
Cannes 2026: crítica de ‘Once Upon a Time in Harlem’, de David Greaves y William Greaves (Quincena de Cineastas)
En 1972, el cineasta William Greaves reunió a los últimos sobrevivientes del Renacimiento de Harlem para un reencuentro final — y no apagó las cámaras.
Imagínese usted, lector, como parte de un grupo de amigos y conocidos durante la juventud, a los 20, 30 años de vida. Suponga que muchas de esas personas a las que entonces conoció y se hizo amigo se convirtieron en famosas, incluyéndolo a usted. Agréguele reuniones y más reuniones a lo largo de los años y las décadas hasta que, de a poco, los encuentros se espacian, se vuelven circunstanciales. Y, finalmente, imagine que alguien lo convoca, más de medio siglo después del inicio de aquellas amistades, a reunirse todos otra vez. Ya no tienen 30, ni 40, ni 50, sino que van por sus largos 70, 80 o más años. Muchos ya no están y a la reunión vienen esposas o hijos. Y en el medio hay alguien que filma una película del encuentro.
Eso, en parte, es lo que hizo William Greaves (realizador de la mítica Symbiopsychotaxiplasm: Take One) en 1972 cuando reunión, en la casa de Duke Ellington en Harlem, a un par de decenas de figuras de lo que se llamó la Harlem Renaissance, un movimiento cultural e intelectual afroamericano que floreció principalmente durante la década de 1920, con epicentro en ese barrio neoyorquino, movimiento que produjo una explosión de literatura, poesía, música jazz, artes visuales y que, más allá de lo artístico, se convirtió en un despertar político e intelectual que desafió los estereotipos racistas imperantes. Y allí acudieron los sobrevivientes a conversar, reencontrarse, discutir, ser entrevistados, beber y rememorar los tiempos en los que empezaron a reivindicar la dignidad y la complejidad de la identidad negra, sentando las bases del posterior movimiento por los derechos civiles.

Esa es la película, capturada entonces por William Greaves, inconclusa y hoy editada, recuperada y restaurada para la posteridad por su hijo David, que estaba entre los varios camarógrafos que capturaron ese encuentro de varias horas. Si bien la mayoría de las figuras fueron un poco olvidadas hoy —salvo para los estudiosos de aquel fenómeno cultural—, sus conversaciones y reminiscencias traen a la cabeza lo que fue aquella etapa floreciente de despegue cultural de la comunidad afroamericana. La reunión incluye al fotógrafo James Van der Zee, al pianista Eubie Blake, al compositor Noble Sissle, a la viuda del poeta Countee Cullen —muy preocupada de que nadie se olvide de su marido—, al escritor Richard Bruce Nugent, el poeta Arna Bontemps, el pintor Aaron Douglas, el actor Leigh Whipper, y muchos otros más.
Y lo que va surgiendo a lo largo de esas charlas, que son individuales, en pequeños grupos y, en la mejor secuencia de la película, una larga conversación entre casi todos, es una historia de la cultura afroamericana en los Estados Unidos que explotó luego de la migración de los negros del sur hacia el norte, muchos de los cuales encontraron en Harlem un lugar en el que pensar, escribir, componer, pintar y crear una cultura afroamericana que fue desarrollándose y creciendo con el correr del siglo, pero que tuvo un gran disparador en esa generación que en esta película —que se filmó hace otros 50 años, transformando al homenaje, visto hoy, en un centenario— se celebra.
Además de lo que uno puede tomar de la conversación para entender y conocer a los personajes y sus aportes culturales, lo que Once Upon a Time in Harlem captura es la amistad, la camaradería y hasta la sana competencia que sigue existiendo en esos octogenarios que, en algunos casos, se pisan para hablar de sus logros, los logros de otros y para reconocer a los que ya no están más entre ellos, como Marcus Garvey o Langston Hughes, entre otros. No hay celos visibles, pero sí por momentos la cámara capta algunas miradas raras que dan a entender alguna rivalidad. Pero más allá de eso, todo es un clima de cario, un poco de comida, alcohol, armonía y la celebración de una historia de vida que puede salir en los libros pero que en documentales como estos recupera su esencia humana.



