
Cannes 2026: crítica de ‘Red Rocks’ (‘Les roches rouges’), de Bruno Dumont (Quinzaine des Cineastes)
El realizador francés posa su cámara sobre un grupo de niños de cinco y seis años que deambulan solos por un pueblo de la Riviera francesa.
Un ejercicio y una suerte de experimento, Red Rocks es una película dirigida por Bruno Dumont en la que actúan solo niños bastante pequeños, tiene poquísimos diálogos y se sostiene solo en base a acciones puras, con mini-conflictos que van surgiendo y con los que los chicos —todos de cinco, seis años— lidian lo mejor que pueden. Una película amable, tierna y, aún con sus riesgos y algún momento violento, llamativamente cálida para un realizador que nos ha acostumbrado a registros más sombríos.
Si hay un protagonista en Red Rocks —quizás porque es el más carismático, el más rubio o el que se expresa gestualmente con más gracia— ese es Geo (Kaylon Lancel), un chico muy pequeñito pero lanzado y sin miedo, que es capaz de andar en triciclos eléctricos, subirse a altísimas rocas y de ahí tirarse al mar. El pueblo en el que viven está en la Riviera francesa —no muy lejos de Cannes—, su rocosa costa es bellísima a la vista, pero parece un poco quedado en el tiempo. De hecho, en la construcción de espacios que hace Dumont, casi no parece haber adultos alrededor. Solo un tren, que va y viene por arriba de un puente, que parece habérselos llevado a todos, dejando el lugar solo para los infantes.
Geo pasa habitualmente su tiempo con Manon (Louise Podolski) y Rouben (Mohamed Coly), sus compañeros en estos de andar de acá para allá por el pueblo, ir a la playa, meterse en el mar y saltar desde sus altas rocas, algo no recomendado ni siquiera para adultos con mejor manejo del territorio. Pero los «gurrumines» van y vienen sin miedo, nadan, se tiran de las piedras y corren como si esa ciudad fuera el paraíso sobre la Tierra.

Entre ellos hablan poco, sus diálogos son simples y entrecortados. Y lo más parecido a un conflicto aparece cuando los chicos se topan con otros tres niños apenas más grandes en edad que andan también juntos. Ellos son Eve (Kelsie Verdeilles), B (Alessandro Piqeura) y Do (Meryl Piles). El problema parece llegar por el lado de los celos, ya que Eve y B son algo así como novios, y todo parece indicar que a Geo también le gusta la misma chica, lo cual lo pone en aparente peligro. Pero no por eso tendrá miedo de ir a visitarla, con los riesgos que eso pueda sobrellevar.
Pero el conflicto romántico es secundario a lo que es, finalmente, una exploración de una infancia rara en estos tiempos, una que parece casi de una película de ciencia ficción: niños pequeños circulando por una ciudad solos, sin problemas, jugando, corriendo, nadando y, sí, poniéndose en riesgos que cualquier padre limitaría de estar presentes. La fotografía de Carlos Alfonso Corral extrema esa sensación de estar en un lugar real pero que, a la vez, sutilmente imposible.
Red Rocks no apuesta por el realismo ni mucho menos. O, llegado el caso, juega con una idea de realismo exaltado en el que la verdadera historia que se cuenta en la película está en los rostros de cada uno de esos niños —el del protagonista es el más rico en matices— y lo que la cámara captura de ellos y sus movimientos. La trama es lo de menos. La película son los chicos, el mar, el sol, la playa y las rocas. El mundo.



