
Cannes 2026: crítica de ‘La muerte no tiene dueño’, de Jorge Thielen Armand (Quincena de Cineastas)
La intención de una europea de vender su herencia venezolana desata un brutal choque poscolonial entre dos mundos irreconciliables.
Un curioso blend entre drama social, film de terror y violento western, La muerte no tiene dueño le escapa a buena parte de los clichés de la clásica película latinoamericana que circula por festivales de cine en una búsqueda que la acerca más a los ejemplares de género autoral surgidos en los últimos años. De todos modos, el realizador venezolano Thielen Armand parece tener en claro que su «norte creativo» pasa más por un cine de antaño: los westerns y los films de terror hechos en Europa en los años ’60 y ’70: el giallo italiano y el spaghetti western.
La presencia de Asia Argento como protagonista excluyente empuja más a esa lectura, ya que la actriz no solo es hija del maestro Dario Argento sino que tiene una larga carrera en este tipo de películas en las que el drama social y el psicológico se insertan dentro de tramas de género por lo general bastante oscuras. Y lo que pasa aquí es exactamente eso. La actriz italiana encarna a una mujer que viaja a un pueblito de Venezuela con la intención de vender el enorme caserón que pertenece a su familia, tras la muerte de su padre, sin imaginar que una vez allí la «operación inmobiliaria» será cualquier cosa menos sencilla.
Relato sobre un choque colonialista con reminiscencias al cine de Claire Denis —especialmente cuando filma en Africa o en América Latina—, la película del director de La fortaleza se inicia con el arribo de Caro a este pueblo de Venezuela perdido en el tiempo y abandonado a su suerte donde su fallecido padre tenía una casa que, ella cree, puede estar valuada en un millón de dólares. Ya en el coche que la lleva al lugar aparecen los primeros problemas: un policía le pide coima, el chofer la incomoda y pronto, al llegar a la casa, la cuestión se complica aún más.

Los motivos son obvios. En el enorme y destartalado lugar vive alguna gente. La principal es Sonia (Dogreika Tovar), una mujer negra, hija de la que fue su mucama. Y está también su hijo Maiko (Yermain Sequera) y varias otras personas rondan, viven o «subalquilan» algún espacio en ese lugar. En un país y una ciudad de extrema pobreza, la casa de la familia de Caro es algo así como un refugio para desesperados.
Pero ella quiere su casa y su dinero, por lo que empieza una batalla en principio legal y de agresivas discusiones respecto al derecho que unos y otros pueden tener sobre el lugar, especialmente porque la ley tiene sus vueltas respecto a los dueños que abandonan sus propiedades. Pero acá no hay ley que valga por lo que, en definitiva, cuando la cosa se ponga peliaguda, habrá que resolver los asuntos como se hacía antaño, mediante la ley del más fuerte. O el más conectado. O el más vivo.
Con un clima denso, atmosférico y una recargada banda sonora que va intentando llevar hacia adelante un relato que avanza de modo un tanto moroso, La muerte no tiene dueño es un agobiante relato sobre las relaciones entre dos mundos muy separados entre sí, un análisis poscolonial en el que la propiedad de la Tierra se vuelve a litigar, sea del modo que sea. Y si Sonia y los suyos tienen maneras de hacer pesar su derecho sobre el lugar, la confundida Caro pronto intentará tocar sus propios timbres para dar también batalla.
La película es densa, un tanto pomposa, embebida en su propia solemnidad, una que solo empieza a romperse, por suerte, cuando la sangre empieza a correr y todos esos diálogos filosos y miradas torvas que todos se cruzan dan paso a la violencia brutal que se ve venir desde el inicio. Allí aparece el western a lo Sam Peckinpah (hay una influencia de Perros de paja dando vueltas por ahí) y la película cobra, tardíamente, algo de vida. O de muerte, que a esa altura es más o menos lo mismo.



