
Cannes 2026: crítica de ‘Paper Tiger’, de James Gray (Competición)
Cuando un honrado ingeniero presencia accidentalmente una operación mafiosa, las conexiones de su hermano resultan insuficientes para contener el caos que se desata. Con Miles Teller, Adam Driver y Scarlett Johansson.
Comedia, policial, drama, tragedia. La nueva película de James Gray confunde expectativas y va llevando al espectador con mano segura por los distintos registros que invoca. Al comenzar uno cree estar topándose con una cosa, una especie de comedia suburbana de época no tan distinta a su reciente Armageddon Time, pero de a poco lo que parecía ser un retrato de una familia judía de clase trabajadora de Queens se va transformando en otra cosa, y luego en otra, para concluir siendo una brutal y devastadora tragedia.
El extraordinario film del realizador neoyorquino tiene un perfume a sus películas iniciales como Little Odessa o la posterior We Own the Night. Transcurre entre Brooklyn y Queens en los años ’80, e involucra a la policía y a las mafias rusas, pero solo es un thriller por error, por casualidad, por meter a gente que no tiene «calle» en un trabajo que requiere cierto conocimiento urbano, de la noche y de sus tribus. En función de ese incordio, Gray convierte un conflicto que aparenta ser mínimo en una desgarradora serie de acontecimientos que destruye la vida de una familia de clase trabajadora.

Irwin Pearl (Miles Teller) está casado y vive con su mujer, Hester (Scarlett Johansson, con rulos y gafas), en una modesta casa de Queens con sus dos hijos adolescentes, Scott (Gavin Goudey) y Ben (Roman Engel). El es ingeniero con un trabajo modesto y la pareja trata de sobrevivir en una zona en la que, Irwin asegura, a la gente le va mejor que a ellos. Es por eso que, cuando recibe en su casa a su hermano Gary (Adam Driver) a cenar, escucha atento su propuesta comercial.
Gary es un ex policía, un hombre de negocios y «conectado», que es además simpático y adora a sus sobrinos. Y quiere, además, ayudarlos a progresar económicamente. El negocio en cuestión tiene que ver con la limpieza del entonces muy sucio Canal Gowanus, en Brooklyn, para luego ir renovando esa zona y construyendo departamentos. El sector, de todos modos, lo tiene controlado la mafia rusa, pero cuando los hermanos van a ver a uno de sus capos, todo parece estar bajo control de Gary.
Los problemas se presentan poco después. Por la mañana, Hester choca con su coche y debe hacerse revisar su vista, ya que dice ver doble. Y por la noche, Irwin no tiene mejor idea que llevar a sus hijos a ver ese canal y la zona en la que irá a trabajar. El problema es que ahí se topa con los rusos justo en medio de una actividad claramente ilegal y, como nadie lo conoce y desconfían de él, lo golpean y ponen en riesgo a sus hijos, amenazándolo con que conocen donde vive y que lo van a ir a buscar. Y eso, amigos, escalará rápidamente.

Paper Tiger se centrará en los esfuerzos, principalmente de Gary, de frenar esa amenaza, de lidiar con los capos rusos, explicarles que fue un malentendido, que no hay nada escondido por detrás del error de su hermano de meter las narices donde no debía. Pero no es sencillo. Piden mucho dinero para resolver el entuerto o le ofrecen negocios que Gary no está dispuesto a aceptar. Y así, mientras Irwin se arma como para una batalla y Hester va lidiando con su salud —que es más problemática de lo que parece—, la vida de los Pearl, de un día para el otro, pasa del sueño a la pesadilla.
Con un manejo de la economía narrativa clásica de alguien que ha estudiado la historia del cine, Paper Tiger avanza metódica y modélicamente, sin apresurar los tiempos pero tampoco regodeándose en ningún tipo de estructura autoconsciente de citas y homenajes. Gray narra este drama policial con un innegable ojo para la composición visual —tres escenas muy dramáticas están filmadas de manera soberbia—, un gran talento para la dirección de actores y, sobre todo, un profundo conocimiento de los resortes básicos del conflicto dramático en su versión «americana», una que se apoya tanto en los clásicos del cine de los años ’30 y ’40 como en sus reversiones más naturalistas de los años ’70, con Martin Scorsese o Sidney Lumet a la cabeza.
Si bien se han hecho incontables películas sobre la idea del «sueño americano», Paper Tiger la retoma en su modelo «ochentas», cuando buena parte de ese país, presidido entonces por Ronald Reagan, apostaba y apuntaba entonces a salir de la mala por la vía de los negocios, incluyendo a los rusos que dejaban de lado su país en ruinas para triunfar en Estados Unidos. En el medio, el sueño de un perdedor, de un hombre honesto que quiso meterse en un negocio que estaba más allá de sus posibilidades, termina convirtiéndose en una impensada tragedia, rodeada de sacrificios, traiciones, entrega y, sobre todo, un reiteración de aquel concepto de que nadie se salva solo.



