
Cannes 2026: crítica de ‘La Vénus électrique’ (‘The Electric Kiss’), de Pierre Salvadori (Apertura)
En el París de los años 20, una artista de feria se hace pasar por médium para estafar a un pintor en duelo, desatando una historia de amor y engaños. Fuera de Competición.
No se espera mucho, ya desde hace unos cuantos años, de una película de inauguración de Cannes. El espacio en la programación parece entregado a los distribuidores cinematográficos locales que buscan un lanzamiento tipo pre-estreno de algo francés que llegará a los cines comerciales en pocos días. Ahora bien, dentro de ese limitado universo, hay mejores y peores experiencias. Y La Venus eléctrica está entre las más o menos dignas. Una comedia picaresca, entre dramática y romántica, durante un buen rato promete una experiencia simpática y amable. El problema es que dura media hora más de lo que debería.
Es un universo cercano al del Woody Allen de los últimos años —o al de ciertas comedias clásicas del Hollywood de un siglo atrás—, un mundo ligado a magos, espiritistas, artistas de circo e ilusionistas varios, viendo cómo ese tipo de personajes pueden meterse en historias de amor donde lo verdadero y lo falso se confunden. Esta transcurre en Paris en la década de 1920 y tiene como personaje principal a Suzanne (Anaïs Demoustier), una chica que se presenta en una feria como Venus Electrificata, y cuya especialidad es dar besos a clientes pasándoles electricidad al hacerlo. Le pagan muy poco por la tarea y, de hecho, le debe plata a su abusivo empleador (Gustave Kervern).
Casualmente, estando una noche en la sala que habitualmente usa Claudia, la medium de esa feria para «hablar con los espíritus», Suzanne es confundida con esa mujer por Antoine (Pio Marmaï), un cliente borracho que llega con mucho dinero y necesidad de hablar con su novia muerta. Y la chica, en lugar de admitir que no es la verdadera medium —y que no tiene idea de qué debe hacer—, ve el billete en sus manos y lo convence de que puede hablar con esa mujer. Alcoholizado, el hombre no solo le cree y se fascina con lo que le dice sino que la invita a seguir haciendo sesiones espiritistas en su casa.

Es allí que Suzanne se topa con el marchand de Antoine (Gilles Lellouche), quien, tras ver que el depresivo pintor ha vuelto a agarrar el pincel tras esas «experiencias místicas», no solo le pide que siga con las sesiones por un porcentaje de las futuras ventas de sus cuadros sino que le ofrece material de la vida de ambos para que sea convincente su engaño. Y Antoine cae en la trampa, enredándose todos en una historia de amor, engaños, dolor y mentiras que tiene, a la vez, algunas reminiscencias con Vértigo, de Alfred Hitchcock.
La muy bien planteada trama se sostiene con elegancia durante la primera mitad de la película poniendo el eje en las mil maneras en las que Suzanne/Claudia logra engañar al azorado Antoine, pero luego empieza a perder fuerza y a reiterarse, más teniendo en cuenta que es bastante evidente de entrada hacia dónde va. Pierre Salvadori decide hacer flashbacks con la vida previa de Antoine e Irène (Vimala Pons) para ver cómo fue su vida juntos a partir de lo que la mujer escribía en sus diarios. Y eso, más algún giro de sobra en la trama, va haciendo que The Electric Kiss pierda su encanto con el correr de los minutos.
No lo pierde del todo. La aparición de Pons le otorga algo de magia y carisma a los flashbacks —uno entiende al verla la devoción de Antoine por ella— y algunos giros del final tienen un ingenio propio de los muy bien entrenados guionistas, pero el film termina siendo menos encantador de lo que podría haber sido en más compactos y directos 90 minutos. Para el slot incómodo de ser la película de apertura de un festival así, La Vénus électrique no decepciona. Y tampoco lo hará una tarde de fin de semana en una plataforma de streaming. Pero no le pidan mucho más que ese discreto encanto.



