Cannes 2026: crítica de ‘Notre Salut’ (‘A Man of His Time’), de Emmanuel Marre (Competición)

Cannes 2026: crítica de ‘Notre Salut’ (‘A Man of His Time’), de Emmanuel Marre (Competición)

por - cine, Críticas, Festivales
21 May, 2026 03:28 | Sin comentarios

En este drama francés, la cómoda complicidad de un burócrata del régimen de Vichy se convierte en espejo inquietante del presente político de Occidente. Con Swann Arlaud.

La tercera película vista en Cannes sobre la ocupación nazi en Francia —las otras fueron Moulin y When the Night Falls— es la mejor y más compleja de las tres, no solo por el ángulo que toma para contar su historia sino por su original manera de estar narrada. Basada en las cartas que se enviaban sus abuelos, el realizador Emmanuel Marre expande acá esos textos para narrar la que pudo haber sido, con detalles ficcionalizados, la historia de ambos, principalmente la de su abuelo Henri. Lo que distingue al film es, por un lado, el hecho de que su protagonista sea un colaboracionista del regimen de Vichy. Y, por otro, la manera relativamente compasiva con la que lo pinta.

Pero lo más distintivo es su tono: burocrático, rutinario, lleno de reuniones, discusiones y juegos políticos que el film capta con una cámara que actúa casi como espía, sin darle una entidad dramática muy fuerte a lo que muestra. Lo más parecido a la emoción o, si se quiere, a una reflexión sobre lo que vemos pasa por la voz en off de su mujer en las cartas que le escribe y, ocasionalmente, la de las suyas, al contestarle. Es ahí que el drama aparece a modo de comentario en un film que pone en escena, otra vez más, aquello de la banalidad del mal.

Quizás sea exagerada la comparación pero hay algo en A Man of His Time que hace recordar a Zona de interés. Sin la radicalidad formal del film de Jonathan Glazer, la película de Marre adopta también una forma casi espectral, de observadora de hechos que empiezan siendo éticamente complicados para volverse, finalmente, bastante terribles. Es que lo que cuenta el film es el paso de Henri Marre (Swann Arlaud) por las segundas líneas del gobierno de Vichy, colaboracionista con los nazis tras la invasión a ese país durante la Segunda Guerra.

Al comenzar la película vemos a Henri intentar de cualquier modo acercarse a figuras de poder de ese gobierno colaboracionista tratando de conseguir algún puesto. El que sea. Tras ofrecerse a varios burócratas explicándoles sus cualidades y su preparación —Henri era ingeniero—, pero sin tener suerte, trataba de que todos leyeran o compraran un libro que había escrito, titulado Notre salut, como el film. En él, había escrito su filosofía y sus recetas para sacar a Francia adelante en la situación que atravesaba.

Finalmente conseguirá un trabajo en el Departamento de Desempleo y desde allá comenzará a tener cierto poder bajo el gobierno títere del Mariscal Petain. Y una vez acomodado allí llegarán a Limoges su esposa Paulette (Sandrine Blancke) y sus hijos. Entre ellos permanece un afecto mínimo, que se nota más en las cartas que en la cotidianidad seca y rutinaria en la que se ven metidos. Pero en tanto el tiempo pasa y los actos criminales de los nazis se hacen más evidentes —se rumorea que están empezando a trasladar judíos a algún lugar—, Henri y familia tienen que dilucidar qué decisión tomar ante esa situación.

Marre, que codirigió hace unos años la muy buena Zero Fucks Given, le agrega al film un toque llamativo. Ocasionalmente musicaliza escenas con música contemporánea o bailable de los años ’80 —temas de Alphaville y hasta el clásico de Opus Live is Life—, incluyendo una coreografía y todo. Las escenas son un tanto descolgadas del resto de un relato que formalmente no funciona bajo esos mismos códigos —salvo por la manera de hablar de los actores, que es más actual que de esa época—, pero funcionan igualmente bien, quizás porque sacan a la película del repetitivo tono que por momentos tiene. Buscado, es cierto, pero repetitivo al fin.

El problema de la repetición suele ser uno de los grandes inconvenientes a la hora de filmar la burocrática y pedestre manera en la que muchas personas que ejercen puestos de poder se ven involucrados en hechos éticamente complicados. Pero Marre va tensando de a poco la cuerda del drama humano. De entrada nada parece ser evidentemente grave en las tareas de Henri, pero estar trabajando para los colaboracionistas y ser parte del grupo que toma ciertas decisiones —o hace la vista gorda ante otras— carga con un peso ético que se va volviendo más y más pesado con el paso del tiempo.

A Man of His Time es una película original, creativa, diferente a casi cualquier otra biografía histórica de la Segunda Guerra Mundial. Y esa distinción la vuelve única, inclasificable. En ese sentido está lejos de ser la burocrática transposición de novelas o grandes historias de vida durante la guerra. Es la historia de un mediocre, de un tipo que es capaz de cualquier cosa para seguir ahí, para ocupar un lugar, no molestar a sus jefes, cumplir con sus obligaciones y dejar de ser un perdedor que tiene que robar comida de las fiestas para alimentarse y tapar sus constantes humillaciones.

De alguna manera, el tono si se quiere chato y repetitivo que presenta Marre posibilita una lectura contemporánea. No solo desde lo formal —es cierto que su puesta en escena y sus diálogos dejan en claro la distancia entre la mirada y los hechos— sino también desde lo político. Con el crecimiento del neofascismo en todo Occidente, seguramente hay millones de «Henri» que miran para otro lado pensando que ellos no tienen nada que ver con lo que está sucediendo. Mientras ellos tengan un lugar seguro, casa y trabajo, poco les importará lo que les suceda a los demás. Hasta que, como dice el famoso poema, ya sea demasiado tarde.