Cannes 2026: crítica de ‘Seis meses en el edificio rosa con azul’, de Bruno Santamaría Rezo (Semana de la Crítica)

Cannes 2026: crítica de ‘Seis meses en el edificio rosa con azul’, de Bruno Santamaría Rezo (Semana de la Crítica)

por - cine, Críticas, Festivales
19 May, 2026 01:24 | Sin comentarios

Un niño navega el despertar del deseo y el diagnóstico de sida de su padre en el México de los ’90. Autobiográfica, tierna y devastadora.

El género de coming of age en medio de una familia en problemas puede parecer hecho hasta el hartazgo. Y más aún, como deja claro este film mexicano, cuando se basa en la historia personal del realizador. Pero Bruno Santamaría Rezo logra escaparle a los clichés aún usando muchos de ellos, incluyendo escenas documentales que conectan la ficción que se cuenta con el caso real que la inspira y sin dejar dudas de que está contando su propia historia.

La familia de Bruno (Jade Reyes) vive, a principios de los años ’90, en un pequeño departamento de la Ciudad de México. Padre, madre, dos hermanos y un montón de amigos y vecinos circulan por la acogedora casa en la que se hacen fiestas y suele haber un amable espíritu. Bruno, el hijo mayor y obvio protagonista, atraviesa una etapa de despertar sexual en la que se siente más movilizado e interesado por su amigo Vladimir que por las chicas de la escuela. Mientras navega a través de esos cambios en su vida se topa con uno que los sacude a todos: su padre tiene VIH-sida, en una época en la que todavía se parecía bastante a una sentencia de muerte. 

De ahí en adelante Seis meses en el edificio rosa con azul navegará por esos espacios, esas sensaciones y los conflictos que se desarrollan. Los padres no están bien entre ellos y eso se siente en la casa. Y Bruno, a su modo, lidia con todo eso que le pasa con la posible muerte de su padre, con las sensaciones que siente por su amigo y con las presiones para tener una novia, especialmente al haber una chica que gusta de él y se lo hace saber.

Un poco como Tótem, de Lila Avilés, Seis meses… se va construyendo como una historia de crecimiento contada a modo de viñetas, episodios, momentos. Como en aquel film también mexicano, aquí también hay una concentración grande de personas en pequeños espacios, una enfermedad marcando el clima del relato y un cineasta que prefiere dedicarse a captar detalles y a observar el mundo en el que se mueve que a armar un cuento clásico. Hay muchas diferencias con aquel film (desde la clase social hasta el contenido sexual que tiene este), pero el espíritu y la búsqueda es similar.

Hay muchas escenas tiernas, bellas y curiosas en este muy logrado primer film de ficción del realizador de Cosas que no hacemos, muchas de ellas jugadas entre Bruno y Vladimir, siempre con el subtexto del descubrimiento sexual del primero. Otra, más adelante, que juegan Bruno y su padre (encarnado por Lázaro Gabino) impacta desde lo emocional. En esa conversación los dos ponen en palabras los miedos que tienen respecto a la muerte y los rostros de ambos romperán el corazón de cualquier espectador. Un film emotivo, verdadero y emocionalmente honesto.