
Cannes 2026: crítica de ‘Para los contrincantes’, de Federico Luis (Competición)
El rostro de un niño boxeador revela, en una sola pelea, la infancia aplastada por el sueño ajeno. Palma de Oro al mejor corto en Cannes.
No suelo incluir críticas a los cortometrajes en estos posteos porque no tengo acceso a todos y tiende a ser injusto hablar de unos y no de otros que están en igualdad de condiciones. Pero tomando en cuenta la Palma de Oro obtenida por Para los contrincantes, el corto filmado en México por el argentina Federico Lucas, me permito hacer una excepción. Además, porque el corto es extraordinario. Simple, potente, directo y esencial.
A lo largo de concisos 14 minutos, el director de Simón de la montaña retrata con una reveladora cercanía una pelea de box entre dos niños que no deben superar los ocho, nueve años. Y la cámara se concentra en el rostro de Damián, uno de los boxeadores infantiles, cuyo gesto transmite un sinfín de sensaciones: la competitividad, el deseo de ganar, el miedo, la sensación de que el match se le está complicando, la tristeza y, finalmente, una expresión que lo deja al borde del llanto. Todo esto mientras en su rincón y en las tribunas lo vitorean y le dan ánimos para continuar la pelea.

Este proceso de ir sintiéndose derrotado en algo a lo que le puso todo su tiempo y entrenamiento funciona primero como decepción pero luego, cuando el corto se abre para mostrar a quienes lo rodean, lo que aparece es una especie de empatía y de tristeza. Sus familiares y preparadores no son ni crueles ni nada parecido, pero están pendientes de que Damián sea el gran boxeador que todos sueñan, sueño que él pasó a ser depositario. Pero luego, en escenas con otros chicos de su edad, lo que va quedando claro es que el lugar de Damián no es el ring sino una infancia más lúdica, libre sin tantas presiones ni violencia.
El realizador no subraya estas sensaciones ni mucho menos. Se van sintiendo en los planos cortos que hace sobre el rostro del niño y la manera en la que todo el tiempo parece contener las ganas de llorar porque, supone, eso no corresponde a un boxeador. Pero llorar, jugar, divertirse y perder deberían ser el centro de su vida en lugar de la brutal golpiza a la que es sometido. Esa cara, en cuestión de minutos, va expresando una comprensión del mundo más amplia. Es un coming of age que se da en el transcurso de unos rounds de box. Un instante que quizás transforme a una vida.
Nota: la película del director argentino no tiene financiación del cine nacional. Es una coproducción entre México, Francia y Chile.



