
Cannes 2026: crítica de «La perra», de Domingo Sotomayor (Quincena de Cineastas)
En una isla chilena, el vínculo entre una mujer y su perra desentierra traumas de infancia, redefiniendo memoria, pérdida y los límites de la devoción.
Yuki es algo así como un soporte para Silvia, la protagonista de La perra, la nueva película de la realizadora chilena Dominga Sotomayor, adaptada libremente de la novela homónima de la escritora colombiana Pilar Quintana y trasladada a una isla en Chile. Apenas la ve, entre otros cachorritos simiares, conecta con ella de tal manera que prácticamente se la saca de las manos a una niña que también la quería. Y con el paso de los días se vuelve algo así como su madre, su cuidadora, su compañera. A tal punto que si novio, Mario (David Gaete), la mira con cierta extrañeza, sin entender del todo los motivos de tal devoción. ¿O sí?
Silvia (una extraordinaria Manuela Oyarzún) trabaja limpiando casas y juntando algas del mar en ese pueblo costero poblado de personas esforzadas y de bajos recursos y en el que hay algunas elegantes construcciones a la que gente rica de la ciudad viene de vacaciones. De hecho, la casa que Silvia limpia obsesivamente no la visitan sus dueños hace tiempo, pero ella va igual de todos modos a sacarle lustre a sus ventanas. Y es el único lugar donde reta a Yuki y le pone algún tipo de límites.

La apacible y vital sensación casi de romance entre perra y dueña se complicará un día en el que Yuki desaparece súbita e inesperadamente. Con su novio la buscan y, como no la encuentran por ningún lado, temen lo peor. Y allí la película dará un vuelco a sobre si misma para ir al pasado, a los años ’90, cuando Silvia era preadolescente, vivía allí con toda su familia y esa misma casa que hoy limpia obsesivamente —y que hace recordar a la Villa Malaparte de la isla de Capri, vista en El desprecio, de Jean-Luc Godard— era visitada asiduamente por sus dueños: padre (el brasileño Selton Mello), madre e hijo de la edad de Silvia.
Lo que sucede a partir de allí —en ese bloque específico de tiempo— servirá para entender mejor al personaje: su apego por el animal, su dolor al perderlo y dejará a la vista un costado más complicado y traumático de su personalidad que nos permitirá verla de otra forma. De allí en adelante la película volverá al presente, pero ya de otra manera: las marcas de lo que pasó y lo que pasará luego dejan en claro que esa calma y conexión que Silvia tiene con el animal también tiene sus bemoles.
La perra es una película sobre la maternidad, la pérdida y los traumas derivados de ese tipo de situaciones. Pero también es un film sobre esa isla, sus vientos, el fuego que surge a veces desde el mismísimo agua, su gente de trabajo —rostros endurecidos por el sol, personas que no regalan demasiadas sonrisas— y los secretos que los rodean. Sotomayor sigue durante mucho rato a la perra y la deja ser y hacer, nos muestra el mundo desde su perspectiva y se aleja de la mecánica narrativa más tradicional de la novela para perderse en ese juego sensorial, entendiendo que el sentido de trasponer un texto literario es encontrarle una escritura cinematográfica que lo justifique.

Y es allí —o en las raros momentos en los que la gente del pueblo y hasta la propia película conecta con las telenovelas brasileñas, los reality shows de cantantes tipo La voz u otros detalles de color de la vida allí— donde La perra encuentra su mejor versión, cuando se centra más en los espacios, en los enigmas y en los raros giros de la personalidad de Silvia que cuando intenta alinearse a una narrativa más clásica del trauma.
Después de grandes películas como De jueves a domingo y Tarde para morir joven –y tras ese paso un tanto incómodo por eso de hacer “una de Netflix” con Limpia—, Sotomayor consigue combinar lo mejor de su cine observacional, detallista y curioso con, si, una trama más clásica y propia de la literatura latinoamericana de éxito internacional. Y sale adelante del desafío porque le impone a la película su firma, la lleva para donde quiere y la convierte en una historia sobre una perra, su dueña y todo lo que el mundo sabe pero calla alrededor de ellas.



