adultos no les gusta que ande con él, a quien consideran una «mala compañía».
I’ll Be Home in June es muy precisa para observar el mundo en el que Franny vive y los choques culturales con los que se encuentra: la religiosidad local, ciertos hábitos familiares, la lógica en las escuelas —no entiende que haya policías adentro— y hasta elementos de la rutina diaria. Pero es una chica amable, poco conflictiva y tiende a no meterse en problemas. En ese sentido, el film no busca excesivamente el choque o el conflicto. Va observando, mostrando, acompañando su experiencia con la curiosidad de un adolescente europeo metido en lo profundo del desierto y del Oeste norteamericano.

La película está atravesada por el espíritu del cine indie norteamericano de la época, con sus looks todavía algo noventosos, sus canciones de rock alternativo —es graciosa la escena en la que ella canta una canción de PJ Harvey en un show escolar— y sus rutinas y vocabulario. A la vez, remite también al tipo de cine que los europeos hacen cuando filman Estados Unidos, como supo ser el caso de Wim Wenders, que oficia de productor ejecutivo aquí.
Con sus más de dos horas de duración la película se extiende más de la cuenta y quizás la historia de amor sea menos interesante de lo que Rivilis cree que es, más allá de lo encantadora que por un rato sea su melancólica ternura. Pero en todo momento lo que I’ll Be Home in June transmite es una mirada honesta, sensible, verdadera, dada seguramente por el aparente carácter autobiográfico de la propuesta. Una película sobre un sueño americano muy distinto al que promete la publicidad y, en algún punto, bastante más real.



